SEMANARIO

La cuestión negra y la revolución en Brasil

Daniel Alfonso

Marcello Pablito

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La cuestión negra y la revolución en Brasil

Daniel Alfonso

Marcello Pablito

Como parte del relanzamiento de La revolución y los negros, que trata la cuestión negra en Brasil, el país de población negra más grande fuera de África, publicamos la introducción a esta edición.

Mientras escribimos estas líneas, América Latina ingresa al camino que sacudió a Francia, Sudán, Argelia, Cataluña, Ecuador y Chile. Los vientos de lucha de clases que soplaron por primera vez en años después de la Primavera Árabe, se extendieron por Europa y llegaron a nuestro continente. La crisis económica que comenzó en 2008 dio origen a distintas expresiones de crisis orgánica, de la que son parte diferentes niveles de polarización social y política.

El agotamiento del proyecto económico y político de la hegemonía neoliberal allana el camino para los gobiernos populistas de extrema derecha, pero también presenta expresiones ideológicas de crítica progresista y de izquierda a este orden social en decadencia, sostenido por la explotación y la opresión. El resurgimiento de la lucha de clases impone en la agenda el rearme teórico, político y estratégico para transformar profundamente la sociedad. Esta es una época para los revolucionarios.

En este escenario, las negras y los negros, así como los inmigrantes, se encuentran entre los que más sienten los terribles efectos del capitalismo y, como en toda la historia, ocupan las posiciones más destacadas en la lucha de clases. Once años después del inicio de la crisis capitalista, el llamado “consenso globalizador” da paso al recrudecimiento de discursos nacionalistas y xenófobos, antiinmigrantes y racistas, que logran proyección internacional en figuras como Trump en los Estados Unidos, Salvini en Italia y Bolsonaro en Brasil. Los efectos de la crisis capitalista se materializan en terribles escenas de inmigrantes muertos en la travesía del Mar Mediterráneo o que intentan cruzar las fronteras de México con Estados Unidos, y en la formación de campos de concentración con los que se los recibe en Europa. En el corazón del imperialismo, la policía continúa asesinando sistemáticamente a jóvenes negros, como Mike Brown, Eric Garner, Philando Castile y muchos otros. En ese país, miles de negros salieron a las calles gritando Black Lives Matter (las vidas de los negros importan), y sus voces han resonado en la cabeza y el alma de sectores oprimidos de todo el mundo. En el apartheid de Sudáfrica, el símbolo de la opresión imperialista inglesa fue cuestionado frontalmente en una de las movilizaciones estudiantiles más importantes de la década. “Rhodes debe caer” (Rhodes must fall) y luego “las tarifas deben caer” (Fees must fall) fueron las consignas de un movimiento que radicalizó sus demandas al cuestionar los símbolos del imperialismo (representados en la estatua del colonialista inglés Cecil Rhodes) y consiguiendo imponer con éxito la contratación de trabajadores tercerizados en la Universidad del Cabo. También en la ciudad sudafricana de Marikana, cientos de mineros se enfrentaron a la sed de ganancias la compañía minera británica Lomnin, haciendo cumplir heroicamente sus demandas después de meses de protestas y docenas de muertos y heridos. Ambos casos fueron respondidos con masacre por las fuerzas de seguridad, recordando a todos que Sharperville no está en el pasado distante. El hermoso texto de C. L. R. James [1], "Imperialismo en África", escrito en medio de los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, deja en claro que los intereses del pueblo africano son diametralmente opuestos a los de los imperialistas.

La ejecución de la concejala negra Marielle Franco en Brasil continúa como una herida abierta del golpe institucional. El asesinato del maestro de capoeira Moa do Katendê fue un símbolo del surgimiento de una extrema derecha racista y heredero del golpe institucional. La represión estatal que cobra la vida de las jóvenes negras como Agatha Félix de solo 8 años, las aterradoras tasas de desempleo y la precariedad laboral que afectan principalmente a la juventud negra en Brasil son emblemas de cómo se materializa el avance del racismo en la vida cotidiana en un contexto de crisis económica.

Aquellos que mantienen sus ojos abiertos y sus sentidos mínimamente alertas se dan cuenta de que la sociedad capitalista en la que vivimos no puede garantizar las condiciones mínimas para una vida digna de la inmensa mayoría de la población. Una de las mayores expresiones de descontento en relación al capitalismo, al presente y a lo que el futuro promete es el resurgimiento del socialismo como referencia para una sociedad distinta. El surgimiento de nuevos procesos de la lucha de clases a nivel internacional también abre el camino al cuestionamiento del racismo, la xenofobia y el patriarcado con fuerza renovada, en especial en la juventud, ganando terreno en la sociedad −no con poca frecuencia fuera de los sindicatos y partidos tradicionales de la democracia capitalista.

Desde sus primeras manifestaciones hace unos cientos de años, el desarrollo del capitalismo ha visto una transformación sin precedentes de las relaciones del hombre con la naturaleza. La creación y la destrucción se combinaron de una manera sin precedentes, dando cuerpo a las clases sociales, diferenciándolas unas de otras en el campo de batalla de la historia.

Una de las formas encontradas para la expansión de las relaciones de producción capitalistas fue la destrucción violenta de las sociedades en el continente africano. La transformación de las mujeres y los hombres negros en mercancías que cruzaran un horizonte hasta hacía poco desconocido, fue posible gracias a un nivel de violencia y opresión que los números, de por sí impresionantes, no alcanzan a expresar. El desarrollo continuo de las fuerzas productivas allanó el camino para la combinación del uso de técnicas avanzadas con las formas más brutales de dominación del hombre por el hombre. Uno de los artículos de esta colección, “Cuándo surgió el prejuicio contra el hombre negro", explora este tema y, basándose en contribuciones anteriores, relaciona la aparición del racismo con los primeros pasos del capitalismo.

El racismo estaba en el centro y al servicio de la búsqueda incansable de la burguesía naciente de una fuerza política correspondiente a su creciente papel económico en relación con la nobleza. Esta es una de las conclusiones del artículo que abre y nombra este libro: “La revolución y los negros”, de C. L. R. James. El lector encontrará otras, pero adelantamos una que nos parece esencial: las negras y los negros jugarán un papel decisivo en la construcción del socialismo, incluso más que la influencia monumental en el curso del desarrollo capitalista.

En medio de la Revolución Francesa iniciada en 1789, la revolución burguesa de mayor envergadura, los negros de la isla de Santo Domingo lograron su libertad al liberarse de las amarras políticas de la metrópoli francesa. En un momento de profundas transformaciones, los esclavos de la isla de Santo Domingo dieron uno de los mejores ejemplos de la lucha por la libertad que la humanidad conoce, al abolir la esclavitud y garantizar su libertad política. Antes de que cualquier otra élite regional se separara de los intereses inmediatos de su metrópoli, los esclavos liderados por Toussaint L‘Ouverture y Jean-Jacques Dessalines se dieron cuenta de que vivir sin los lazos de la esclavitud requería luchar contra el imperio que gritaba “libertad, igualdad y fraternidad”, pero no les extendían esas palabras a los esclavos haitianos. Y así, los esclavos insurgentes impusieron la primera derrota a Napoleón y su ejército, el más poderoso de Europa. Haití surgió como un grito de libertad en la América colonial.

Reducir el papel de las negras y los negros en el desarrollo del capitalismo al trabajo esclavo es una operación estrecha, estimulada y difundida por la ideología dominante para reservar a las masas negras un lugar subordinado en la historia de la humanidad. Entre tantos ejemplos, ¿no fue inmenso el impacto del surgimiento de Haití en medio de la lucha por la hegemonía de las potencias metropolitanas en el Atlántico? ¿No se extendió el pánico en todas las élites coloniales por las noticias de un país gobernado por negros?
Los artículos en este libro fueron escritos por revolucionarios a partir de las lecciones de los esclavos insurgentes. En palabras de C. L. R. James:

“Antes de la revolución, parecían infrahumanos. Muchos esclavos fueron azotados bajo cualquier pretexto, incluso para levantarse y moverse de un lugar a otro. La revolución los convirtió en héroes.”

Los herederos de Toussaint y Dessalines, Zumbi, Dandara, Harriet Tubman y todos los pioneros anónimos de la libertad, se encuentran entre los que luchan por el derrocamiento de la burguesía, esta clase heredera de la Gran Casa, del látigo, del libambo [2], de la tortura, de la violación, de los Códigos Negros.

Nos estamos acercando al final de la segunda década del siglo XXI. Durante más de cien años hemos estado viviendo en una época de crisis, guerras y revoluciones. Las exigencias del imperialismo han llevado a horrores infligidos al pueblo negro en todos los rincones del mundo. En medio de la barbarie de la Primera Guerra Mundial, la clase trabajadora y sus aliados realizaron la mayor experiencia liberadora desde entonces, tomando el poder en Rusia en 1917, dispuestos a hacer los mayores sacrificios para saborear el dominio de su propio destino. Para esto, contaban con un partido de nuevo tipo, revolucionario e internacionalista, construido bajo los auspicios de Marx, Engels, Lenin, Luxemburgo, Trotsky.

La confianza en la fuerza revolucionaria de la clase obrera y los pueblos oprimidos es parte integral de toda la historia del marxismo. También lo es la certeza de la imperiosa necesidad de independencia de clase y la utilización incansable de los recursos y la creatividad para la conquista del poder político y la posibilidad de construir el socialismo sobre las ruinas del capitalismo. Aquí nos referimos al poder político real, basado en organismos de autoorganización de las masas, organización racional de la producción y la economía, desarme de la burguesía y armamento de los trabajadores y del pueblo pobre.

Estos son algunos de los requisitos para la posibilidad de una sociedad más libre. Después de todo, cómo se puede imaginar a la sociedad en su conjunto, un país o una región libre, si la policía, el brazo armado de la burguesía racista, asesina sistemáticamente a negros y negros, los arroja a la cárcel, reprime y criminaliza la cultura negra. Solo un estado controlado por los trabajadores y las personas pobres puede garantizar que los negros caminen libremente por las calles sin temor a ser asesinados. Sin el peso de la opresión sistemática, las expresiones más distintivas de la cultura negra pueden aflorar en una explosión creativa y liberadora.

Uno de los mayores desafíos de la lucha por el socialismo en el siglo XXI es la constitución de una política capaz de responder a las demandas de raza y clase en una perspectiva revolucionaria. Quienes cierran los ojos frente a la tensión permanente del marxismo revolucionario ante este desafío están equivocados. Los textos en este libro son un pequeño ejemplo de que la lucha heroica de los negros es inseparable de la lucha de clases y el papel invaluable del marxismo revolucionario para ambos. Fueron escritos después de la creación del primer Estado obrero de la historia, en medio de la lucha de la Oposición de Izquierda y de la Cuarta Internacional, dirigidas por Trotsky, contra el camino que el estalinismo estaba dando a la mayor experiencia revolucionaria del siglo XX.

La represión sistemática a todos los críticos del rumbo que la burocracia estalinista imponía a la revolución fue una parte fundamental de los esfuerzos sucesivos de la burocracia estalinista para perpetuarse en el poder. La obsesión de Stalin con la muerte del mayor líder vivo de la Revolución Rusa, nombre principal junto a Lenin, tuvo lugar en 1940 con el asesinato de Trotsky por Ramón Mercader.

Fue en el proceso vivo de la búsqueda de una orientación revolucionaria que pudiera derrotar al imperialismo y a nuestros enemigos de clase que Trotsky y sus aliados se enfrentaron política, teórica y programáticamente con Stalin y su “teoría” del socialismo en un solo país. Esta concepción teórica y orientación burocrática adoptadas por la Internacional Comunista bajo la dirección de Stalin tuvo un impacto decisivo en el fracaso de la expansión internacional de la revolución, y cobrándole también a las masas negras un alto precio pagado con sangre. El reflejo de esta política en el continente africano significará el retraso de décadas en los procesos de independencia de estos países. La política de “alianzas estratégicas” con la burguesía nacional (supuestamente a favor de una lucha contra el imperialismo) defendida por el estalinismo conducirá a la subordinación de la enorme energía de las masas africanas a los estrechos límites impuestos por la burguesía de sus propios países, evitando que estos procesos avanzaran a la expropiación de la propiedad privada de los medios de producción y, por lo tanto, abrieran un nuevo capítulo libre de dominio imperialista sobre este continente.

Precisamente porque vivimos en una época de crisis, guerras y revoluciones, la tarea imperiosa de la clase trabajadora es la conquista del poder político. Esta tensión colocará en el centro de la reflexión de los marxistas revolucionarios del siglo XXI la necesidad de una estrategia para conectar las batallas diarias y parciales con el objetivo político de tomar el poder como un medio necesario para construir una sociedad socialista y el comunismo, y los desafíos de la lucha contra el racismo es una parte integral de esta tensión. En este sentido, la Teoría de la Revolución Permanente desarrollada y mejorada por Trotsky en el curso de los procesos revolucionarios también será invaluable.

Así como los negros haitianos derrotaron a Napoleón para obtener la independencia y liberarse de la esclavitud, la clase trabajadora del siglo XXI debe tomar el poder político y derrotar a la burguesía racista para que se pueda erigir una nueva sociedad.

Una de las premisas fundamentales de la Oposición de Izquierda y la Cuarta Internacional es la falta de separación entre países supuestamente maduros y no maduros para la revolución socialista. El estalinismo convirtió a Rusia en una supuesta excepción histórica y guió la alianza de los partidos comunistas con las burguesías nacionales alrededor del mundo. En los procesos agudos de la lucha de clases, esta orientación tuvo un costo terrible, allanando el camino para la contrarrevolución. En otros, como en los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX, la linealidad histórica del estalinismo, que vio el feudalismo en todos los rincones donde no había capitalismo desarrollado, convirtió la política correcta del derecho a la autodeterminación de los pueblos oprimidos en una política etapista cargada de escepticismo sobre el papel del pueblo negro en la construcción del socialismo.

Para Trotsky, por el contrario, la defensa del derecho a la autodeterminación siempre se relaciona con el objetivo de aumentar la confianza revolucionaria de las negras y los negros en sus propias fuerzas, en el combate contra el chovinismo burgués y su influencia en las filas de los trabajadores blancos y el derrocamiento revolucionario de la burguesía.

En el campo de la lucha de clases no hay una respuesta acabada; es el movimiento mismo de la historia el que proporciona el material para la acción. Sin embargo, la lucha de los esclavos insurgentes, los trabajadores, los pobres y los oprimidos nos ofreció valiosas lecciones. Los siguientes textos son parte de este todo.

El mundo ha cambiado mucho desde que se escribieron los textos de este libro. Los centros urbanos se han vuelto aún más importantes, ya que resuelven problemas centrales como la falta de vivienda y los elementos básicos para una vida digna. La clase trabajadora se ha expandido enormemente como nunca antes en la historia, aunque mucho más fragmentada (entre subcontratados y subcontratados, nativos e inmigrantes) y precaria (para lo cual el racismo sigue siendo un componente fundamental). Los sindicatos se integran cada vez más en el estado, transformándose de herramientas de lucha de los trabajadores en sentido contrario y bajo el control de las burocracias que actúan conscientemente para controlar y dividir a la clase trabajadora, limitando su horizonte a objetivos corporativos y parciales de cada sector de trabajadores. Un momento marcado por el surgimiento de movimientos sociales fuera de los sindicatos y partidos tradicionales de la democracia capitalista y donde la conquista de los derechos parciales es utilizada por la propia burguesía como un medio de contención para vaciar de fuerza y contenido lo que hay de más subversivo en la revuelta explosiva de las mujeres, negros e inmigrantes y reafirman las bases de un orden social de explotación.

Los efectos de esta sociedad decadente dejan en Brasil, el país negro más grande fuera de África, sus huellas en el cuerpo de un joven negro azotado en los supermercados por no poder consumir 4 barras de chocolate. En las calles, la alegría y la energía de esta juventud se pierden en las estadísticas de decenas de millones de desempleados, de un futuro incierto que hace equilibro en una bicicleta, debajo de enormes cajas decoradas con lemas de iFood, Rappi y Uber. Cajas de entrega mucho más grandes que el horizonte ofrecido por los capitalistas a esos pequeños hombros negros, que cargan 12 horas por día las ganancias millonarias de las empresas, a cambio de un Real por kilómetro recorrido.

Pero en las calles de los centros urbanos, también es esta juventud la que arranca su futuro cada día, dando en rimas a las viejas generaciones un soplo de vida en una sociedad que no nos deja respirar. Una juventud que exhibe con orgullo su identidad y su cultura negra que puede fusionar sus energías con la fuerza social de una poderosa clase trabajadora negra, femenina y precaria que, como los barrenderos de calles de Río de Janeiro en 2014, pueden hacer revivir en esas venas la sangre hirviendo de guerreros de la libertad.

Esta nueva realidad hace que la difusión de los textos que el lector tiene en sus manos sea aún más necesaria y urgente, ya que plantea el desafío de que estas lecciones se plasmen en una estrategia capaz de organizar y unir a la clase trabajadora (blancos y negros, hombres y mujeres, inmigrantes y nativos) con esta juventud. Y desde esta fuerza, revolucionen los sindicatos, devolviéndolos a la lucha de clases y asumiendo demandas como las planteadas por el IV Congreso de la Internacional Comunista (que conserva todo su estatus actual) como la lucha por la igualdad salarial entre los blancos y los negros (que en el caso de las mujeres negras significa una diferencia del 60 por ciento de la de los hombres blancos) y para que los sindicatos organicen a la clase trabajadora en su conjunto. Esperamos que este libro pueda ser leído y debatido por todos los que sienten o entienden el racismo como una de las características más perversas del capitalismo, y que los ejemplos de las heroicas batallas revolucionarias del pueblo negro dé coraje a las nuevas generaciones de mujeres, negros y jóvenes a seguir este camino, sumándose a la tarea urgente de construir un partido revolucionario.

Finalmente, aún no es posible conocer la dinámica futura de los acontecimientos en América Latina, pero el resurgimiento de la lucha de clases tendrá un impacto significativo en la lucha en nuestro país. La confianza en la fuerza de la clase trabajadora pasa por la politización del odio contra el racismo. En palabras de Trotsky, “los negros están llamados a estar a la vanguardia de la lucha revolucionaria”.

Traducción: Elizabeth Yang

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NOTAS AL PIE

[1Cyril Lionel Robert James (1901-1989), más conocido como C. L. R. James, fue un escritor, historiador y pensador marxista afroamericano de Trinidad y Tobago, que vivió la mayor parte de su vida en Gran Bretaña y Estados Unidos. Integró durante varios años las filas del movimiento trotskista, con el que rompió a comienzos de los años ‘50 por diferencias entre otras cuestiones, sobre la caracterización de la URSS como Estado obrero burocráticamente degenerado que defendía entonces el SWP norteamericano del cual había sido parte.

[2“La fuga era castigada con el libambo, un anillo de fierro enganchado al cuello y con un bastón y una campanilla”, cuenta Benjamín Péret, poeta francés surrealista, de filiación trotskista, en su crónica histórica El Quilombo de Palmares.
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