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Admisión

Di Zeo, las peleas y el poder de las barrabravas. El negocio es demasiado bueno, demasiado grande y demasiado fácil, y nadie está pensando de veras en desactivarlo.

Sábado 17 de septiembre de 2016 | Edición del día

No entendí del todo bien qué es lo que quisieron expresar los medios de comunicación al mostrar a Rafael Di Zeo entrando a ver Boca-Belgrano. Vi las fotos en los diarios, vi la filmación en la tele, y confieso que no entendí. ¿Cuál era la información? ¿Que Di Zeo va a la cancha? Por supuesto que va a la cancha, eso lo sabemos todos. Va Di Zeo y va también el resto de los barrabravas del fútbol argentino. ¿Cuál era la información, entonces? ¿Que Di Zeo es socio de Boca? Por supuesto que es socio de Boca, eso lo sabemos todos. Lo es Di Zeo y lo es también el resto de los barrabravas del fútbol argentino, cada cual de su propio club, desde que asociarse es un requisito para poder entrar a las tribunas. ¿Cuál era, pues, la información? ¿Que Di Zeo tiene su DNI y lo presenta ante las autoridades con el aire satisfecho del ciudadano que cumple con las normas? Por supuesto que tiene su DNI, como lo tiene el resto de los barrabravas del fútbol argentino, y por supuesto que lo presentó, como lo presentó igualmente todo el resto, desde que se estableció la exigencia de portar esa documentación para poder acceder a los estadios.

Tal vez la información era que Rafael Di Zeo no figuraba en la lista de admisión suministrada por el CABJ, la lista de los indeseables a los que no hay que dejar pasar para que el fútbol vuelva a ser una fiesta de la familia, etc. Como no habrán figurado, tampoco, en las respectivas listas de admisión de los otros clubes, centenares de barrabravas que poblaron las tribunas de las diversas canchas el fin de semana con sus bombos, sus banderas y su euforia. Por lo demás, cabe recordar que, alguna vez, el nombre de Rafael Di Zeo sí constó entre los repudiados de la hospitalidad futbolística, ante lo cual él se presentó a la justicia y la justicia le dio la razón: habiendo pagado, con pena de cárcel, su mal proceder o sus malos procederes, no tenía por qué no estar en condiciones de igualdad ante la ley respecto de cualquier otro ciudadano intachable.

Pero supongamos que se procediese a apartar a Rafael Di Zeo del fútbol y se obtuviese su garantizada ausencia. ¿Qué pasaría? Pasaría lo que ya pasó. Porque la verdad es que ya pasó. Di Zeo estuvo preso durante un buen tiempo en la cárcel de Ezeiza y en ese tiempo, como se advertirá, no concurrió a la cancha de Boca. ¿Y qué pasó? Lo que pasó: que hubo otro en su lugar. Pasó lo que ya pasó con José Barrita, o con los Schenkler; pasó lo que pasaría con Bebote o con cualquier otro: que otro ocupa su lugar, y en el fútbol nada cambia.

O sí: cuando se procede a descabezar la barrabrava de algún club, según se dice para luchar contra la violencia, lo que ocurre automáticamente es que se activa un ciclo de violencia exasperada. Nunca es más peligrosa una tribuna que en esas circunstancias, porque caída la hegemonía del líder ya depuesto, estalla al instante la pelea entre facciones para ganar ese lugar de poder. Ya se ha dicho en todas partes que los hechos de violencia en el fútbol argentino responden cada vez más a disputas internas en las barras de cada club, y no a peleas entre la barra de un determinado club contra la barra de otro. No obstante lo cual se mantiene la prohibición de jugar con público visitante (a menos que la hayan puesto para acabar con las escandalosas estafas de los operativos policiales, usando la seguridad como simple excusa).

Se razona de este modo: que el fútbol está infectado por intrusos contaminantes que se resguardan en el anonimato. Y que, por ende, la solución consiste en identificarlos primero, para proceder a expulsarlos después. El razonamiento es idiota por partida doble: primero, porque todo el mundo sabe quiénes son, o al menos en cada club todo el mundo lo sabe; segundo, porque no han traído ninguna infección desde afuera: es el propio fútbol el que engendró un negocio descomunal de venta o reventa de entradas, y sin entradas, de venta o reventa de carnets de socio; de viajes al exterior o al interior, según el torneo de que se trate, con traslados y alojamiento; de suministro de camisetas y camperas oficiales; de barrios enteros convertidos en playas de estacionamiento con precios exorbitantes en concepto de estadía; etc.

Se puede no admitir a este o a aquel. Se puede no admitir a estos o a aquellos. Se puede no admitir a todos: hacer una lista en la que figuren todos, tipo padrón o guía telefónica. No importa, nada cambiaría: otros vendrán en su lugar. Porque el negocio es demasiado bueno, demasiado grande y demasiado fácil, y nadie está pensando de veras en desactivarlo. Pueden alejar de las canchas absolutamente a todos, y vendrán otros. Porque el negocio de las barrabravas es muy apetecible y muy apetecido. Tanto que, mientras no esté del todo claro quién lo maneja en un determinado club, quién recibe, quién controla y quién reparte, habrá grupos de aspirantes dispuestos a disputar ese lugar incluso a tiros, a vida o muerte.

De hecho es eso lo que está pasando ahora mismo en algunos de los clubes del fútbol argentino. Y mientras tanto, estúpidamente, la noticia del domingo es otra: que Rafael Di Zeo llegó por Del Valle Iberlucea, que lo frenaron y le pidieron el documento, que lo mostró y lo dejaron pasar, que lo frenaron y le pidieron el carnet de socio, que lo mostró y lo dejaron pasar, que subió las escaleras, que accedió a la tribuna, que se trepó a un para avalancha. Ahí donde lo vimos todos.







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