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Córdoba

La juventud rebelde: del Cordobazo a nuestros días

Hace 51 años se desataba el levantamiento obrero-popular que sacudió a Córdoba y al país. Hoy los trabajadores precarizados organizados en la Red convocan a una movilización en Boulevard San Juan y Arturo M Bas, donde hace 51 años caía asesinado Máximo Mena y se desataba la ira popular.

Paula Schaller

Licenciada en Historia

Viernes 29 de mayo | 13:37

Hace 51 años se desataba el levantamiento obrero-popular que sacudió a Córdoba y al país. El Onganiato, el que hasta entonces había sido el proyecto más ofensivo de las clases dominantes para imponer sus objetivos estratégicos, era herido de muerte en las calles. Si la burguesía venía intentando liquidar las conquistas obreras para imponer un aumento de la productividad y de la penetración del capital imperialista; la rebeldía obrera, estudiantil y popular que se apoderó de la ciudad aquellos 29 y 30 de mayo le puso un límite. Las barricadas cordobesas abrieron un proceso de insubordinación revolucionaria que recorrió el país y sólo fue conjurado por la última dictadura militar.

La historia es conocida. Frente al ataque al conjunto de los asalariados lanzado por el plan económico de Krieger Vasena con una mega-devaluación del peso, tarifazos, congelamiento de salarios y suspensión de los convenios colectivos de trabajo, la CGT lanza la huelga nacional por 24 hs para el 30 de mayo. En Córdoba, particularmente perjudicados por el anuncio de las quitas zonales y la eliminación del sábado inglés, los sindicatos llaman a paro activo de 36 hs. desde el 29. Esto se combinó con la acción del movimiento estudiantil que venía siendo blanco de ataque de un régimen caracterizado por un opresivo oscurantismo cultural e intelectual que vio a las universidades como focos de la “amenaza comunista.” Para entonces, ya habían caído asesinados en movilizaciones estudiantiles y populares Santiago Pampillón en Córdoba en 1966, José Cabral en Corrientes (en el contexto del alzamiento del Correntinazo) y Adolfo Bello y Luis Blanco en Rosario en 1969 (iniciando el primer Rosariazo).

Por eso, la acción que inició el 29 de Mayo fue el catalizador de la bronca del conjunto de la población contra una dictadura opresiva y entreguista. La movilización, encabezada por las columnas de los sindicatos (SMATA, Luz y Fuerza, UOM, UTA) que avanzan hacia el centro de la ciudad, tuvo su punto de inflexión con el asesinato a manos de la policía montada de Máximo Mena, obrero de IKA Renault y estudiante, a la altura de Boulevard San Juan y Arturo M. Bas. La indignación que recorrió las columnas obreras y estudiantiles, desató enfrentamientos por todo el centro, donde se improvisaron barricadas y las fuerzas policiales tuvieron que replegarse, perdiendo el control de la ciudad. Luego vendría la resistencia desde los techos, casas y esquinas contra el Ejército que el gobierno nacional envió para recuperar el control de una ciudad insurrecta.

El pánico burgués a aquella insubordinación fue tan grande que, en repuesta al Cordobazo, Onganía creó los Consejos de Guerra Especiales que rigieron en todo el país imponiendo severas restricciones a la circulación por la vía pública. Pero era tarde, y meses después caería.

Ahora bien ¿Qué características socio-culturales marcaron a aquella generación que protagonizó el Cordobazo?

Analizando la configuración de la estructura económico-social cordobesa hacia los años 60, José Aricó planteó algo que fue una característica clave “Córdoba fue el lugar de asentamiento y expansión de la industria metalmecánica en torno de tres grandes complejos de la rama automotriz que ocupaban una parte significativa del proletariado fabril, un proletariado de reciente formación que se nutría de jóvenes formados en la universidad y en las escuelas técnicas. La ausencia de fronteras definidas entre mundo del trabajo y mundo técnico-intelectual preservaba a ambos de esa distancia de clase y de lugar característica de Buenos Aires. Aquí, en cambio, un acercamiento molecular de las figuras típicas del obrero y el estudiante ofrecía un cuadro variado pero relativamente homogéneo en el que las diferencias se atenuaban sin disiparse". [1]

Se refería así a una generación de jóvenes que en muchos casos eran a su vez estudiantes y obreros de las distintas fábricas del complejo metalmecánico, una interconexión social entre la fábrica y la universidad que derivó en múltiples vasos comunicantes culturales y políticos, contribuyendo en el doble proceso de radicalización del movimiento obrero y del movimiento estudiantil. Tanto Máximo Mena, joven de 27 años de barrio La France que era obrero matricero en la planta de IKA Renault de Santa Isabel y estudiante de Ingeniería, como Santiago Pampillón, también estudiante de Ingeniería y trabajador de IKA Renault, fueron expresión de esa joven generación a la vez obrera y estudiantil que actuaba de puente entre dos mundos socialmente interconectados.

De hecho, Córdoba vivió por entonces una enorme explosión demográfica que cambió su fisonomía social, lo que se expresó también en una vertiginosa ampliación de la matrícula universitaria, que vio crecer su composición de jóvenes obreros y empleados y mujeres. Si por un lado la Universidad venía experimentando un proceso de masificación desde fines de la década del ‘40 con el ingreso de nuevos sectores medios, obreros y populares, la expansión industrial cordobesa de los años ’50 absorbió a nuevos sectores, mayoritariamente jóvenes, que venían del campo.

Mónica Gordillo destacó el componente juvenil como característica clave de los nuevos destacamentos obreros “la mayoría era muy joven en el momento de ingreso a las empresas automotrices lo que, junto con la existencia de un importante flujo proveniente del interior, haría presuponer que para la mayoría se trataba del primer empleo en la fábrica.” [2]

Incluso, esta nueva generación obrera fue la que en los años inmediatamente posteriores al Cordobazo protagonizó el surgimiento de los sindicatos clasistas SITRAC-SITRAM. Dice Carlos Mignon: “Los obreros que encontraron una suerte de representación en los sindicatos clasistas de la FIAT fueron, sobre todo, los que constituyeron la mayoría de la composición de clase del proletariado industrial: los de primera generación, jóvenes, sin calificación que migraron del campo a la ciudad y trabajaron en las líneas de montaje, soportando las condiciones laborales más penosas. Esta última particularidad dio al sindicalismo clasista el carácter de una verdadera rebelión generacional; un rasgo constatable en comité ejecutivo y los delegados electos del SITRAC-SITRAM, dado que la mayoría de sus miembros rondaban entre los 20 y los 30 años". [3]

Las propias características socio-urbanas de Córdoba también contribuyeron, señala Aricó, a favorecer esa comunicatividad social y política entre el mundo intelectual y el mudo del trabajo que hizo de Córdoba una suerte de “Turín Argentina”: “la estructura misma de la ciudad creaba, a su vez, condiciones favorables para una composición de estratos sociales a los que la profundización del desarrollo industrial había tendido a separar y diferenciar. Un sistema de transporte urbano radial y convergente hacia un centro burocrático, comercial y cultural bastante reducido, casi juntas la Casa de Gobierno y la Legislatura, la Confederación General del Trabajo y la Universidad, los medios de comunicación y la policía, los locales partidarios, librerías, bibliotecas, salas de conferencias y decenas de galerías, bares y cafeterías. Todo un conjunto abigarrado y complejo de estratos sociales y de instituciones que formaban en entramado del que finalmente nadie quedaba excluido. Es lógico que en momentos de crisis esa trama urbana tan compuesta diera muestras de una comunicatividad social y política de vigor excepcional”. [4]

Imposible no pensar en experiencias como la del barrio Clínicas (pegado al centro), donde residían gran parte de los estudiantes universitarios, que no sólo actuó como escenario de la resistencia estudiantil durante las jornadas del Cordobazo, sino que ya acumulaba una tradición histórica de lucha (desde allí habían declarado la huelga los estudiantes cuando la Universidad suprimió el internado para los alumnos residentes, dando inicio a la Reforma de 1918) y una experiencia previa de permanente realización de asambleas barriales que convocaban los estudiantes como extensión de la práctica asamblearia que atravesaba la Universidad.

A esto habría que sumarle una comunicatividad socio-política con los barrios que experimentaban una acelerada urbanización en las zonas de la periferia de la capital, particularmente en torno a las empresas terminales ubicadas en la zona sur. Aquel 29 de mayo las columnas de manifestantes llegaban sobre todo desde los barrios de Santa Isabel, Villa Revol y Ferreyra. Al año siguiente del Cordobazo, cuando se produjo la toma de distintas planteas del complejo metalmecánico y surgieron en IKA-Renault y Transax los comités de ocupación, éstos se ligaron a los vecinos del barrio a través de comités barriales, como sucedió en el caso de Santa Isabel. A los vasos comunicantes entre la fábrica y la Universidad hay que sumar los que ambos tuvieron con el territorio/barrio, con experiencias que a lo largo de la década del 70 perfilaron incipientes organismos de articulación de la alianza obrero-popular.

Reconstruir la alianza social del Cordobazo

Es claro que aquella estrecha conexión entre el medio fabril, universitario y barrial fue desarticulada con los embates económicos y políticos desde la última dictadura en adelante. Por un lado, todo el crecimiento demográfico de las últimas décadas se organizó desde un modelo de fragmentación socio-urbana que retiró hacia la periferia a los sectores más golpeados por la pobreza, marginalizándolos en asentamientos precarios sin acceso a los servicios básicos.

Por otro lado, en Córdoba la crisis de fines de los ‘90 llevó a una disminución y una modificación regresiva de la estructura del complejo automotriz. Decenas de miles de despidos de las patronales, avalados por la burocracia del SMATA y la UOM, redujeron la cantidad de trabajadores del sector que, cuando se dinamizó, lo hizo a costa de el aumento de la productividad por trabajador y no en una creación sostenida del empleo acorde a sus niveles de expansión. A esto aportó la tercerización de gran cantidad de tareas al interior de cada fábrica (mantenimiento, logística, limpieza), lo que contribuyó a la fragmentación salarial, sindical y organizativa de los trabajadores. 

Si por un lado al interior de la clase obrera las políticas de flexibilización laboral favorecieron su fragmentación interna a una escala histórica sin precedentes entre sectores estables y en blanco y sectores contratados, tercerizados, no registrados, etc. su vinculación con lo que Aricó llamó el mundo técnico-intelectual retrocedió significativamente. Hoy la cantidad de estudiantes en la Universidad es más del doble que la de los años del Cordobazo, pero los jóvenes que trabajan en los distintos talleres metalúrgicos, textiles, la construcción, los servicios, son prácticamente vedados de la posibilidad de estudiar.

Sin embargo, aunque lejos de aquel tipo de “estudiante-obrero”, hoy decenas de miles de estudiantes universitarios e incluso secundarios son a su vez trabajadores precarios en diversos rubros como comidas rápidas, call centers, comercio, aplicaciones de delivery. Forman una enorme gama de trabajadores bajo contrato, tercerizados y con distintas modalidades de flexibilización. En los hechos, esto implica que gran parte de la juventud que trabaja no está representada por las organizaciones sindicales. Dice Nicolás del Caño en su libro Rebelde o Precarizada: “de los 190.000 jóvenes que trabajan en Córdoba el 61,5 % está ‘en negro’. Si le sumamos los ‘cuentapropistas informales’, ese número salta al 70 %. Hablo de cientos de fábricas, de comercios, del turismo y de ‘nuevas plataformas’ como Rappi, Glovo y Uber Eats. Los que están un poco mejor viven tercerizados. O contratados en automotrices, metalúrgicas, call centers y otros servicios”. [5]

Son los sectores que hoy más sufren el impacto de la crisis con la pandemia, junto a los trabajadores que están desocupados. Muchos de estos sectores devinieron esenciales en el funcionamiento de la ciudad capitalista, como destacó Harvey en su Ciudades rebeldes. El trabajo dedicado a la producción y reproducción de una vida cotidiana cada vez más urbanizada, la cadena de abastecimiento dentro y fuera de las ciudades supone un movimiento continuo, sin interrupción. Hablamos de logística, transporte, reparto a domicilio, un flujo de bienes y servicios que es realizado crecientemente por jóvenes mal pagos, muchas veces eventuales, que trabajan a tiempo parcial y carecen por completo de estabilidad laboral. Su organización conjunta, independientemente del lugar de trabajo, para forjar lazos organizativos y darle voz y demandas comunes a quienes no tienen representación sindical o están abandonados por los sindicatos, es una tarea estratégica. Lo es también pelear por la unidad dentro de las filas obreras que la organización capitalista del trabajo busca todo el tiempo desunir y desagregar.

En esa perspectiva, es muy auspicioso el surgimiento de la Red Nacional de Trabajadorxs Precarixs e Informales. ¿Porqué no hipotetizar que de éste sector podrán surgir los destacamentos más dispensos a la lucha frente a los embates de una crisis que no hará más que profundizarse y seguir golpeando a los más precarios? ¿Por qué no imaginar que puede actuar de puente entre el “mundo estudiantil” y la clase trabajadora? En momentos donde la crisis golpea sobre los más precarios y el gobierno de Schiaretti busca eliminar conquistas históricas de los sindicatos más fuertes para rebajar el nivel de vida del conjunto, torna estratégico buscar las vías para recrear aquella alianza social que hizo posible el Cordobazo. La movilización a la que convocan los trabajadores precarizados organizados en la Red en Boulevard San Juan y Arturo M Bas, donde hace 51 años caía asesinado Máximo Mena y se desataba la ira popular, es todo un símbolo y una declaración de intenciones.



[1ARICO, José M, La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina, Siglo Veintiuno editores, 2005, pg, 97.

[2Gordillo, Mónica, Córdoba en los 60. La experiencia del sindicalismo combativo, UNC, 1996.

[3MIGNON, Carlos, Córdoba Obrera. El sindicato en la fábrica. 1968-193, Imago Mundi, 2014, pg 157.

[4ARICO, José M, La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina, Siglo Veintiuno editores, 2005, pg, 97.

[5DEL CAÑO, Nicolás, Rebelde o precarizada. Vida y futuro de la juventud en tiempos de FMI. De los noventa a la era Macri, Ariel, 2019, pg. 51.







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