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TRIBUNA ABIERTA

Guía para entender las elecciones europeas

Entre el 23 y el 26 de mayo, el continente europeo vivirá un intenso proceso electoral. A las elecciones para la renovación del Parlamento Europeo se suman comicios locales, autonómicos y referéndums que van a dar una nueva foto del panorama político y social en Europa.

Domingo 26 de mayo | 10:00

La seguidilla arrancará el jueves 23, con la elección de los representantes al Europarlamento del Reino Unido y los Países Bajos; el 24 comenzarán los mismos comicios en Chequia, donde se extenderán hasta el día siguiente, y en Irlanda, donde además se celebra un referéndum para aprobar la enmienda constitucional que elimina el periodo de separación obligatorio previo al divorcio; el 25 se votarán a los europarlamentarios de Lituania, Eslovaquia y Malta, que también renovará su Parlamento nacional en esa misma fecha; el domingo 26 se votará en los 21 miembros restantes de la Unión Europea (UE). Ese día España y Grecia realizarán también elecciones locales y autonómicas, y Bélgica sus elecciones federales.

Los resultados de todas las elecciones para los cargos europeos se contarán recién el domingo, cuando hayan cerrado los comicios en todo el territorio europeo. Y los primeros datos consolidados llegarán el lunes a la madrugada.

Calendario de las elecciones del Parlamento Europeo. Fuente: Europarlamento

El panorama de renovación política europea, seguramente influenciada por los resultados de este fin de semana, se completará con las elecciones generales en Dinamarca y Austria en junio, en Portugal y Grecia en octubre y en Polonia en noviembre. Y una posible elección general en el Reino Unido, tras su salida de la UE prevista para el 31 de octubre –si es que sucede–. En fin, luego de las importantísimas elecciones en Francia, Alemania e Italia del año pasado, este 2019 va a ser un nuevo año clave en la UE.

El Europarlamento: el débil Leviatán de los pueblos europeos

Las elecciones del Parlamento Europeo han ido acrecentando su importancia en los últimos años hasta convertirse en una suerte de termómetro de las tendencias políticas europeas. Hasta 1979, la composición del órgano era a elección indirecta: los Parlamentos nacionales nombraban los representantes de cada miembro al Parlamento Europeo. Pero luego se decidió que el Europarlamento se transformara en la representación directa de la voluntad de los 500 millones de europeos que viven en la UE. Un objetivo que, como veremos, quedó más en los deseos que en la realidad.

El Europarlamento es una de las instituciones del trípode sobre el cual se basa el poder de la UE. Las otras dos son el Consejo Europeo, formado por representantes de los gobiernos nacionales en defensa de sus intereses, y la Comisión Europea, formada por un representante por cada país miembro que, sin embargo, deben defender el “interés común de la Unión” por encima del de sus países. Y el Parlamento, representante de los ciudadanos y sus expresiones políticas, que es el más débil de la tríada.

Hemos aquí el primer punto crítico con respecto a las elecciones de este fin de semana: Comisión y Consejo, elegidas en un modo muy burocrático, tienen claramente mucho más poder que los representantes directos del pueblo. El Europarlamento, por ejemplo, no tiene iniciativa legislativa, solo discute los proyectos de la Comisión, que puede aprobar, modificar o rechazar. No obstante, su rol es de suma importancia en la firma de tratados internacionales y en la aprobación del presupuesto de la UE.

En los últimos años, por ejemplo, tuvo un papel muy importante en la discusión sobre la prohibición del uso de glifosato en territorio europeo, a pesar del lobby ejercido por Bayer y otras industrias productoras de agrotóxicos. Lo mismo sucedió con la discusión acerca de la firma de Tratados de Libre Comercio (TLC) con otros países o regiones, como el Tratado Transatlántico propuesto por Obama antes de finalizar su mandato, o el TLC Mercosur-UE aún en discusión.

Sin embargo, el Europarlamento no tiene ningún tipo de participación en las políticas más conflictivas en el marco de la UE. Por ejemplo, la política monetaria es regulada por el Banco Central Europeo (BCE), y el gasto fiscal –verdadero objeto de un terremoto político interno entre conservadores y liberales– es definido por el Eurogrupo: una reunión mensual, de carácter informal entre ministros de Finanzas, gobernadores de Bancos Centrales y lobbistas de las grandes finanzas, que terminan teniendo un poder ampliamente superior al de representantes de los pueblos europeos.

La cuestión de los lobby también es muy importante para entender el rol y funcionamiento del Europarlamento. Constituye otro mecanismo informal pero ya es ampliamente aceptado en la política europea. Se trata de grupos de presión pagados por empresas que intentan influir sobre las decisiones de la UE en base a sus intereses. Según un reciente informe del Observatorio Europeo sobre Corporaciones, hay más de 25.000 lobbistas solo en Bruselas, con un presupuesto de 1.500 millones de euros. La mayoría de ellos ligados a los sectores farmacéutico y financiero.

Los europarlamentarios son elegidos por un periodo de cinco años, y la distribución por país se realiza en función de la cantidad de habitantes por cada miembro:

Distribución de los europarlamentarios según país de origen. Fuente: Europarlamento

En total son 751 los escaños en juego. Existe una reforma, ya aprobada por las instituciones europeas, para reducir la cantidad de miembros tras el brexit a 705 –eliminando los 73 que actualmente tiene el Reino Unido, dejando vacantes algunos y distribuyendo los 22 escaños restantes entre los países miembros–.

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Actualmente, el 36,5% de los escaños son ocupados por mujeres (en 1979, eran el 16,3%). Solo en ocho de los países miembros existen leyes que aseguran el cupo femenino.

Cantidad de mujeres representantes en el Parlamento Europeo. Fuente: Europarlamento

Desde 2014, la composición del Parlamento Europeo comenzó a tener mayor relevancia en la definición de la Comisión Europea, considerada el órgano ejecutivo de la Unión. En la elección de 2014 se asumió por primera vez el sistema llamado spitzenkandidat, donde cada uno de los grupos que se presentan a los comicios del Parlamento también proponen su candidato para presidir la Comisión Europea. Existe un acuerdo informal –sí, la informalidad, a pesar de las apariencias, reina en los mecanismos de la UE– para otorgar la presidencia de la Comisión al spitzenkandidat, a pesar de que deberían ser los mandatarios de los 28 países miembros quienes definan ese cargo.

El actual presidente de la Comisión, el ex primer ministro de Luxemburgo Jean-Claude Junker, ha sido el primero en ser elegido con este polémico sistema. El objetivo es colmar el déficit de democracia que tiene el sistema, dando la posibilidad a los electores de influir en los poderes centrales de la UE.
Sin embargo, en las elecciones de esta semana se ha puesto en duda la intención de los Estados de respetar el sistema del spitzenkandidat, ya que ninguno de los que propusieron los partidos europeos es del agrado de los poderes tradicionales de la política europea, que alegan su falta de experiencia.

Un poder tradicional en pleno cambio

Desde su confirmación como organismo electivo, el Parlamento Europeo ha sido dominado por dos “familias políticas”, que equivaldrían genéricamente a partidos europeos que reúnen a los miembros de los partidos nacionales en grupos: el Partido Popular Europeo (EPP), que reúne a los liberal-conservadores; y el Partido de los Socialistas Europeos (S&D), de tendencia socialdemócrata.

Entre Populares y Socialistas se ha generado históricamente un pacto de gobernabilidad entre fuerzas moderadas. El pacto ha funcionado a pesar de la tensión generada por las diferencias de los ejes de acción de cada uno. Para los Socialistas, se trata de los resortes europeos en favor de los sectores más pobres y la defensa de la política medioambiental. Para los Populares, lo importante gira en torno a la ampliación de los acuerdos comerciales y el refuerzo de control de las fronteras.

Luego, hay alianzas coyunturales sobre temáticas específicas. A veces, se generan en base al país de origen de los legisladores (como se vio en la votación de la directiva sobre derecho de autor, recientemente). Lo mismo sucede sobre aranceles y acuerdos comerciales, que reúnen los votos de los liberales conservadores y progresistas de los dos bloques.

Es decir, la pertenencia a uno de los dos partidos tradicionales de la política europea es cada vez menos relevante en la decisión que toman sus representantes. La erosión de poder que conlleva para estos partidos hace que sus posiciones sean flexibles y débiles ante temas que, muchas veces, encienden debates furiosos en la sociedad.

Composición actual del Parlamento Europeo según grupo político. Fuente: Europarlamento

En este escenario fueron tomando cada vez más relevancia los demás grupos europeos. El de mayor crecimiento en los últimos años es el de los Liberales Europeos (ALDE), que reúne a partidos como Ciudadanos de España y los gobernantes de Países Bajos y Suecia. La llegada de La République En Marche!, del presidente francés Emmanuel Macron, ha sido un cimbronazo importante para este grupo que ya contaba con serias diferencias internas. Macron está dispuesto a pasar a integrar este grupo solo a pacto de que cambie su nombre –la tradición “republicana” francesa es mucho más fuerte que la “liberal”– y que su partido, que aportaría unos 20 miembros al Europarlamento según proyecciones, se convierta en la conducción del espacio.

Otro grupo con fuerte discusión interna es el de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), donde se encuentran desde el Partido Conservador Británico hasta los ultra-derechistas de los Verdaderos Finlandeses y los católicos anti-abortistas del gobierno polaco de Ley y Justicia (PiS). La derecha llamada euroescéptica se encuentra entonces desparramada en diferentes grupos políticos del Europarlamento.

El Grupo Europa de la Libertad y la Democracia Directa (EFDD) reúne, por ejemplo, a los Demócratas Suecos (SD), al Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) –rebautizado actualmente como Partido del Brexit– y los neonazis de Alternativa por Alemania (AfD). Pero en este mismo grupo se encuentra el Movimiento 5 Estrellas de Italia que, a pesar de su coalición de gobierno con La Lega, no tiene en su ADN político los rasgos del conservadurismo xenófobo de sus compañeros de grupo.

En el Grupo Europa de las Naciones y de las Libertades (ENF) se encuentran otros partidos de la nueva ola de la derecha europea, como La Lega de Matteo Salvini, la Agrupación Nacional (Rassemblement National) de Marine Le Pen o el Partido de la Libertad (FPÖ) de Austria. Como veremos, el mismo Salvini está intentando romper con esa fragmentación de las derechas xenófobas y formar un solo grupo europeo luego de las elecciones de este fin de semana, pero aparentemente no estaría logrando el objetivo.

Los otros dos grupos relevantes en el Europarlamento son los Verdes (Greens/EFA) y la Izquierda (GUE/NGL). Los primeros vivieron un enorme crecimiento en los últimos meses. Su corrimiento hacia posiciones más liberales, y su desempeño en discusiones muy mediatizadas en los últimos años, le valieron una mayor atención por parte de los partidos tradicionales y un crecimiento que se vio claro en las elecciones nacionales de algunos países, como en el caso de Alemania, Suecia o Países Bajos.

La Izquierda, en cambio, luego de la terrible derrota del primer ministro griego Alexis Tsipras frente al Eurogrupo y la imposición de los términos más duros de la Troika compuesta por el BCE, la Comisión Europea y el FMI, no ha logrado sostenerse como alternativa viable al proyecto hegemónico europeo.

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Es decir que la gobernanza europea, si bien no está en riesgo según las proyecciones disponibles, se encuentra en un claro redimensionamiento. Los poderes tradicionales pierden influencia y se ven obligados a negociar con expresiones políticas más dinámicas y en crecimiento. Pero teniendo en cuenta el bajo nivel de influencia real que el Europarlamento tiene en los problemas más acuciantes de la UE, este corrimiento no deja de ser simplemente un síntoma que no explicaría un cambio profundo en la integración europea.

Los posibles escenarios

Un informe recientemente confeccionado a pedido del Parlamento Europeo confirma esta idea. Los Populares perderían cinco puntos al finalizar las elecciones del domingo, al igual que los Socialistas. Las dos fuerzas tradicionales llegarían a sumar entonces un total de 329 escaños y le faltarían 47 para lograr la mayoría (hoy cuentan con 404 eurodiputados). Los más favorecidos por este fenómeno serían, en primer lugar, el Grupo de Europa de las Naciones y de las Libertades (ENF) que, bajo el crecimiento exponencial de La Lega pasarían de 37 a 62 representantes. En segundo lugar, los Liberales, a pesar de sus contradicciones internas y un crecimiento disparejo en Europa, también crecerían un 1,1%, y los Verdes, en tercer lugar, un 0,7%. La Izquierda, por otro lado, perdería solo seis escaños debido a la disminución de votos de Podemos y la desaparición de la Coalición de Izquierda en Italia.

Este escenario permitiría a Populares y Socialistas renovar su pacto de poder incluyendo a Liberales y Verdes. Una coalición similar es la que impulsan los partidos de centro en los Parlamentos nacionales para evitar el crecimiento de las agrupaciones más extremas, tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político.

Sin embargo, esta estrategia es justamente la que ha disminuido en los últimos años el entusiasmo hacia la política europea. La atracción hacia el centro de los partidos continentales y nacionales contribuyó a la dilución de sus posiciones en favor del mundo de las finanzas y los poderes fácticos. Como ha sucedido ya en otras latitudes, la diferencia entre Populares y Socialistas es cada vez más borrosa, y ambos se esmeran en defender un sistema en el cual la población se siente cada vez menos representada y acomodar su discurso a las demandas que emergen de los sondeos de opinión. En este contexto es que los partidos “euroescépticos” o “populistas” han tomado un fuerte protagonismo.

Durante los últimos meses, Matteo Salvini se prodigó en buscar alianzas con los representantes de la extrema derecha de los partidos que se presentarán en las elecciones de este fin de semana. Su mayor aliada hasta el momento es Marine Le Pen, que renovó el Front National de su padre, con el cual llegó a pelear la presidencia de la República en el ballotage de 2017, y lo transformó en el moderno Rassemblement National.

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Los neonazis alemanes de AfD y austríacos del FPÖ también parecen dispuestos a entablar conversaciones con Salvini, al igual que el neerlandés Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad (PVV). Pero a pesar de que existan inclusive otros partidos políticos con un programa similar al de Salvini, la creación de un nuevo grupo de la extrema derecha en el Europarlamento está aún lejos de concretarse.

Para lograrlo, Salvini debería contar con al menos 25 eurodiputados provenientes de siete países distintos de la Unión. Y esto último es, justamente, el principal escollo. Salvini intentó seducir a los derechistas del este de Europa, especialmente en Polonia donde son gobierno, pero su estrecha vinculación con los intereses de Rusia –principal enemigo histórico de polacos y finlandeses– genera un fuerte rechazo entre los polaco del PiS y Verdaderos Finlandeses.

Tampoco el mandatario de Hungría, Viktor Orbán –famoso por su política contra la inmigración y sus críticas hacia la UE–, ha querido lanzarse a la aventura con Salvini, y prefirió quedarse dentro del Partido Popular Europeo para tratar de atraerlo hacia posiciones siempre más conservadoras.

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Salvini, en el centro, junto con los representantes y delegados de los partidos de la extrema derecha de Alemania, Austria, Bélgica, Bulgaria, Dinamarca, Eslovaquia, Estonia, Finlandia, Francia, Países Bajos y la República Checa. La foto fue tomada en Milán el 18 de mayo pasado, durante la manifestación soberanista que el mismo Salvini organizó.

Por eso, las elecciones de este fin de semana serán, para la extrema derecha, un mojón a partir del cual analizar las posibilidades que tiene para seguir creciendo. Si –como todo parece indicar– llegaran a controlar alrededor del 30% del Europarlamento, deberían limar asperezas para crear un nuevo grupo y tratar de seducir a los Populares para crear un nuevo bloque de poder dentro de la UE. Los Populares ya han descartado esa posibilidad, pero vista la tendencia que algunos han desarrollado en sus Estados nacionales de apoyarse en el electorado más derechista para sostener mayorías parlamentarias (como en Suecia, Finlandia, Austria o los tentativos recientes de Vox, Ciudadanos y PP en España), no sería extraño que los resultados electorales modifiquen la definición política.

La raíz del “problema europeo”

Pero, ¿qué hace que estos partidos, xenófobos, racistas y en muchos casos anti-democráticos, cuenten con semejante apoyo en Europa? Muchos medios y analistas ligan su crecimiento actual a la explosión del fenómeno migratorio o el crecimiento de la desocupación. Esto es verdad, especialmente en las realidades nacionales y locales. Pero el caso de las elecciones europeas siempre ha sido distinto. De hecho, este tipo de partidos ha tenido siempre su “bautismo de fuego” en las elecciones europeas, donde muchos ciudadanos estaban dispuestos a darle ese voto que en los comicios nacionales preferían dar a otros.

El caso del Partido del Brexit –ex UKIP– de Nigel Farrage es ejemplar: en las encuestas de opinión, de cara a las elecciones del jueves obtendría el 34% de los votos, más que la suma entre Laboristas (21%) y Conservadores (11%); sin embargo, en las encuestas sobre votaciones nacionales lo ubican entre el tercero y cuarto lugar. Algo parecido sucedió con AfD en Alemania o PVV en los Países Bajos. Es decir que la crisis migratoria reforzó a nivel nacional una tendencia que ya se estaba dando en el marco europeo. El problema de la UE, y primera preocupación de la campaña de este año, es la falta de legitimidad de la Unión entre sus propios ciudadanos.

El voto popular siempre ha sido un escollo para la UE. Los tentativos de construcción de la Constitución europea fracasaron exactamente a causa de la falta de refrendación del texto a través del voto popular. En Francia, Países Bajos, Irlanda y Chequia, donde la asunción del texto constitucional europeo estaba supeditada a la aprobación popular, la ciudadanía votó rotundamente que no en la crisis constitucional de 2005.

Ya entonces, los líderes de la UE debieron recurrir a mecanismos simplificados que evitaran la participación popular para lograr su aprobación en lugares de representación indirecta. Fue así que en 2007 se firmó el Tratado de Lisboa, que funciona como alternativa a una verdadera constitución. Allí, los Estados miembros lograron otorgar a las instituciones europeas poderes que van por encima de los gobiernos nacionales.

La falta de legitimidad es aún más evidente analizando la participación en las elecciones. La afluencia en las europeas, además de ir en franca disminución desde su implementación en 1979, tiende a estar entre diez y 20 puntos por debajo de la afluencia en los comicios nacionales. De hecho, las instituciones comunitarias han gastado millones de euros en publicidad llamando a los casi 400 millones de electores a concurrir a las urnas el próximo fin de semana, y sus funcionarios firman decenas de notas de opinión para reafirmar la validez e importancia del voto europeo.

Afluencia a las elecciones europeas en cada país miembro desde 1979 hasta 2014.

El déficit de legitimidad europea ha sido enfrentado con varias estrategias. Desde la proliferación de páginas web, documentales y material explicativo, hasta la introducción de algunos pocos contenidos sobre la historia de la UE en las currículas educativas. Pero el intento más interesante es seguramente el del programa Erasmus de intercambio estudiantil, que permite a estudiantes secundarios y universitarios de diferentes países realizar cursos de idioma o de especialización en otro Estado de la UE e incluirlo en su trayectoria formativa en el país de origen.

La idea era que “la generación Erasmus” podría crear esa identidad europea, esa cercanía cultural que el continente no había conocido hasta entonces. Y, efectivamente, el programa tiene un discreto éxito. Sin embargo, los datos sobre la participación política de los jóvenes en la UE no necesariamente reflejan una visión positiva hacia la integración. Los jóvenes europeos entre 16 y 26 años, según un estudio reciente, quieren una mayor integración europea pero no creen que sucederá alguna vez, se sienten mejor representados en los parlamentos nacionales que en el Parlamento Europeo y siguen creyendo que la inmigración es el principal problema de Europa, cuando en sondeos realizados a la población general ese ítem ya cayó al tercer o cuarto puesto.

Por otra parte, el discurso de la nueva derecha europea es una actualización de la propuesta de los fascismos y autoritarismos de los años 30: al conservadurismo tradicionalista de las élites y aristocracias contraponen un conservadurismo de origen popular, cuyo principal enemigo son los burócratas y encumbrados liberales. El peligro por la pérdida de la identidad local (ya sea por la inmigración, por los productos culturales chatarra importados o por la difusión de ideas “liberal-comunistas”) es el corolario de un sentimiento anti-casta que en un principio compartieron con algunos sectores de la izquierda.

Aun antes de la xenofobia hacia los inmigrantes, los partidos conservadores protagonizaron la resistencia a amoldar las leyes nacionales a las directivas europeas. Un ámbito especialmente sensible y ejemplificador es el de los sistemas educativos. Un estudiante que se muda de un país de la UE a otro no tiene ni los mismos contenidos, ni los mismos objetivos pedagógicos, ni siquiera el mismo sistema de evaluación o el mismo ordenamiento escolar, mientras que los capitales y flujos financieros viajan de un lado a otro del continente sin siquiera pagar impuestos.

Los partidos “euroescépticos” son también llamados soberanistas, un adjetivo que quizás los describe mejor. Son aquellos que se oponen a la integración de Europa y quieren reforzar las soberanías nacionales y los poderes fácticos locales. Detrás de ellos están los sectores tradicionales del poder económico europeo, golpeados por la globalización y la apertura de los mercados.

A estos se contraponen los poderes tradicionalmente liberales de Europa, en su versión más conservadora (como la CDU de Merkel) o su versión más keynesiana (como Pedro Sánchez en España), que buscan favorecer el crecimiento financiero europeo como motor de crecimiento y se pelean acerca de los amortiguadores sociales a implementar para morigerar los daños que esa política genera sobre la sociedad.

Finalmente, la izquierda se muestra crítica de la falta de democracia de Europa pero superó su grieta interna en torno a la integración: la UE es necesaria, pero debe ser protagonizada por los pueblos y no por las élites.

La campaña y las listas

Eurobarómetro publicó recientemente un informe acerca de las principales preocupaciones de los europeos de cara a las próximas elecciones europeas. Si bien la percepción generalizada es que la permanencia en la UE no está en discusión –en oposición a un posible contagio del brexit que ya está descartado–, un 50% de la opinión pública europea entiende que las cosas no están funcionando bien.

La confirmación de la falta de apropiación de las instituciones y fechas comunitarias y que la inversión en publicidad del Europarlamento no siempre funciona es que, a un mes de los comicios, solo el 5% de los encuestados podía decir exactamente en qué fecha iban a realizarse las elecciones europeas.

La principal preocupación de los votantes según el documento es el crecimiento económico. En segundo lugar está el desempleo juvenil. Si bien desde la crisis de 2008 el desempleo general se redujo (el promedio europeo es del 6,9%), entre los jóvenes menores de 30 años la estabilidad laboral es aún difícil de conseguir.

Recién en el tercer lugar de preocupaciones aparece la inmigración, seguida muy de cerca de la preocupación por el cambio climático. Durante los últimos meses se multiplicaron las manifestaciones en iniciativas, especialmente de los estudiantes secundarios y organizaciones juveniles, para pedir gestos concretos a los gobernantes para combatir el calentamiento global. Le siguen la lucha contra el terrorismo, cada vez menos presente en las discusiones políticas europeas, y la desigualdad social entre los países europeos.

El spitzenkandidat de los Populares es el alemán Manfred Weber, un eurodiputado semi-desconocido de la Unión Social Cristiana en Baviera (CSU) y con un perfil más bien conservador. Piden un mayor control en las fronteras y mayor atención social a familias pobres con niños.

Los Socialdemócratas presentan a Frans Timmermans, del Partido Laborista neerlandés. Su programa tiene como principal eje la creación de un “nuevo pacto social” para “redistribuir la riqueza”, “cobrar salarios decentes” y acabar con las brechas de género. Hablan de un control de fronteras “efectivo, humano y ordenado” y de la redistribución equitativa de los demandantes de asilo.

Guy Verhofstadt y Margrethe Vestager son los dos spitzenkandidat propuestos por los Liberales (ALDE). En realidad, y como ejemplo de la variedad de visiones en este espacio, también figuran en la nómina la ex comisaria italiana Emma Bonino, la actual comisaria de Transportes eslovena Violeta Bulc, la alemana Nicola Beer, el español Luis Garicano y la húngara Katalin Cseh. En su programa se proponen como una alternativa “centrista” a nacionalistas, populistas y autoritarios que quieren “destruir” la UE y al “statu quo” de populares y socialistas.

Ska Keller (Alemania) y Bas Eickhout (Países Bajos) son los dos candidatos que proponen los Verdes. Abogan por una “plena democracia multinivel y supranacional”, la eliminación progresiva de combustibles fósiles y minerales, y serias reformas a la acción del agronegocio.

La Izquierda presenta como candidatos a presidir la Comisión Europea a la eslovena Violeta Tomič y Nico Cué, sindicalista belga-español. En su programa advierte sobre la “amenaza real de una UE más neoliberal y conservadora”. Junto con los Verdes, son los únicos que hablan de construir una “Europa feminista” y blindar los derechos laborales y las libertades sindicales en toda la Unión.

Sea cual fuere el resultado final, todo indica que a partir del lunes Europa no cambiará profundamente como muchos abogan, sino que se harán más patentes sus contradicciones. La primera y principal, una integración pensada desde arriba hacia abajo, con una participación popular limitada y poca cercanía con los humores de los pueblos de los 28 países de la UE. Pueblos que, sin embargo, están muy lejos de querer abatir o destruir el sistema comunitario europeo pero que piden profundas reformas que, hasta ahora, solo los partidos soberanistas han propuesto a viva voz.

Este articulo fue publicado originalmente en L´Ombelico del Mondo







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