Internacional

ANÁLISIS

La primavera social francesa y los límites hegemónicos del macronismo

Durante el primer año de su mandato, Macron logró avanzar sin enfrentar una gran resistencia, mientras emprendía, a tambor batiente, una gran cantidad de contrarreformas dirigidas a una transformación rápida y radical del capitalismo francés. La actual batalla ferroviaria y la "primavera del descontento" que la acompaña podrían estar revelando los límites de sus tácticas y de su capacidad de convicción. El despertar de la primavera social pone de relieve las dificultades del macronismo para imponerse como un nuevo bloque hegemónico. No obstante, subsiste un interrogante: ¿cómo derrotar a Macron y sus planes?

Juan Chingo

Comité de redacción de Révolution Permanente

Martes 17 de abril | Edición del día

¿Qué es el macronismo?

La eficacia que ha caracterizado al macronismo a lo largo de casi un año de mandato se debe a una combinación excepcional de circunstancias. Algunas son más coyunturales, otras más estructurales. Entre ellas se destacan las siguientes: (a) la forma en que hizo pesar la legitimidad de su mandato electoral y el hecho de haber "anunciado su plan de gobierno " de alguna manera; (b) la recuperación económica relativa, a pesar de sus fuertes contradicciones; (c) el vacío y la fragmentación que caracterizan el escenario político, que a pesar de ser una expresión de la crisis orgánica del capitalismo francés, en lo inmediato amplían el margen de maniobra y de acción del ejecutivo; y, lo que es más importante, (d) la cobardía y el carácter timorato de las direcciones actuales del movimiento obrero.

A diferencia de las dos coaliciones sociales que se sucedieron en el poder en los últimos treinta años, el macronismo ayudó a unificar políticamente a la gran burguesía, otrora dividida por la fractura izquierda-derecha, así como a importantes sectores de las clases medias altas en torno al proyecto neoliberal. Con un proyecto político a la vez impregnado de una mística individual y encarnado por la figura del emprendedor 2.0, el liberalismo habla en primera persona a través de Emmanuel Macron, lo cual hace tiempo que no se veía. No es casualidad que, para encontrar antecedentes del macronismo, uno debe remontarse casi hasta la Monarquía de Julio (1830-1848) y a personajes como Guizot, primer ministro de Luis Felipe.

Sin embargo, no nos confundamos. No debemos confiar en el consenso que une a las clases gobernantes ni en la gran mayoría parlamentaria de la que goza el ejecutivo. De hecho, si comparamos el caudal de votos obtenidos por Macron en la primera vuelta de las elecciones presidenciales con el padrón electoral y no con los votantes, está claro que el ex inquilino de Bercy (sede del ministerio de Economía) y ex asesor de Hollande no ha obtenido más que el 18% del electorado potencial.

Para encontrar un ejemplo anterior de resultados tan débiles, es necesario remontarse a Chirac en 2002 (ya desgastado por un primer mandato de siete años) o a 1995 (con un competidor, Balladur, perteneciente a su propio partido). En comparación, Hollande en 2012 y Sarkozy en 2007 obtuvieron el voto del 22 y el 25% del padrón electoral, respectivamente. Estos niveles de apoyo eran ya débiles en comparación con los que obtuvieron Mitterrand o Giscard y aun más si los comparamos con las elecciones de De Gaulle o de Pompidou.

Para convencerse hasta el final, basta con observar el bajo nivel de apoyo que obtuvo La República en Marcha (LREM), el partido que lidera Macron, en la primera ronda legislativa del año pasado. En esa oportunidad, LREM obtuvo el apoyo del 15% del padrón electoral. Un nivel de apoyo cuya debilidad no tiene precedentes en las últimas décadas para un partido presidencial. En comparación, el PS de Hollande había obtenido el 22%, la UMP de Sarkozy, el 27% y el PS de Mitterrand en 1981, el 38%. (Bruno Amable, « Le pouvoir n’est fort que par la division »).

Estos resultados revelan los límites de la base social del macronismo, que se beneficia principalmente de una oposición debilitada y fragmentada. En este sentido, tal como resaltamos previamente, se trata de un "bonapartismo débil".
Consciente del carácter coyuntural de las circunstancias favorables, así como de estar apoyado en un bloque social muy frágil, situación que lo obliga a asestar sus golpes con vigor y velocidad, Macron utilizó una táctica distinta a la de sus predecesores. En su caso, se trata de aplicar una especie de ofensiva permanente, evidenciada por la cantidad de reformas altamente explosivas que ya se han votado.

Entre ellas, se incluyen la Ley laboral XXL (aprobada tras la primera versión de la reforma del mercado laboral bajo la Ley El Khomri en 2016), la reforma del seguro de desempleo, la introducción de un proceso de selección encubierto en la universidad, por no hablar de la eliminación del ISF (impuesto sobre el patrimonio) y del aumento de las CSG (contribuciones sociales), todas medidas fiscales favorables a los sectores más ricos y rentistas en detrimento de las clases populares e incluso de una fracción de la base social del macronismo, como son los jubilados.

Pero este ritmo sostenido de reformas también tiene otro objetivo. Se trata de inmovilizar al movimiento de masas y de evitar su cristalización, como se podía empezar a ver, en enero, durante la huelga histórica de los Ehpads (geriátricos), y que contaba con un gran apoyo en la opinión pública. Macron respondió a ese conflicto a su manera, con otro golpe al iniciar la reforma de la función pública. Según las mismas palabras de un asesor cercano al ejecutivo, esta forma de golpear sistemáticamente, sin esperar que se cierre el asunto anterior, consiste en "dictar el orden del día para no verse sometido a él".

Pero si el macronismo se apoya, por derecha, sobre los mecanismos más antidemocráticos de la V República, que por otra parte se fortalecieron considerablemente durante el mandato anterior para avanzar rápidamente, la eficacia de la primera parte del mandato de Macron no puede comprenderse sin el papel central que han desempeñado para el régimen, por "izquierda", las direcciones de las grandes centrales sindicales. Tal como señala Michel Noblecourt en un artículo de Le Monde de principios de julio, titulado "La ‘positive attitude’ des syndicats" ("La ‘actitud positiva’ de los sindicatos"), "consciente de la fragilidad de su omnipotencia - teniendo en cuenta la tasa de abstención importante en las elecciones presidenciales, y aun mayor en las legislativas, y los resultados electorales de Marine Le Pen y de Jean-Luc Mélenchon, que confirman la bronca de una sociedad que tiene los nervios de punta - el jefe de Estado prometió que las disposiciones sobre la reforma del código laboral estarían precedidas por una verdadera concertación".

Fortalecido después con su primera victoria y como expresión hasta el final del cuestionamiento del sistema de alianzas, del compromiso social surgido después de la Segunda Guerra Mundial entre el capital y el trabajo para evitar el avance la de la revolución socialista, en las posteriores reformas fue mostrando más a fondo su verdadera cara. Ejemplo de esto es pasarse por encima el llamado paritarismo obrero-patronal, reforzando el rol del estado y desplazando los sindicatos a nivel de empresas, como mucho a ciertos dossiers a nivel de ramas de producción.

Las direcciones sindicales no esperaban un ataque tal contra las "organizaciones intermediarias". Este hecho desnudó su impotencia actual. Esto es resultado del carácter reformista de las direcciones oficiales del movimiento obrero y de su colaboración de clase más o menos abierta y asumida con la patronal y el Estado burgués de los que dependen. Sus lamentos actuales son la expresión de la decadencia y la impotencia de los "partenaires sociales" en un momento en que el capitalismo francés se muestra implacable en la despiadada competencia internacional y europea por los mercados.

Las dificultades para resolver la crisis de hegemonía del capitalismo francés

El conjunto de elementos que hemos enumerado ha permitido avanzar a Macron y, por sorprendente que pueda parecer, sin provocar una reacción significativa en las calles. Sin embargo, queda por demostrarse su capacidad de transmitir un mensaje convincente. Esto genera mayores dudas en cuanto su capacidad para resolver estratégicamente la crisis de hegemonía de la burguesía francesa. Paralelamente, también resquebraja su máscara de invencibilidad. Se trata, por lo tanto, de un conjunto de elementos que podría aprovechar el movimiento de masas para pasar a la ofensiva.

Comencemos con el método: la guerra de movimientos, con sus múltiples frentes abiertos, comienza a cuestionarse. Esto es lo que señala, por su parte, Cécile Cornudet en Les Echos del 22 de marzo: "Para romper con el supuesto inmovilismo de Francois Hollande, Emmanuel Macron se convirtió en topadora, seguro de su legitimidad. Excepto que en el momento del primer balance, la topadora corre el riesgo de instalarse como un ’presidente desconectado’ y las reformas podrían no percibirse por la falta de "cuerpos" políticos, asociativos e intelectuales para difundirlas".

Más aun, su voluntarismo se asemeja en forma creciente a una forma de autoritarismo: su presidencia “jupiteriana”, se convierte cada vez más en una forma de cesarismo. Si a esto le sumamos los frecuentes "yo asumo" de Macron, se vuelve evidente la impaciencia de un poder cada vez más antidemocrático. Es lo que indica, por otra parte, la voluntad de redimensionar el papel del Parlamento en el marco de la futura reforma constitucional, con lo cual se limitaría aún más el rol de la asamblea nacional.

Sin embargo, hay cuestiones que son aún más graves. Se trata de lo que algunos llaman los problemas de "explicabilidad" del macronismo. Es lo que señala el analista de derecha y partidario del liberalismo Eric Le Boucher en un artículo de fines de marzo publicado en Les Echos: "El cambio en general no es trivial, ni mucho menos, en cuanto al Código laboral, la capacitación o la SNCF (Sociedad Nacional Ferroviaria). Pero la impresión que queda es que una vez que estas reformas se hayan aprobado, se volverá a la situación anterior. La conversión no se habrá producido. Como si los franceses hubieran admitido que las reformas tardaron demasiado, dieron su consentimiento al presidente para que las dirigiera, y nuevamente, sin que los tocara personalmente. Pero una vez implementadas, esperan un retorno a la situación anterior, es decir, a ese Estado devenido, desde hace treinta años, en caja estatal que debe distribuir a cada uno, y a la política vista como la disputa entre los representantes de las distintas categorías".

Y para concluir, Le Boucher señala, con una pizca de amargura, que mismo "si avanza con sus reformas a toda velocidad, al presidente le resulta difícil inscribir su "Revolución" en la mente de los franceses. Esta brecha entre la acción y la explicación corre el riesgo a término de jugarle una mala pasada".

Dicho de otro modo, y como lo indican todas las encuestas de opinión, la mayoría de la población (y en particular los trabajadores y los estratos populares, entre los cuales la baja de la popularidad del gobierno es la más pronunciada) no está preparada para aceptar una evolución de la sociedad hacia un modelo ultraliberal. Es que diferencia del thatcherismo y su "capitalismo popular" que habían atraído, a su manera, a grandes sectores de la clase media, el macronismo no logra sacar a la mayor parte de la opinión pública de su pesimismo, que está estrechamente ligado al miedo al desclasamiento, a la pauperización y al desempleo.

Por el contrario, tal como lo indica la disminución de la popularidad de Macron y de su primer ministro o los resultados obtenidos por los candidatos de LREM en las últimas elecciones legislativas parciales, el macronismo no logra consolidar su ya estrecha base social. Éste es un riego central para su estrategia de formación de un bloque hegemónico.

Como señala acertadamente Bruno Amable en Libération, la estrategia de Macron podría volverse contra el presidente, al obstaculizar su consolidación estratégica como nuevo bloque social dominante: "El régimen que Macron desea instalar", según señala en su artículo, ‘Président des riches, ça ne suffira pas’ ("Un presidente de los ricos no será suficiente"), "se caracteriza más bien como la alianza entre el capital y una fracción de los asalariados. Por lo tanto, las consecuencias de las "reformas" y de la política económica de Macron (segmentación de los asalariados, una precariedad laboral mayor para algunos y un aumento de la desigualdad, etc.) no son consecuencias desafortunadas, sino más bien necesidades estructurales para el surgimiento de una nueva alianza social. El riesgo asociado a esta estrategia es el de ir demasiado lejos. La estabilidad del nuevo régimen depende de su capacidad para incluir una fracción suficiente de las clases medias en un núcleo duro formado por las clases más favorecidas. Pero los efectos nocivos de las reformas neoliberales pueden hacerse sentir más allá de las clases populares y de los asalariados menos calificados. Las medidas fiscales en beneficio del capital (financiero) podrían perjudicar a aquellos quienes la derecha llama los "pequeños ricos". Por lo tanto, el poder gobernante debe enfrentar una contradicción. Las condiciones necesarias para la creación de un bloque social que lo sostenga son precisamente las que pueden debilitar al bloque social".

El rechazo generado entre la opinión pública por el aumento de la CSG y la simpatía suscitada por la movilización de los jubilados, que se niegan a ser considerados ricos después de toda una vida de aportes, pueden haber provocado daños irreparables a la estrategia de construcción de poder del macronismo. En el mismo sentido la mayoría de la población no está convencida de los argumentos del gobierno en cuanto al poder adquisitivo. Así, el encuestador Bernard Sananès, presidente de Elabe, señala cómo las clases medias que, con "la supresión del impuesto a la vivienda se habían inclinado en parte por la candidatura de Macron, consideran sobre todo que las medidas del gobierno reducirán su poder adquisitivo (46%). En última instancia, también es lo que piensan todos los electores, incluso sus votantes de la primera vuelta (45%), un hecho preocupante para el jefe de Estado". El analista concluye aun de manera lapidaria, en relación con el macronismo, que "el gobierno puede arrastrar este tema del poder adquisitivo durante varios meses. Podría ser el equivalente de lo que fue para François Hollande la inversión de la curva de desempleo".

El conjunto de estos elementos indica la medida en que la ola macronista podría estar ya en pleno reflujo. Pese al voluntarismo manifiesto del presidente, el año 2018 no es equivalente al año 1984 de Margaret Thatcher. Esto se debe tanto a las condiciones internacionales, extremadamente fluidas, en relación con la centralidad del conflicto entre estados-naciones en detrimento de las tendencias “globalizadoras”, como a las condiciones francesas. Como definimos en la XI Conferencia de la Fracción Trotskista-Cuarta Internacional de marzo de 2018, el macronismo, como última versión del neoliberalismo tardío a la francesa, es "un neoliberalismo senil, no hegemónico, que tiende a profundizar la polarización social y política, lo cual podría crear condiciones más favorables para el desarrollo de procesos agudos de lucha de clases y una mayor radicalización política".

Una estrategia y un programa para vencer a la altura de la bronca de los trabajadores, los estudiantes y los sectores populares

La “batalla del ferrocarril” es el punto de avanzada de una primavera social que se muestra agitada. En el sector privado, hay huelgas por parte de todas las categorías de los trabajadores de Air France por aumentos salariales, mientras que el sábado 30 de marzo, durante el fin de semana de Pascua, la cadena Carrefour fue sacudida por una huelga histórica. Entre los jóvenes se desarrolla un movimiento en las universidades que, por el momento, no ha explotado de manera generalizada, pero que se viene extendiendo. La jornada de acción del 22 de marzo, convocada por siete de las nueve federaciones sindicales del servicio público, confirmó el estado de descontento.

Paralelamente, la federación CGT de servicios públicos y la CGT de transporte pedían una huelga indefinida de recolectores de basura, planteando la cuestión de crear un servicio público real para la recolección y limpieza de basura, con la creación de un estatus particular y el reconocimiento de las condiciones de insalubridad en ese sector. En el sector energético, donde se anunció un calendario de huelgas similar al de ferroviarios, hay fuertes críticas a las consecuencias de la privatización. Todo esto debe analizarse en el contexto de la movilización persistente en los EHPAD (geriátricos). La tensión es, de hecho, creciente y palpable.

Pero toda esta bronca obrera, estudiantil y popular se choca a un gran obstáculo: la estrategia cobarde y corporativista de las direcciones oficiales del movimiento obrero y la continuación de la estrategia de diálogo dentro de los límites definidos por el Gobierno. Esta estrategia de presión de los sindicatos busca abrir una “verdadera concertación” con el capital y su estado, aun cuando este último se muestra inflexible. Esta estrategia es el subproducto de la creciente presión de la competencia a nivel europeo y mundial desde la crisis capitalista de 2008, así como de las derrotas frente a la reforma de pensiones de Sarkozy en 2010, la ley El Khomri en 2016 y las reforma laboral XXL en 2017.

En este contexto, mientras las direcciones más amarillas como la de la CFDT, se oponen a cualquier perspectiva de lucha, los dirigentes más críticos como los de la CGT o Solidaires, hechan la culpa de la derrota a la falta de movilización de los trabajadores, mientras continúan asistiendo a “mesas redondas” y otros espacios de “diálogo” con el gobierno. Ninguna de estas opciones proporciona una perspectiva frente al descontento y las tendencias de radicalización que se perciben en la base.

Así, Laurent Berger, Secretario General de la CFDT, criticando la convocatoria a una jornada de movilización interprofesional (de distintos sectores de trabajadores) para el 19 de abril lanzado por la CGT. “¿Cuál es el objetivo de Martínez [Secretario General de la CGT. NdE], Se pregunta Berger. ¿Derrocarlo a Macron? Es un callejón sin salida ¿Qué aporta eso a los trabajadores? La CGT cae en la trampa de la oposición frontal y al final, ya sabemos quien gana. La convergencia de las luchas es una pelea política. No le corresponde al sindicalismo librarla. Debemos librar una lucha sindical que dé resultados concretos a los trabajadores”.

Pero esa es justamente la perspectiva hacia la que habría que apuntar: una huelga general política que paralice el país y derrote toda la política del gobierno. Pero mientras Martínez dice que está dispuesto a impulsar la convergencia de las luchas (en 2016 incluso amenazaba con convocar a una huelga general), por detrás trabaja con un programa puramente reivindicativo y parcial que no puede despertar el entusiasmo del conjunto del movimiento obrero.

En 2016, en contra de la Ley El Khomri, así como en 2017, en contra de la reforma laboral XXL, la CGT siempre se ha negado a defender un programa que partiendo del retiro de la contrarreforma se plantee también la lucha contra las condiciones de trabajo, la precarización y el desempleo, que permita desatar la energía y la combatividad de los sectores más precarios o empobrecidos del proletariado, como los jóvenes que viven en barrios precarios, universitarios y secundarios. Mientras que hoy la CGT se ve obligada a hablar sobre el poder adquisitivo, el empleo, los derechos colectivos, y los servicios públicos, se cuida como de la peste de no pedir la derogación de los decretos del gobierno, el retiro del plan de privatización de los ferrocarriles (que incluye la eliminación del convenio ferroviario), ni hablar de un claro llamado a una huelga interprofesional.

Del mismo modo, busca evitar el surgimiento de toda forma de autoorganización, en particular en la empresa estatal de ferrocarriles (SNCF), donde la táctica de la huelga de 2 de cada 5 días con un calendario preestablecido juega el papel de quitarle a las asambleas generales de su poder de decisión acerca de los ritmos de movilización, y donde se realizan asambleas de los miembros de la CGT, separadas del resto de los huelguistas, etc.

Así como en el pasado, en la actualidad no está escrito en ningún lado que los trabajadores no estén listos para una lucha dura o incluso una huelga general, como lo sugiere la dirección de la CGT, sino que nadie va a jugarse en una lucha hasta el final solamente por reivindicaciones inmediatas o parciales. Nadie se va a jugar si las direcciones no muestran una perspectiva, una determinación y una estrategia para ganar “contra Macron y su mundo”, y si encima la base no tiene ningún poder de decisión. Esto es, sin embargo, a lo que se opone radicalmente la dirección de la CGT, como si temiera desencadenar una lucha de carácter revolucionario como en 1936 o 1968. Por fin, nadie se va a jugar a una lucha hasta el final cuando los dirigentes sindicales, incluidos los de Sud Rail, continúan abonando el terreno del “diálogo” con el gobierno.

En la década de 1930, cuando los efectos de la Gran depresión se hicieron sentir en Francia y antes de la oleada de huelgas que condujo a ocupaciones de fábricas y al comienzo de un proceso revolucionario, León Trotsky criticó la lógica sindicalista y corporativista de la dirigencia del Partido Comunista Francés (PCF) y su programa de “demandas inmediatas”.

Al señalar los límites de esta orientación, Trotsky enfatizó cómo “La enunciación de las reivindicaciones inmediatas está hecha en forma muy general: defensa de los salarios, mejoramiento de los servicios sociales, convenios colectivos, “contra la carestía”, etc. No se dice una palabra sobre el carácter que puede y debe tomar la lucha por estas reivindicaciones en las condiciones de la crisis social actual. Sin embargo, todo obrero comprende que, con dos millones de desocupados y semiocupados, la lucha sindical por los convenios colectivos es una utopía. En las condiciones actuales, para obligar a los capitalistas a hacer concesiones serias es necesario quebrar su voluntad; y no se puede llegar a esto más que mediante una ofensiva revolucionaria. Pero una ofensiva revolucionaria que opone una clase contra otra no puede desarrollarse cínicamente bajo consignas económicas parciales. Se cae en un círculo vicioso Aquí está la principal causa del estancamiento del frente único. La tesis marxista general: las reformas sociales no son más que los subproductos de la lucha revolucionaria, en la época de la declinación capitalista tiene la importancia más candente e inmediata. Los capitalistas no pueden ceder algo a los obreros, más que cuando están amenazados por el peligro de perder todo. Pero incluso las mayores “concesiones” de las que es capaz el capitalismo contemporáneo (acorralado él mismo en un callejón sin salida) seguirán siendo absolutamente insignificantes en comparación con la miseria de las masas y la profundidad de la crisis social. He aquí por qué la más inmediata de todas las reivindicaciones debe ser reivindicar la expropiación de los capitalistas y la nacionalización (socialización) de los medios de producción. ¿Que esta reivindicación es irrealizable bajo la dominación de la burguesía? Evidentemente. Por eso es necesario conquistar el poder”. (Una vez más ¿adónde va Francia?)

También se puede subrayar cómo, cuando posa de combativa, la dirección actual de la CGT presenta excusas que no son nada nuevas. Trotsky respondió en el mismo texto a la dirección reformista del movimiento obrero en ese momento que “Los jefes del Partido Comunista pueden, por cierto, invocar el hecho de que las masas no atiendan a sus llamados. Ahora bien, este hecho no invalida, sino que confirma nuestro análisis. Las masas obreras comprenden lo que no comprenden los “jefes”: en las condiciones de una crisis social muy grave, una sola lucha económica parcial, que exige enormes esfuerzos y sacrificios, no puede arrojar resultados serios. Peor aún: puede debilitar y agotar al proletariado. Los obreros están dispuestos a participar en manifestaciones de lucha e incluso en la huelga general, pero no en pequeñas huelgas desgastadoras sin perspectiva. A pesar de los llamados, los manifiestos y los artículos de L ‘Humanité, los agitadores comunistas casi no se presentan ante las masas predicando huelgas en nombre de “reivindicaciones parciales inmediatas”. Sienten que los planes burocráticos de los jefes no corresponden para nada, ni a la situación objetiva ni al estado de ánimo de las masas. Sin grandes perspectivas, las masas no podrán ni comenzarán a luchar”.

Esta es una paradoja que encuentra su analogía en la situación actual. Mientras que el gobierno se impacienta y por abajo hay una tendencia creciente a la combatividad y a la radicalización de las masas, a la convergencia y la generalización de las luchas en vista de la huelga general, por arriba, las cúpulas sindicales siguen jugando el falso juego del diálogo. Esto no impide los llamados a acciones más "combativas", como la del 19 de abril, que básicamente buscan cubrir su falta de determinación y canalizar mejor a los sectores más combativos de su confederación.

Es en este sentido que, en su artículo titulado “Ataques a la SNCF: la oportunidad” publicado el 20 de marzo, Frédéric Lordon critica la "miseria del sindicalismo sindicalista" cuando señala cuáles son los límites de estas direcciones del movimiento obrero. "Pero decir que el mundo anda mal, incluso considerarlo odioso, implica una respuesta política real. Implica tomar las calles por una verdadera perspectiva política, y no por problemas de primas de almuerzo (…). Es bastante obvio que solo tendremos éxito si metemos a los trabajadores no ferroviarios en el conflicto de los ferroviarios. Es decir, con la condición de vincular a los trabajadores ferroviarios con el resto de los trabajadores y estudiantes, y que ese vínculo sea político... Ahora bien, uno no puede hacer el mismo sindicalismo en el 2018, tras diez años de crisis estructural mundial, que se hacía en la época del fordismo. He ahí un momento en el que el sindicalismo sindicalista se chocó con sus límites e incluso los superó. Si el sindicalismo sindicalista no puede hacer política, es decir, tener un discurso general, en el que cada las lucha particular pueda buscar un sentido de conjunto, no triunfará en ningún gran enfrentamiento, precisamente porque los grandes enfrentamientos conllevan cuestiones esencialmente políticas, si estas quedan encubiertas por las particularidades del frente atacado (en este caso, la SNCF)".

Incluso si lo hace a favor de otra variante del reformismo -la encarnada por la France Insoumise de Jean Luc Melenchón, con la marcha del 5 de mayo, que lejos de ser un día de huelga con un plan de lucha centralizado en la perspectiva de una huelga general para derrotar a Macron, es solo otro intento de diluir el movimiento obrero en "el pueblo"- la crítica de Lordon a los límites del sindicalismo tiene su parte de verdad. También tiene razón acerca la necesidad de incorporar un "discurso general", es decir, un programa que vaya más allá de las demandas mínimas o defensivas (y sin negar, como lo hace Lordon, el papel progresivo que estas juegan en una gran cantidad de conflictos) para despertar el entusiasmo de las capas más diversas de los explotados.

En un momento en que el programa de Macron, tanto frente a la SNCF como a otros "servicios públicos" (Seguridad Social, Educación Superior, Salud, pensiones, etc.), es la apertura a la competencia, la privatización, la búsqueda de rentabilidad, a costa de crear un servicio de dos niveles, uno para los ricos y los privilegiados, y el otro para la gran mayoría de la población explotada y oprimida, ¿Qué perspectiva más realista y unitaria si no la nacionalización-socialización de todos los servicios públicos y sectores estratégicos de la industria?

Frente al plan macroniano para la SNCF, que es el mismo que se ha implementado contra France Telecom o La Poste (Correos), un plan hecho para la destrucción masiva de las conquistas de los trabajadores al servicio de la reestructuración del capitalismo francés, ¿qué otro programa más realista que oponerse al Pacto ferroviario, a cualquier apertura a la competencia y el restablecimiento de un monopolio público de los ferrocarriles, en torno a una única red ferroviaria, a una única compañía, ya no controlada por los tecnócratas que son responsables de la deuda y los problemas actuales de la red, sino por los trabajadores y usuarios, los únicos realmente interesados en el desarrollo de un servicio público de calidad y accesible para todos, que respete los equilibrios ambientales y territoriales?

Del mismo modo, en el movimiento estudiantil, ¿cómo salir de la falsa polémica entre sorteo o selección de estudiantes a la entrada de la universidad si no es atacando los recortes presupuestarios que crearon esta situación e imponiendo inversiones masivas para la construcción de nuevas universidades de manera que se pueda mantener el derecho universal a la educación superior? Pero para eso hay que derogar la Ley sobre la responsabilidad de las universidades (LRU), que generó la desfinanciación actual y pone en manos de "expertos externos" de la clase dominante el control sobre las universidades. Junto a esa lucha hay que pelear por establecer un nuevo poder en la universidad, donde los estudiantes y el personal, tanto docente como no docente, decidan en igualdad de condiciones sobre el funcionamiento de la universidad, sus planes de estudio u objetivos de investigación, que deben estar puestas al servicio del bienestar de la mayoría explotada de la población y no de las ganancias capitalistas.

Obviamente que estos reclamos plantean cuestiones más generales, como la derogación de todas las medidas de subsidios y de reducción de impuestos a los empresarios para volver a invertir ese dinero en servicios públicos, y de manera global las decisiones económicas y la organización de la sociedad. Al mismo tiempo estas demandas también ayudan a romper las divisiones entre los trabajadores, y a tomar en cuenta los reclamos de amplias capas de nuestra clase como los habitantes de las regiones postergadas, donde no por casualidad más penetran las ideas del derechista Frente Nacional, o el conjunto de los sectores populares que están preocupados por el futuro de sus hijos. Es en ese sentido que este tipo de demanda conlleva la perspectiva de un movimiento que luche contra Macron, pero también contra “su mundo”, es decir, aquel donde uno tras otro gobiernan siempre los mismos parásitos capitalistas, y que abra la perspectiva de otra sociedad, organizada y planificada democráticamente por los trabajadores.

Algunos dirán que este programa no es "realista" porque no se corresponde con la relación de fuerzas y el nivel de conciencia de los trabajadores. Pero tanto la relación de fuerzas como la conciencia de los trabajadores son elementos dinámicos que se forjan a través de la lucha. Aquellos que antes mismo de empezar la batalla decretan los límites del movimiento no son más que profetas de la derrota. La lucha de clases se intensificará inexorablemente en el próximo período, queda por verse si serán el gobierno y los capitalistas porque los que la seguirán ganando o si el movimiento obrero podrá pasar suficientemente a la ofensiva como para hacerlos retroceder. El hecho de que milicias proto-fascistas estén atacando al movimiento estudiantil atestigua la naturaleza potencialmente convulsiva de la situación. Es la necesidad impuesta por la propia situación la que debe guiar la acción de las masas, y no los prejuicios conservadores de sus dirigentes sobre el estado de su "conciencia" o la "relación de fuerzas”.

Los trabajadores están cansados de movimientos que ya se anuncian perdedores antes de empezar, de huelgas parciales, que no hacen más que agotar las fuerzas de las capas más conscientes de los trabajadores. Pero su determinación es proporcional a los objetivos de la lucha, así como a su confianza en la capacidad de ganar, como hemos visto en movimientos parciales, como los trabajadores de limpieza de las estaciones de tren parisinas del grupo Onet, con su victoriosa huelga de 45 días, donde no solo lograron detener los ataques, sino también obtener nuevas conquistas, como la integración de todo el personal dentro del convenio colectivo de mantenimiento ferroviario.

El macronismo comienza a mostrar su fragilidad y demuestra que está lejos de ser invencible. La burguesía comienza a preocuparse. Eric Le Boucher, teme que "al no poder encontrar ‘la explicabilidad’ de su acción, Emmanuel Macron sufra duros reveses. Las huelgas comenzarán, aún si la mayoría de los franceses dicen que apoyan la reforma de la SNCF, estas implican riesgos para el gobierno. A esto agregue los temores de los empleados públicos, la bronca de los jubilados contra la pérdida de su poder adquisitivo y la irritación de los estudiantes por el proceso de selección en el ingreso a la universidad. Todo este descontento naturalmente se sumará”.

La posibilidad de que la batalla de los ferroviarios sea la chispa de un movimiento general de protesta contra Macron está latente. El resultado de esta primera batalla tendrá consecuencias tanto en la continuación de su mandato, como en la situación del movimiento obrero de conjunto. Una derrota del gobierno, que rompa el mito de su invencibilidad, puede abrir un escenario donde los trabajadores y jóvenes se pongan a la contraofensiva en todos los terrenos. No hay tiempo que perder, la clase trabajadora y los jóvenes necesitan una estrategia y un programa para ganar.

09/04/2018.







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