Cultura

HOMENAJE

[Entrevista] Luis Franco: el último poeta campesino

A 30 años de su muerte, publicamos estas conversaciones inéditas con Guillermo Almeyra, a manera de homenaje a Luis Franco y a su generación de poetas, historiadores y militantes.

Viernes 1ro de junio | 13:42

Luis Franco nació en Belén, Catamarca, en 1898. Cuando le tocó el servicio militar lo hizo en Buenos Aires, el cuartel inmediatamente le causó rechazo y viceversa. Pasó gran parte del tiempo en el calabozo a causa de su temperamento. Pero conoció la gran ciudad y si bien prefería el campo necesitaba buscar información en bibliotecas y librerías.

Así el joven Luis oficia de embajador entre la ciudad y la vida campesina, trayendo y llevando coplas, imágenes, ideas y medicinas, en un verdadero viaje en el tiempo, desde la precordillera de Catamarca hasta el puerto de Buenos Aires.

Luis vive su vida como intelectual cruzado fuertemente por los debates de nuestra historia e indaga diversos campos de la historiografía argentina buscando respuestas a los grandes dramas que azotan el país, haciendo importantes aportes.

Una tarde de otoño de 2012 Guillermo Almeyra* nos recibió en su casa, en el barrio de Pompeya, para charlar entre libros y cafecitos servidos por su gentil compañera sobre el historiador y poeta camatarqueño.

Las preguntas salieron todas juntas, las respuestas se fueron hilvanando entre anécdotas y recuerdos personales, históricos y discusiones políticas.

Cuando conociste a Luis Franco, ¿cómo era el clima intelectual y político de la época en que se conocieron? ¿Con quiénes más estaban? ¿Qué otro hecho o mención podrías aportar para darnos una idea más profunda de “la época” a que nos referimos?¿Como era él? ¿Que características podés contar? ¿Por qué pensás que Luis Franco está tan ausente de la historia de las letras argentinas, siendo tan importante?

Guillermo Almeyra: “El vivía en Ituzaingó. Ituzaingó era campo. El era un hombre de campo. Te lo encontrabas en la Av. de Mayo, en pleno centro de Buenos Aires, te lo encontrabas ahí, porque trabajaba en La Prensa, pero él era de campo. Vestido así nomás, no se preocupaba mucho, vestido urbano o campechano pobre, pero se vestía así nomás. En una época que todos se ponían la corbatita y el saquito, se engominaban y ponían el sombrero. El sombrero recién se empieza a acabar en los 50… Tenía también un quiste en la nuca, que no le daba importancia alguna. No lo afectaba la salud pero si la estética. El era una especie de “poeta campesino” y mezcla con bohemio, en una época donde se empezaban a acabar los poetas campesinos pero bohemios había a montones”.

Lo conocí a fines de los 40. Yo era militante trotskista desde el 48. Antes había sido secretario general de una corriente de Izquierda Socialista que fue expulsada del PS por trotskista, que si bien no eran trotskistas se apoyaban en el programa de transición de Trotsky. Era toda la Federación del Norte. Jujeños, tucumanos, como Barraza y Santillán que fue secretario de la FOTIA [Federación obrera tucumana de la industria del azúcar] y en Capital la juventud socialista, de la cual yo era secretario. Ese movimiento trotskista de León Trotsky que había sido asesinado hacía pocos años.

En esa época los trotskistas se alcanzaban a contar con las dos manos, y mucho más en el campo intelectual. Estaba “el loco” Liborio Justo que ya en esa época se iba yendo a vivir al Tigre. Estaba Luis Franco que era muy respetable. Existían otros que en su juventud simpatizaban con el trotskismo como [Ernesto] Sábato y algunos con inquietudes intelectuales como Adolfo Gilly [hoy historiador mexicano] y yo, que nos daba por la poesía surrealista. A él le iba mejor que a mí en ese terreno. Era la época en que llegaba Sartre y grandes discusiones sobre el existencialismo. Yo era un estudiante de Derecho que me metí a trabajar de obrero. Buscábamos gente con la cual se pudiera hablar.

Los que andábamos más o menos en el círculo del ’Teatro del pueblo’ y otros eran del Partido Comunista. Pero nosotros estábamos enfrentados a éstos, no solo por Trotsky que en esa época todavía era algo secundario para nosotros, sino por la posición del PC frente al peronismo, que decían que era un movimiento fascista. Nosotros decíamos que Perón sí era fascista, pero no los obreros peronistas y que en esa contradicción nos teníamos que manejar.

Era la época de la guerra Indochina. A mí y a Adolfo Gilly por ejemplo, el PS nos decían ’los indochinos’, protestando todo el tiempo contra la política infame del PS que mataban troskos allá y por el PC francés que aceptaba que en Indochina hubiese franceses. Y además porque el PC apoyaba a Togliatti [dirigente del PC italiano] en la reconstrucción capitalista de Italia, y nosotros creíamos que lo que había que desarrollar era la revolución socialista. Nuestra posición era socialista-luxemburguista, después nos hicimos trotskistas.

... (Luis Franco) andaba cerca de los diversos grupos trotskistas que habían funcionado cerca de los intelectuales y del Tortoni. A él le quedaba cerca del trabajo, estaba a unas cuadras del diario La Prensa y cada tanto se aparecía por ahí por el Tortoni, pero éstos eran unos charlatanes de siete suelas...

Entonces Franco aparecía por ahí de vez en cuando. Él era bastante antiperonista. Su preocupación central era el odio a Rosas. Cuando empezaba a hablar de Rosas, te parecía que por la cocina iba a aparecer el mismo caudillo con un cuchillo, con la mazorca para rodearte. Y el peronismo era rosista. El nacionalismo, el conservadurismo, el concepto cerrado de la historia, era rosista. Rosas era la continuidad de la colonia, era el terrateniente de Bs As... y era bastante antiperonista, no entendía mucho el peronismo.

El grupo nuestro y yo en particular no teníamos demasiado tiempo para discutir. Yo trabajaba en una fábrica y salía muerto. Era estibador, cargando bolsas todo el día. No iba por lo tanto a los cafés a la noche y además la vida esa era una pérdida espantosa de tiempo, una cosa de estudiantes. Y además era ridículo exponerse tanto. Una noche nos agarraron en una redada en El Imparcial.

A la casa de Luis Franco fui muy poco por la falta de tiempo y el viaje hasta Ituzaingó te llevaba una tarde. Cuando nos encontrábamos, la mayor parte del tiempo hablábamos sobre tres cosas: una, qué estaba pasando, intercambiamos visiones. Otra parte, sobre autores o movimientos. Era la época de Sartre y la diferencia con Camus dentro del existencialismo. Era la época también del auge surrealista. La poesía de Franco tomaba cosas del simbolismo, del romanticismo, algunas cosas del constructivismo, aunque no tenía nada que ver con estos movimientos.

En el mundo cultural era un outsider. Yo por razones familiares, mi tía era Victoria Ocampo, Bioy Casares también, yo me llamo Casares, en la casa estaba el Grupo Sur. Venía todos los días Virginia Dorado que era el brazo derecho de Victoria Ocampo. Bioy Casares era primo de mi madre, venía a cada rato. Y por el lado de mi padre, soy sobrino nieto de Oliverio Girondo, que era otra cosa. Y tenía relaciones muy estrechas, familiares, pero se cagaba en el Grupo Sur. Entonces, mi niñez y mi adolescencia se habían hecho en ese ambiente también.

Luis Franco era sapo de otro pozo. Era un hombre auténticamente catamarqueño, auténticamente nacional y original. Original en los dos sentidos de la palabra: por ser de aquí y por sus ideas. Original por su actitud ante la vida. Era lo que se dice, un original. Un tipo raro.

Yo entonces tenía 18, 19 años. A esa edad uno es demasiado ultimatista, todo es blanco o negro, querés que todo el mundo sea Lenin y si no es Lenin lo mandás a la mierda. Recuerdo sus observaciones justas y bien fundamentadas sobre el rosismo, porque él se había quedado fijado con eso.

Él tenía 20 años más que yo. Era un hombre muy campechano. Entonces no había problema... se discutía con el mate. Porque nosotros respetábamos a Franco pero no a Moreno, ni mucho menos a Milcíades Peña. Milcíades Peña era inteligente pero iba para cualquier lado. A Luis Franco le preguntaban cómo andaba con esos. Y entonces la discusión era a un nivel muy bonachón. Le decíamos, mire que lo están utilizando, usted le está dando un prestigio cultural, pero se está desprestigiando profundamente.

Era un hombre que tenía juicios políticos, de un socialismo de izquierda, difusos, con influencias trotskistas, pero más del clásico socialismo de izquierda. Y no tenía mucha discusión, muchas relaciones con otro, entonces no podía ni confrontarse ni avanzar mucho. Correspondía un poco a una fase anterior, donde las posiciones más avanzadas no tenían o una base práctica en el caso de los intelectuales, estaban muy aislados, o en el caso de los obreros como Mateo Fossa un apoyo teórico consecuente. Mateo Fossa era una especie de Luis Franco pero en el campo obrero y sindical. Luis Franco un intelectual de raza, y poeta. A los poetas no hay porqué exigirles un gran rigor político. Hay que exigirles sentimientos de solidaridad, sentimientos de comprensión.

Él era un cantor de la naturaleza, y en ese sentido se diferenciaba profundamente de la mayoría de los intelectuales de Bs. As., donde la naturaleza no existía. Salvo cuando iban a la estancia y aún así no la conocían. En ese sentido tenía viejas raíces clásicas, ¿no? desde los griegos. Y era mucho más sólido que muchos de los intelectuales de su época. Pero sus páginas políticas que yo recuerde, no.

A Victoria Ocampo o Bioy Casares, nunca los oí hablar de Franco, jamás. Claro que yo en ese entonces tenía 17, 18 años y cuando estos tipos venían a casa, estaba un rato y después me rajaba. No así con Oliverio, porque él era divertido. Pero con éstos era terrible, me escapaba. Yo ya empezaba a leer literatura marxista revolucionaria. Ya estaba por arriba de éstos, independientemente que también me interesaba mucho la literatura, pero no la de ellos.

En la cultura en general, más allá de estos autores particulares, Franco era visto como un outsider, como una mente brillante pero menor. Porque no lo comprendían. Y lo consideraban desde un punto de vista formal, precisamente porque era un poeta que formalmente utilizaba técnicas de los años 20 y no de los años 40, y tenía esa visión de la naturaleza.

Se la agarraban precisamente con la gente de Boedo, como González Tuñón. Pero para mí, Franco era mucho más poeta que González Tuñon. Era mucho más panfletario, se te graban las cosas, mucho más "miserabilistas", del chico judío, del chico tano pobrecito, de la escuela. González Tuñón tuvo una influencia grande en alguna gente, como Juan Gelman, que lo respeta mucho. Pero esta gente se la agarraba con G.T, como se la agarraba con Barletta. No hablaban mal de Arlt, porque Arlt estaba a caballo entre los dos grupos. Y a Franco, como dicen los mexicanos, lo ninguneaban. No lo atacaban, no lo tenían en consideración. A pesar de que era una figura que editaba en suplementos literarios de La Prensa y La Nación, que entonces tenían mucho peso en América Latina.

Este ninguneo se daba porque él no rendía pleitesía y no se quería integrar a ninguna de estas cosas. Para esta gente, que era todos "petimetres", él andaba como un croto, lo consideraban un bohemio, no le daban bola en ese sentido, porque era totalmente distinto. No era gente de café, de las tertulias, era un solitario. No había afinidades. No creo que lo conocieran bien tampoco. Porque Victoria Ocampo leía mucho, pero sobre todo introducía autores extranjeros desconocidos. Cumplía un papel en ese sentido. En un ambiente muy snob, la pequeñoburguesía de Bs. As.

Y tampoco había muchos contactos en el otro grupo, que era un grupo que oscilaba alrededor del Partido Comunista, aunque no todos eran del PC. Había algún anarquista como Castelnovo, pero anarquista literario. Castelnovo, era un obrero autodidacta, anarco, pero que andaba en el grupo con estos del PC, por la misma razón que los anarcos votaron por la Unión Democrática, junto con el PC y el PS, porque tenían en común el odio al peronismo, el desprecio por los obreros peronistas, consideraban que eran cabezas vacías".

* Historiador marxista argentino que vivió muchos años en México.

Guillermo Almeyra







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