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Dos concepciones sobre el origen del patriarcado

Agustín Figueroa

patriarcado
Ilustración: Maureen Di Nolfo

Dos concepciones sobre el origen del patriarcado

Agustín Figueroa

Al calor del ascenso internacional del movimiento de mujeres, los debates en torno a la esencia del patriarcado se han colocado en el centro de la escena política. Comprenderlo no es una cuestión menor, ya que permite reflexionar en torno a su futura eliminación. En general, hay coincidencia en el carácter milenario de esta opresión. No obstante, las miradas se diversifican a la hora de explicar cuándo y porqué los hombres oprimieron a las mujeres. Se ha justificado su existencia en factores biológicos como un supuesto instinto de dominación masculina, las diferencias físicas en torno a la fortaleza de ambos géneros o también la capacidad gestante como razón última.

El marxismo no ha sido ajeno a tales preguntas. Desde muy temprano, trabajos como La mujer y el socialismo (1879) de August Bebel y El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884) de Friedrich Engels, han reflexionado en torno a la naturaleza de esta dominación. El objetivo de este artículo es presentar tan solo dos visiones menos conocidas, de las múltiples que se originaron desde la aparición de la obra de Engels. Primero presentaremos la mirada de la revolucionaria rusa Alexandra Kollontai en sus 14 conferencias dadas en 1921 en la Universidad Sverdlov [1], y luego la visión del Antropólogo francés Claude Meillassoux en la década de los 70 en su libro Mujeres, graneros y capitales [2].

¿Un posible matriarcado?

Kollontai se apoya en estudios antropológicos de su época para señalar la ausencia de diferenciación física y de tareas entre hombres y mujeres en el comunismo primitivo [3]. Partimos de entender que la especialización del trabajo era ínfima debido al escaso desarrollo de las fuerzas productivas, y por ende todo el grupo humano se veía obligado a cumplir las mismas tareas de caza y recolección. Esto se encontraba reflejado en la poca diferenciación física entre hombres y mujeres. De esta forma, el embarazo no representaba sino una interrupción momentánea de la intervención de las mujeres en las actividades de la tribu. Sin embargo, debemos pensar que esta situación circunstancial donde la mujer se veía imposibilitada de cazar representaba un problema para ella. Esto se debe a que nos referimos a grupos humanos incapaces de almacenar excedentes, y por lo tanto, la situación de subsistencia de la mujer encinta no se encontraba garantizada.

Al estar incapacitada de participar de los grupos de caza, cuando la mujer estaba embaraza o con un bebé lactante debía complementar su dieta con la recolección de frutas y semillas. Poco a poco, iría descubriendo que de los granos caídos al suelo durante estas actividades, surgirían nuevos brotes dando así origen a la agricultura. De esta forma, para Kollontai son las mujeres las que establecen por primera vez un trabajo productivo en la historia de la humanidad. Ese breve período que se establece entre los últimos meses de gestación y los primeros meses de vida de los niños, permitió la configuración de un saber especial entre las mujeres de las tribus que les otorgaba un status privilegiado basado en conocimientos productivos de los cuales los hombres carecían.

Sin embargo, a la par del desarrollo de sociedades de base agrícola, había otros grupos humanos que no poseían las condiciones medioambientales para la agricultura, por lo que se basaban principalmente en la cría de animales y actividades pastoriles. En estas tribus, la situación de las mujeres era más precaria dado que no se había generado una actividad productiva propia, sino que simplemente se trataba de cuidar al ganado previamente capturado por hombres. Por esta razón, su rol en estas tribus, se ve desvalorizado socialmente en relación con el trabajo del varón.

De esta forma, en los orígenes de la humanidad se configuraron dos tipos de grupos con sus respectivas particularidades. Por un lado, los grupos pastores se caracterizaron por su dominio de los hombres sobre las mujeres. Por el otro, en los grupos agrícolas las mujeres poseían una realidad mucho más favorable, llegando inclusive a cumplir roles dirigentes al interior de ellos. Cabe aclarar que aún estamos hablando de relaciones previas al surgimiento del Estado. Aun así, esta situación primaria influyó en el grado de dominación que existió a posteriori. De esta forma, en las sociedades donde la agricultura cumplió un rol fundamental, las condiciones de opresión de las mujeres fueron menores que en aquellas en donde consistió en una actividad secundaria.

Ahora bien, si vimos que en las sociedades pastoras las mujeres estaban prácticamente condenadas a la opresión debido al esquema productivo ¿qué ocurrió en las sociedades agrícolas para que las mujeres perdieran ese lugar? Para Kollontai, producto del mismo desarrollo de las fuerzas productivas, la centralidad agraria fue cediendo su lugar a nuevas actividades productivas, tales como la alfarería o la metalurgia. Gradualmente, y a través del aumento de la división del trabajo, el rol de la mujer en la producción social se vería menguado. El surgimiento de las clases sociales sería tan solo la estocada final de un proceso de relegamiento de las mujeres del trabajo socialmente productivo. De esta forma, Kollontai retoma la tesis de Engels en donde la opresión de las mujeres está relacionada con su marginación del trabajo productivo social, pero con dos diferencias trascendentales.

Primero, desestima la conjunción entre matrimonio y el desplazamiento del trabajo productivo social, ya que el primero es resultado del segundo. Esto va en sintonía con el hecho de que le atribuye una menor importancia a las gens [4] como factor explicativo. Segundo, es precisamente por el rol secundario de las gens, se puede comprender la existencia de un dominio masculino en sociedades donde aún las mujeres no han sido desplazadas por el matrimonio para la herencia, como es el caso de las tribus pastoras.

¿Sometimiento para la reproducción?

Claude Meillassoux escribe en un contexto fuertemente influenciado por el estructuralismo de Levis Strauss y su teoría sobre el intercambio de mujeres. Ante esa teoría que presentaba el intercambio como algo dado y universal, Meillassoux pretende indagar qué es lo que subyace al interior de dichos intercambios. En primer lugar, examina la naturaleza de las relaciones sociales de producción en el comunismo primitivo. La incapacidad de acumular excedentes generaba relaciones que se encontraban orientadas a la reproducción inmediata y por ende, eran débiles. Esto es importante en la medida en que era la adhesión pasajera lo que unía al individuo con el grupo en lugar de relaciones de parentesco sólidamente estructuradas. De tal forma, los individuos podían fluir de un grupo a otro sin ningún inconveniente. En el caso de tener descendencia, los hijos tampoco les serían propios, sino que su crianza se encontraba sujeta a la capacidad (e interés) del grupo por establecerla.

Con la introducción de la tierra como medio de trabajo [5] esta situación se alteró. Por un lado, porque esta nueva relación del hombre y la naturaleza, ya no se limitaba a la satisfacción inmediata y cortoplacista, lo cual implicaba no solo comprender la producción sino también la reproducción de la unidad productiva. Por otro, porque de esta nueva realidad emergió una nueva forma de relación entre los hombres, cuyos vínculos, en contraposición a la horda [6], se encontraban solidificados, y expresados en relaciones de filiación que organizaban el acceso y el trabajo de la tierra. Tal acceso a la tierra no debe ser entendido en términos de propiedad sino de posesión y usufructo, el cual no es llevado adelante por un individuo sino por el grupo familiar.

De esta forma, no solo es importante la consecución del ciclo productivo sino también el reproductivo. Para ello, cada comunidad debía asegurarse una cantidad equilibrada de individuos con capacidades reproductivas. Tratándose de poblaciones donde la esperanza de vida era baja, comprendemos que la posibilidad de satisfacer este equilibrio de forma endogámica era débil. De allí, la necesidad de proveerse, a través del matrimonio, de individuos capaces de reproducir (particularmente mujeres debido a las limitaciones en los tiempos biológicos para la reproducción) por fuera del grupo familiar. Así, el grupo que cede mujeres, no lo hacía de forma desinteresada sino en la búsqueda de obtener otras en contrapartida. Este punto es clave, ya que exigía el control de la sexualidad de las mujeres pertenecientes al grupo comunitario, en pos de la reproducción de este último. Una unidad productiva incapaz de brindar mujeres estaría condenada a su desaparición.

En el esquema anterior, se contempla una salida relativamente pacífica donde los distintos grupos podían garantizar un intercambio recíproco de mujeres. Como contracara a esta realidad, se encontraban los grupos humanos que poseían un desequilibrio negativo en la cantidad de mujeres fértiles disponibles y, por ende, eran incapaces de obtenerlas por métodos pacíficos. La respuesta a esta situación era la guerra y el rapto. En esta circunstancia, la mujer se convertiría en presa de un grupo que busca apoderarse de ellas. No hay necesidad siquiera de una superación física, ya que los ataques se perpetraban cuando un grupo de caza trataba de sorprenderlas desprevenidas, dependiendo su vida de su sumisión a los atacantes. De esta primera objetivización e interiorización de las mujeres, se desprende la segunda: la respuesta comunitaria para evitar que fueran raptadas, evitando la exposición de mujeres ante posibles atacantes a través del confinamiento y reclusión al ámbito doméstico. Esto era así porque, en última instancia para Meillassoux: “A diferencia del capitalismo, [...] el poder en ese modo de producción reposa sobre el control de los medios de la reproducción humana, subsistencias y esposas, y no sobre los medios de la producción material” [7].

A modo de cierre

El punto de vista materialista de las dos visiones expuestas, le confiere una potencia explicativa a sus planteos. No es ni una contingencia cultural, ni una determinación biológica, así como tampoco es la forma de la institución matrimonial aquello que explica la dominación masculina. De esta forma, el patriarcado no es ni una cuestión “natural”, ni un poder arbitrario que recorre de forma caprichosa el tejido social, sino que posee su anclaje en las condiciones materiales de existencia de los seres humanos, es decir, en las relaciones sociales de producción que estos establecen.

Derivado de lo anterior, el patriarcado debe ser entendido como un fenómeno histórico correspondiente a momentos particulares del desarrollo humano. Esto nos permite pensarlo como un fenómeno susceptible de ser transformado: no siempre ha sido así ni tiene porque serlo eternamente. Aunque ambas visiones coinciden en la imposibilidad de pensarlo en el comunismo primitivo, la diferencia radica a la hora de pensar a las mujeres con el surgimiento de la agricultura. La mirada de Kollontai, más enfocada en el modo de producción nos presenta un lugar privilegiado de la mujer. Mientras que Meillassoux, al pensarla en relación con la reproducción de la comunidad precapitalista, vislumbra en ella la razón de la interiorización y el sometimiento sexual. De este contrapunto, cabe preguntarse ¿es la expulsión de la producción social lo que dictamina la opresión? ¿O este hecho es solo aplicable a la invisibilización del trabajo femenino bajo el modo de producción capitalista? Y por otra parte, si bien la abolición de las clases sociales es condición sine qua non para la abolición del patriarcado ¿es suficiente con ella? ¿O le corresponderá a la futura sociedad comunistas reflexiones y políticas más profundas para eliminarlo?

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NOTAS AL PIE

[1Kollontai Alexandra, Catorce conferencias en la universidad de Sverdlov de Leningrado (1921). Buenos Aires, Editorial Cienflores, 2018.

[2Meillassoux, Claude, Mujeres, graneros y capitales. México, Editorial Siglo XXI, 1985.

[3Particularmente se basa en los estudios de Marianne Weber, militante feminista alemana, casada con el famoso sociólogo Max Weber. A pesar de no ser marxista, Kollontai reconoce que sus estudios le han permitido obtener datos relevantes para fundamentar su visión.

[4Grupo familiar amplio que se referencia en un ascendente común.

[5Meillassoux utiliza la definición de tierra como medio de trabajo cuando hay una inversión previa de trabajo, en contraposición con objeto de trabajo en el que se recolecta un producto sin inversión previa de energía.

[6Para Meillassoux, grupo humano en el comunismo primitivo.

[7Meillassoux, ob. cit., p. 77.
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Agustín Figueroa

Estudiante de Historia, UBA. Colabora en la sección Historia de La Izquierda Diario.
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