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LIBROS // RESEÑAS

La educación en la encrucijada

Reseña del libro “De como la educación apostó al caballo equivocado” de Frank Smith

Yazmín Muñoz Sad

Secretaria de DDHH y género ATEN Capital

Domingo 4 de febrero | Edición del día

En una pequeña librería de usados y en medio del caos de un librero poco dedicado, encontré un libro que me llamó la atención porque era de educación y tenía un título curioso. Según su contratapa reflexionaría sobre el cómo aprenden las niñas y los niños a leer y a escribir y a partir de allí cuál debería ser la práctica escolar propuesta para su mejor y más amplio desarrollo. Asi que me hice de él, lo leí y como me pareció interesante acá va una pequeña reseña.

“De cómo la educación apostó al caballo equivocado” es un libro de 169 páginas organizado en 8 capítulos, publicado por editorial Aique en 1994 y originalmente en inglés en 1988 (“Joining the literacy club”) por Heinemann Educational Books, Inc. Su autor es Frank Smith, un inglés que según dicen las distintas biografías consultadas, trabajó durante muchos años como periodista y editor, tarea que lo llevó a interesarse por la naturaleza del lenguaje y a estudiar Psicología en la Universidad Western en Australia. Para especializarse en psicología cognitiva y luego de ser admitido en el Centro de Estudios Cognitivos de Harvard trabajar junto a George A. Miller y Noam Chomsky.

El autor se hace preguntas y busca respuestas que discuten con el modelo de la escuela actual (la de fines de los 80 en EEUU y Canadá que es el modelo que se está intentando aplicar en Argentina desde los 90). ¿Cómo aprenden niñas y niños a leer, a escribir, a pensar críticamente?¿Qué relación hay entre la respuesta a esas preguntas y la organización escolar, la formación de maestras y maestros y la forma en la que las autoridades educativas pretenden organizar la enseñanza?
Y las respuestas a las primeras preguntas lo definen por una visión crítica de la organización de la educación formal y de lo que él llama haber “apostado al caballo equivocado”.

El autor va desplegando con ejemplos positivos y negativos las respuestas a esas preguntas desde un punto de vista crítico de la organización de la escuela, la separación según edades, los premios y castigos, los programas y las evaluaciones estandarizadas, la repetición y memorización, la división del aprendizaje en decenas de destrezas que supuestamente se enseñan por separado quitando todo sentido a lo que se lee o se escribe y todo un método de enseñanza basado en la medición del rendimiento individual cuya finalidad no es educativa sino política y tiene que ver exclusivamente con el control.

Smith afirma que la lectura y la escritura son aprendizajes que se dan naturalmente cuando los no iniciados sienten que pertenecen a un determinado grupo que los incluye y del que forman parte en una relación de interés y colaboración. Apoyado en la observación antropológica, en la etnografía y en distintos teóricos de la psicología cognitiva sostiene que el aprendizaje es una actividad social y que “la educación” al inclinarse por la psicología experimental como filosofía o paradigma teórico en el cual basar sus acciones apostó al caballo equivocado.

Desde allí, desde la observación participante, la psicolingüística y la psicología cognitiva, el autor propone tener en cuenta que el aprendizaje de la lectura y la escritura (aunque puede ampliarse a todo tipo de aprendizaje) se da en relación con otros que por lo general saben más o cosas distintas y son quienes van adentrando al recién llegado por los caminos de lo nuevo. Y que ese aprendizaje que se da en forma natural tiene 7 aspectos o características: 1) es significativo; 2) es útil; 3) es continuo y sin esfuerzo; 4) es incidental; 5) es cooperativo; 6) es vicario(en el sentido de realizar una tarea en reemplazo de otro no por simple imitación sino como una forma de hacerlo como se debe; y es libre de riesgos. Y en base a estas características propone organizar el trabajo escolar. Lo que implicaría desechar todas aquellas tareas impuestas por los curriculums, programas y evaluaciones para dar paso a un trabajo colaborativo donde no hay un docente que debe traspasar un saber sino cuya tarea es generar las condiciones para que el trabajo en común entre estudiantes, entre docentes y estudiantes y de docentes entre sí, dé paso a la construcción del aprendizaje.

Para “enseñar” a leer el maestro debe leer, debe trasmitir que la lectura es una experiencia interesante, útil y placentera. Para “enseñar” a escribir la maestra tiene que ser una escritora. Si la enseñanza formal enseña que leer y escribir son “tareas escolares” cuya única finalidad es recibir una nota, está generando ejércitos de antilectores y antiescritores, que muy lejos estarán de poder desarrollar el tan mentado “pensamiento crítico”.(¿Les suena?)

Para poder desarrollar una educación de estas características las y los maestros, dice Smith, tendrán que desechar los programas que bajan desde los ministerios y tomar en sus manos el poder de decidir qué y cómo se aprende en sus aulas. Tendrán que aceptar que la colaboración es el elemento central, que más que enseñar el maestro ayuda a cumplir algún propósito reduciendo peligros y pérdidas de tiempo. El maestro colaborador tiene el papel de “hacer comprensible lo que hay que aprender, no porque lo coloque deliberadamente en un contexto significativo sino porque se comporta de una manera relevante para lo que está tratando de lograr el que aprende”.

“Nuestros maestros más importantes y eficaces no son aquellos que tratan de instruirnos en lo que ellos creen o en lo que nosotros deberíamos hacer sino aquellos que nos ayudan a participar en ocupaciones e intereses que, a través de ellos, vemos como valiosos”. Pensemos en nuestra historia personal, cómo llegamos a determinados autores a determinadas bandas o estilos musicales, cómo conocimos a determinados autores o nos acercamos a la militancia, cómo aprendimos a disfrutar el fútbol o determinada rama del arte, la ciencia o el deporte…
Smith habla en forma bastante llana de decenas de temas que atraviesan la escuela y el aprendizaje y estimula con sus preguntas o afirmaciones controvertidas la reflexión de la lectora. Por ello creo que la virtud más grande del libro es ponernos a pensar y, para quienes somos docentes, repensar críticamente nuestra práctica escolar.

La pata floja o el aspecto criticable del posicionamiento de nuestro autor es que su crítica está dirigida a un ente abstracto llamado “la educación”, que en concreto se transforma en responsabilizar a la maestra individual de los cambios que es necesario llevar adelante para que la educación tenga más que ver con la vida y menos con las necesidades de una sociedad de control.

Si bien en dos o tres momentos del libro habla sobre el poder o la política como los responsables del estado de situación de la educación formal, no profundiza en la relación existente entre proyecto de sociedad y proyecto educativo ni en cómo podría pensarse una resistencia colectiva y organizada al proyecto educativo cuyo único interés, según dice él, es el control social. A un problema político, a una política centralizada y de masas él responde con un llamado al docente individual a cambiar su práctica y a través de ella la educación. No hay en su propuesta de cambio ninguna alusión a los sindicatos docentes o a la posibilidad de construcción de una política educativa ligada a un proyecto político distinto. E incluso la única vez que nombra a los sindicatos es para decir que junto a las asociaciones profesionales y otras organizaciones o grupos protegen (corporativamente) la incompetencia. Una visión parcial que ubica a los sindicatos únicamente como organizaciones conservadoras del status quo, lo cual si miramos la realidad como una foto sería algo que podemos suscribir, sin embargo sabemos que podrían jugar el rol completamente opuesto.

Allí es donde más me distancio de la propuesta de Frank Smith, aunque sigo considerando su propuesta educativa como opción posible mientras paralelamente construimos colectivamente un proyecto superador luchando por un gobierno de la clase trabajadora y un mundo sin explotadores ni explotados, donde la educación esté al servicio del desarrollo de las máximas capacidades humanas.







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