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CRISIS POLÍTICA

Impeachment en Estados Unidos: ¿puede ser destituido Trump?

La Cámara de Representantes del Congreso norteamericano –de mayoría demócrata- acaba de aprobar una resolución que establece la hoja de ruta que seguirán de ahora en más las investigaciones, que culminarán o no en el juicio político (impeachment) contra el presidente Trump.

Jueves 31 de octubre | 21:09

Estas investigaciones ya están en curso desde hace más de un mes, pero lo que cambia es que las audiencias en las que declararon decenas de funcionarios y otros testigos que venían siendo a puertas cerradas, serán de ahora en más públicas, lo que incluye la transmisión por televisión. Es decir, dentro de dos semanas cuando se reanuden los testimonios, el impeachment se transformará en una suerte de reality show, que tanto republicanos como demócratas aprovecharán para sus respectivas campañas electorales.

Con las elecciones de 2020 en la mira, el presidente ya reaccionó por twitter denunciando “la peor caza de brujas de la historia”, y sigue de gira consolidando el núcleo duro de su base electoral, tiene en cartera un nuevo paquete de reducción de impuestos y otras medidas de estímulo ante los signos cada vez más evidentes de desaceleración económica.

Legalmente la votación no tiene ninguna significación ni tampoco era necesaria. Por lo tanto, tanto su motivación como sus resultados y consecuencias deben ser leídas en clave política.

El principal elemento de análisis es que más allá de las tendencias a la fragmentación de los dos grandes partidos tradicionales, y de los liderazgos polarizantes, como el del propio Trump, la gran política norteamericana sigue dominada por un bipartidismo blindado: todos los demócratas –menos dos- votaron a favor de la resolución. Todos los republicanos –menos uno- votaron en contra.

De esto surgen dos conclusiones. La primera es que los demócratas han conseguido un triunfo táctico, que no podrán transformar en un proceso serio que culmine con el fin anticipado de la administración Trump. Esto es así porque la Cámara de Representantes puede iniciar las investigaciones y votar el pedido de juicio político pero es el Senado la institución encargada de ejecutarla, donde la mayoría la tienen los republicanos.

La segunda conclusión es que Trump ha alineado casi sin fisuras a su partido detrás de su liderazgo, a pesar de ser muy cuestionado por el establishment conservador en ámbitos que van desde la política exterior hasta las tendencias proteccionistas y la falta de estrategia para liderar al imperio y al mundo occidental. Hasta ahora, las encuestas indican que a la hora de ganar la presidencia el “populismo” turmpista todavía paga.

En síntesis, la votación habilita la utilización de las audiencias y del proceso como si fueran spots de campaña electoral, pero aleja la posibilidad de que Trump sea sometido a un juicio político y eventualmente destituido.

Nancy Pelosi que lidera la oposición demócrata y es una veterana de mil roscas, siempre supo que el impeachment era un sueño imposible. En estos años ha resistido con éxito los impulsos destituyentes de alas díscolas de su partido, hasta que las evidencias contra Trump a raíz del affaire con el presidente de Ucrania, y la presión del “estado profundo”, es decir, de las agencias de inteligencia y sectores de militares, se volvió insostenible. En particular después de algunas decisiones resistidas como el retiro de tropas en Siria.

Lo que inclinó la balanza a favor del impeachment fue la denuncia de un informante secreto (literalmente un “soplón”) de que Trump había presionado por teléfono al presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, para que investigue al hijo de Joe Biden, el exvicepresidente de Obama y actual precandidato demócrata. A cambio de este favor, Trump liberaría unos unos 400 millones de dólares en concepto de ayuda militar financiera a Ucrania, considerada un activo en la política anti rusa del imperialismo norteamericano.

Ante las evidencias inocultables, Trump terminó admitiendo la llamada y la apretada, asesorado por su abogado Rudolph Giuliani, el recordado alcalde pro policial de Nueva York por su famosa “tolerancia cero” (y dicho sea de paso, amigo de Sergio Massa).

Otro elemento de peso que decidió finalmente a los demócratas a jugarse a impulsar el impeachment son las encuestas, según las cuales pasó de ser absolutamente impopular a cosechar un apoyo en torno al 48% promedio, con una tendencia ascendente incluso en los seis “swing states” que fueron claves en el triunfo de Trump de 2016.

El affaire ucraniano salpica a demócratas y republicanos por igual. Es tan cierta la extorsión de Trump como los negocios turbios de la familia de Joe Biden, que ha acusado el golpe con una caída significativa en sus preferencias en las primarias demócratas frente a sus rivales del ala izquierda de su partido, Elizabeth Warren y Bernie Sanders.

Solo hay dos precedentes en la historia reciente de un impeachment contra un presidente en Estados Unidos: la renuncia de Nixon en 1974 antes de que se iniciara el juicio político por el escándalo de Watergate, con el trasfondo de la derrota inminente en la guerra de Vietnam. Y el juicio político contra Bill Clinton en 1998 del que finalmente resultó absuelto.

El impeachment contra Trump es hasta ahora el punto más alto de una guerra civil de baja intensidad que enfrenta a sectores del aparato estatal (el “estado profundo” intangible para los votantes) las clases dominantes y sus partidos.
Estas divisiones de la clase dominante dan como resultados gobiernos con bases electorales estrechas, que se sostienen en la polarización política y la fractura social, que hunde sus raíces en el agotamiento de la hegemonía neoliberal y la crisis capitalista de 2008.

La promesa de capitalizar electoralmente en el corto plazo pierde lustre ante el riesgo de exponer la obscena podredumbre de la clase política de la principal potencia imperialista, que será transmitida en vivo por las grandes cadenas de televisión a Estados Unidos y al mundo.

Son estas divisiones de los de arriba las que facilitan las acciones de los de abajo. No solo en Ecuador, Chile, Sudán o Argelia, sino en los propios países centrales. En Francia lo hemos visto con los “chalecos amarillos”. Y en Estados Unidos con la imponente huelga de seis semanas de los trabajadores de General Motors y ahora con la lucha de miles de docentes en Chicago.







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