Enfoque Rojo

CRÓNICA

Crónica de un obrero kolla y trotskista

Jueves 12 de octubre | Edición del día

“Coquito es el que estaba arriba del camión apilando, al petisito le dicen Makanaky, el otro pibe que corría conmigo se llama Riky y el otro más viejito se llama Chiliguay”.

Coquito, Makanaky, Riky y Chiliguay, no son la nueva y prometedora línea de 4 del Barcelona, tampoco sus sueldos se cuentan en euros por minuto. Mucho más allá de eso, muchísimo más allá, les sobra trabajo, esfuerzo y cientos de miles de kilómetros recorridos con tracción a sangre. Ellos cuatro, junto con Alejandro Vilca, son una de las cuadrillas que cada madrugada se montan a los camiones de recolección de residuos del popular barrio de Alto Comedero en la periferia de la Jujuy de los apellidos oligárquicos.

El despertador de los trabajadores suele chillar cerca de las cuatro de la mañana empecinado con boicotear todo sueño que prometa. Pero estos muchachos ya están curtidos y entre golpe y golpe fueron aprendiendo a forjar sueños bien despiertos.

Durante el recorrido nos cuentan que el turno de madrugada es un poco más duro pero es mejor que recolectar cuando el sol comienza a salir porque la basura fermenta y suelta vapores insoportables.

Montados sobre el camión como jinetes en la noche, entramos al barrio que aún duerme. El rugir del viejo motor rebota sobre las precarias casas de bloque mientras flota en el aire esa calma que anticipa el despertar de un gigante. Es la hora de los perros que en manadas disfrutan su momento, saben que son los dueños de la calle, pero les queda poco, de un momento a otro cerca de 90.000 jujeños despertarán y saldrán hacia sus trabajos para poner en marcha la ciudad. Panaderos, mecánicos, amas de casa, colectiveros, verduleras, niñeras… Trabajadores y trabajadoras, la fuerza colectiva que mueve al mundo.

Alejandro Vilca lleva más de diez años saltando de casa en casa recolectando los residuos de Alto Comedero, quizás por eso impacta tanto la fuerza que transmite la sonrisa cómplice que a cada rato crece en su rostro kolla. El trabajo es duro, eso también impacta, sin embargo, nada en su entera moral deja entrever que llegó a recolección como consecuencia de un castigo impuesto por el poder político junto a la burocracia sindical.

La historia es simple: en Jujuy, cerca del el 50 % de los trabajadores está en negro o en condiciones de absoluta precariedad, en el 2006 Alejandro trabajaba como empleado municipal en el área de estadísticas y estaba cansado de que el sindicato hiciese paro pero solo pensando en los trabajadores en blanco. Él era uno más de los cientos de precarizados dentro de la repartición, por eso se puso al frente de la Coordinadora Provincial de Trabajadores en Negro, agitando una consigna histórica: unidad de las filas obreras. Luego de protagonizar masivas movilizaciones, cortes, acampes y piquetes, lograron incorporar a más de tres mil empleados de la salud, vialidad y educación con una planta transitoria como paso a la planta permanente.

El “Ale” se ganaba el respeto de sus pares y el odio de los patrones.

Quienes lo castigaron creyeron que mandarlo a juntar basura bastaría para golpear su ánimo y desactivar sus ideas. Pero no hay lugar de penitencia para quien está convencido de querer cambiar de raíz esta sociedad pensada para pocos sobre el esfuerzo de la mayoría.

Él tenía bien claro que esos ataques no eran un ensañamiento con su persona y que lo que buscaban era atacar al activismo.

Paciencia y organización, esa fue la respuesta que aún hoy ruge al igual que el camión bajando del barrio y que se reproduce como eco en el interior de los grandes y vacíos salones del poder.

Hay una serie de códigos, pequeños silbidos y palabras cortas que rebotan por el aire mientras los cinco pares de manos lanzan bolsas de residuo con precisión olímpica.

Se ayudan unos a otros, se animan, se cubren y se cargan fraternalmente, cuidan de los viejos y se apoyan sobre la sangre joven. Los perros atónitos pierden su botín impresionados por la camaradería. Esa confianza en las propias fuerzas, es quizás el aporte más preciado que Vilca fue sembrando entre sus pares con paciencia de altiplano.

La unidad que los atraviesa se fraguó al calor de duras batallas, porque acá lo que se consigue, se consigue peleando. Desde algo básico como un par de guantes hasta algo inédito en el ámbito de la administración pública: tener a todos sus trabajadores en planta permanente.

Un sello distintivo de estas luchas fue el hecho de apostar a la autoorganización y la democracia directa. El conjunto de los trabajadores reunidos en asamblea decidiendo los paso a seguir. Esta experiencia concreta que se inscribió en la tradición de lucha de los trabajadores municipales, se fue condensando en la figura de Alejandro como expresión de que los trabajadores pueden hacer política para su clase y enfrentar a los poderosos. Porque más allá de todas las conquistas gremiales la discusión de fondo pareciera ser la de quien gobierna, si los grandes empresarios y sus amigos o los trabajadores. Después de tanto esfuerzo, ¿por qué no intentar elevar las aspiraciones?

La conciencia no baja del cerro rechinando sus campanas, hay que buscarla. Y Alejandro la buscó magullando odio y sorteando la pobreza. Seguramente esa virtud tiene la huella de todas las infancias austeras, ese lugar donde para compartir no hace falta tener mucho.

Sus compañeros son parte de esa búsqueda y la militancia revolucionaria es la continuidad de esos “hilos históricos”, ese puente sagrado entre la experiencia de lucha de cada generación obrera a la otra.

Y aunque el Ale salte de de casa en casa no lleva capa ni atuendo de lycra ajustada con grandes iniciales en su pecho, viste de grafa y su fuerza proviene de cientos de años de tradición obrera y socialista que hoy se amalgaman en el PTS (Partido de los Trabajadores Socialistas) y el Frente de Izquierda.

“Lo que me hace fuerte son las grandes ideas que abrazo”, esa es la señal luminosa que brilla en el cielo cada vez que busca sus fuentes.

Son las siete y pico, el sol empieza a trepar por las medianeras de las casas y los recolectores perfilan su retirada, el último salto del camión y el último trote es para llegar a sus vestuarios. En la central de Alto Comedero una pequeña habitación hace de centro logístico, allí anotan sobre planillas las entradas y salidas, recogen guantes, ajustan los turnos e intercambian una palabras.

Detrás de la escena cuelga un afiche que dice “Alejandro Vilca diputado, con la fuerza de los trabajadores y la juventud”.

En los tiempos que corren donde se avecinan duros ataques sobre los trabajadores y las mayorías populares, las elecciones son otro gran campo de batalla…

Pero a los obreros de Alto Comedero, esos que aprendieron a soñar despiertos, no parece asustarlos el desafío. Más bien todo lo contrario, la oficina de recolección es casi un comité electoral, los compañeros reparten las boletas de Vilca, pegan afiches y discuten cada voto.

Por eso, luego de los más de 48.700 votos conquistados por Alejandro Vilca y el Frente de Izquierda en las PASO, cuando Ale entró al playón para montar su camión, sus compañeros lo abrazaron, lo miraron a los ojos y le dijeron: “Para nosotros vos ya sos el diputado de los trabajadores, nuestro diputado”.

Queda el desafío de multiplicar este sueño para el conjunto del pueblo trabajador.






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