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CÓRDOBA / BOXEO

Gonzalo Coria, una promesa con guantes puestos

Una recorrida por el deporte de las narices chatas en Córdoba. El chico de San Vicente que sueña con triunfar.

David Voloj

@VolojDavid

Jueves 5 de abril | Edición del día

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En Córdoba hay barrios inmensos, laberintos donde es fácil perderse. El Marqués, Villa Libertador, San Vicente, quizás Argüello, forman pequeñas ciudades dentro de la Ciudad con mayúsculas. Cada cual tiene su ritmo, su propia historia, y un diseño de calles que se abre a callejones sin salida, a avenidas que trazan caminos imposibles. El GPS del celular y la simpatía de los vecinos orienta a los cordobeses que no vivimos ahí y nos permite llegar a una cita más o menos a tiempo.

Así, más o menos a tiempo, llegamos al Club Unión San Vicente una noche de julio de 2017, para una velada de boxeo. Estamos ahí para ver a Gonzalo Coria, un boxeador que por entonces tiene diecinueve años. Es una joven promesa que, en su carrera profesional, cuenta hoy con un récord de doce peleas, once ganadas y una perdida, con cinco knockout en la categoría Superwelter (de 66,678 a 69,853 kg.).

En la puerta del club, un grupo de chicos se acerca con entradas. Les decimos que ya compramos y uno de ellos se pone a hablar. Nos cuenta que en un par de horas va a calzarse los guantes por primera vez. Ahí nos enteramos de que cada boxeador completa la bolsa de la noche con lo que vende. Lo que sabemos de películas como Rocky o por los documentales de HBO desaparece en un instante. Frente a ese chico que en un rato veremos en el ring, empezamos a entender la lógica del boxeo local, donde la voluntad no sólo se vincula con el deporte sino que supone un esfuerzo permanente, de 24 horas.

“En Argentina es muy difícil vivir del boxeo, de las peleas” nos cuenta Gonzalo Coria cuando hablamos del tema. “Acá te tiran mil pesos por round. Imagínate que, por una pelea a 4 rounds, te llevás poco…. La publicidad es muy difícil también. Capaz que, si arreglás con un promotor, podés llegar a cinco mil, como mucho. Eso por mes no te alcanza para nada”.

Primer round

La mayoría de los boxeadores que vemos esa noche tiene entre diecisiete y veinticinco años. Los alientan amigos y familiares. Además de entrenar, estudian y trabajan en empleos informales para colaborar con la economía familiar. Algunos, además, se dedican a formar a otros chicos para que se inicien en el ring. “Es una disciplina para el cuerpo y la mente”, dice Gonzalo.

En el aire de Unión San Vicente hay una nube con olor a choripán que tienta a las cien personas que estamos ahí. El humo le da al cuadrilátero un halo extraño, una mística popular que se completa con las paredes descascaradas y las sillas de madera en donde nos sentamos. Si la gente del público no sacara fotos con los celulares, las imágenes que vemos parecerían extraídas de otra época.

Cerca de las once de la noche comienzan las peleas, que en el circuito amateur son cortas. Los boxeadores suben al ring con camisetas y cascos que los protegen. Una hora después llegan los profesionales. El árbitro sigue de cerca cada uppercut, cada gancho y cada finta. Cuando una mano pega fuerte, separa a los boxeadores y evalúa la magnitud del golpe.

“Últimamente, los boxeadores estamos más cuidados” reconoce Coria. “Antes era más como una carnicería, porque el espectáculo era ver sangre. Ahora, ante un mínimo hilo de sangre, se para y te ve un doctor. Está bien ese aspecto porque, como se dice, no es vitamina el golpe en la cabeza.”

A la medianoche, Gonzalo sube al ring. Lo espera Ángel Rafael González, un boxeador que aguarda concentrado y no esboza una sonrisa en toda la previa. La gente alienta, grita, intenta dar fuerza, pero los pugilistas desoyen las voces. “Yo escucho al rincón, al entrenador, y que lo otro quede en murmullos” explica Gonzalo. “Es como que me programo. Trato de trabajar la pelea no yendo únicamente a buscar el knockout. Si está la posibilidad, sí, pero no voy a lo loco. Soy muy frío arriba del ring. Si veo a mi rival cayendo, me pongo más tranquilo en vez de desesperarme por sacarlo”.

La pelea es intensa. Tanto Coria como el retador se han estudiado, de manera que cada golpe está pensado. “Nunca se da como lo planeás, pero el tema es tratar de seguir lo más que se pueda con el plan original. Hay que tener la cabeza fría y no calentarse, porque el que se calienta, pierde” dice Coria y se ríe. “Nunca hay que subestimar a nadie arriba del ring. Porque el que menos sabe te puede meter una mano y se acabó la pelea. En un segundo, todo puede cambiar en el boxeo”.

Los rounds pasan. Al escribirlo ahora, en la tranquilidad del escritorio, parece fácil, pero cada minuto de los boxeadores arriba del ring son tensos, incluso para los que miramos de afuera. “Lo primero que se hace, cuando ya tenés la pelea confirmada, es estudiar al rival. Eso es fundamental. Hay que conocer sus fortalezas y sus debilidades, entonces entrenás sobre eso, buscando el error del rival. Ahora internet ayuda mucho, porque podés ver al otro. Además, el mundo del boxeo es muy chico, siempre hay algún amigo o conocido que conoce al otro”.

Los riesgos en el ring son muchos. Un golpe puede tirarte al suelo, pero hay otros que cuestan más caro. “Hay un control médico muy grande para que te den la licencia” nos enteramos. “Ha pasado, porque en todos lados hay corrupción, que meten estudios falsos y hacen subir a pibes que no están bien. Y la cosa se complica”.

Esa noche, Coria gana por puntos. El fallo es unánime. El ganador recorre el ring con los brazos en alto. Después se baja y se cambia en el vestuario. Al final de la noche, entre todos juntamos las sillas. El cuidachoches entra y se suma al resto de los que estamos ahí para ayudar a dejar el club limpio y ordenado. Al día siguiente entrenan otros chicos.

Peleando en contra, pero peleando.

A la mañana, aeróbico. A la tarde, técnica: bolsa, manopleo. A la noche, lo físico en el club Unión San Vicente, el barrio donde vive. “La situación económica está muy complicada y para todo necesitás dinero” dice Gonzalo al hablar de su entrenamiento. “Como mínimo, tenés que entrenar dos horas diarias, aunque yo trato de meterle dos o tres turnos para estar bien, porque quiero llegar lejos.”

El boxeo local se autogestiona. Casi sin apoyo oficial, los boxeadores profesionales y amateurs reciben promesas de becas y ayudas económicas que nunca llegan. Sin embargo, cada vez hay más chicos que se calzan los guantes. “El boxeo es practicado por los más humildes, y por ahí la gente no tiene lo básico” nos cuenta cuando vamos a verlo a las canchas de fútbol del club Pucará, donde trabaja los días de semana. “Pasa que si te destacás boxeando podes llegar a hacer una diferencia económica y tenés más chances de salvarte. Eso es tentador.”

Muchas personas practican boxeo para estar bien físicamente. El entrenamiento es intenso, completo, y se trabaja todo el cuerpo. Otros quieren subir al ring para saber lo que se siente estar ahí arriba, pero esto supone encauzarse en un estilo de vida sano. Para el boxeador, contra lo que se suele pensar, no hay margen para la violencia.

Al hablar de sus inicios aparece un dato importante, que tiene que ver con el legado familiar. “Desde chico me gustó el boxeo” recuerda. “Mi viejo siempre tuvo gimnasio y hace poco me enteré que mi abuelo también hacía boxeo. Medio como que lo llevo en la sangre. Por eso, a los ocho años empecé a entrenar. Y peleo desde los catorce”.

La primera vez que subió al ring fue en Barrio Don Bosco y Gonzalo estaba por cumplir quince años. Se sonríe al recordar aquella pelea. “Me la dieron perdida porque el ‘loco’ era de ahí“, dice. “Mi vieja no quería saber nada con que boxeara. Es más, se le caían las lágrimas al principio. Pero después vio que estaba preparado y quería hacerlo”.

Como amateur, Coria tiene sesenta peleas. Fue campeón en los Juegos nacionales Evita, tercero en dos Juegos nacionales juveniles, y campeón en dos categorías provinciales (de 69 y 75 kg). Luego entró al circuito profesional. Hoy, agradece la posibilidad de tener un nutricionista y un entrenador como Carlos Del Greco. La familia, el entrenador, los amigos, son el apoyo con el que cuenta. Eso lo sabe.

“Del gobierno no se puede esperar nada. Siempre tiran para el bolsillo de ellos. No les importa el deporte. En otros países apoyan los deportes olímpicos, pero acá no te dan ni las gracias. Eso sí, para la foto están todos. Cuando gané los Evita, por ejemplo, vinieron.”

El presente, el futuro

Después de esta pelea, Coria obtuvo cuatro victorias más. La última fue en Punta del Este, Uruguay, un gran KO contra Alberto Palmetta en el quinto round, que fue televisada por Space y TyC para todo el país.

Cuando analiza sus referentes, los boxeadores que admira, Gonzalo habla de Manny Paquiao, a quien define como un boxeador tremendo. Del circuito nacional destaca a “Maravilla” Martínez y Cesar Cuenca. Son ellos quienes trazan un camino a seguir.

“Mis sueños están vinculados con mi carrera. Queremos ir paso a paso y llegar bien arriba. Estoy terminando el secundario y, si todo va bien, este año lo liquido. Me gustaría seguir estudiando Educación Física. Hay que ver... Después, mi vida es esto, trabajar acá, estudiar y entrenar. No salgo a ningún lado, no me gusta salir. A lo sumo voy con la familia a comer algo y nada más” resume.

Y las oportunidades se presentan. El 7 de abril próximo, en el Polideportivo de Alta Gracia, Coria peleará por el título provincial Superwelter contra Adolfo Mauricio Moreschi. La velada promete emoción. Ahí estaremos, atentos a los movimientos de Gonzalo, acaso con un choripán en la mano y la voz firme en el aliento, seguros de que este chico de San Vicente, que pelea y entrena a niños y adolescentes en el club del barrio, tiene todas las de ganar.








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