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López Obrador, ¿nueva esperanza para la izquierda latinoamericana?

En medio de la crisis de gobiernos del progresismo latinoamericano, algunos analistas ven en López Obrador una esperanza para la “izquierda latinoamericana”. Ilusión y realidad.

Bárbara Funes

México D.F |

Domingo 1ro de julio | 11:33

Prácticamente en la víspera de las elecciones diez líderes políticos de países como Argentina, Colombia, Chile, Ecuador, España y Francia le expresaron su apoyo vía Twitter. Entre ellos, la ex mandataria argentina Cristina Fernández, el ex presidente ecuatoriano Rafael Correa y el ex mandatario de Colombia Ernesto Samper.

Por su parte, la prensa internacional y la mexicana se refieren a López Obrador, candidato presidencial de la coalición Juntos Haremos Historia -integrada por los partidos Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), Encuentro Social (PES, derecha cristiana) y del Trabajo (PT)-, y con posibilidades de llegar a la presidencia, como “de izquierda”.

Lo presentan como un renacer de la “izquierda latinoamericana” tras la declinación y crisis de los gobiernos progresistas: el triunfo hace un par de años de Mauricio Macri en Argentina, luego del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, el golpe institucional contra Dilma Rousseff en Brasil, encabezado por Michel Temer, el alejamiento entre Correa y Moreno en Ecuador, y la victoria de Iván Duque en las elecciones presidenciales de Colombia. Toman nota de la profundidad de la crisis venezolana con Nicolás Maduro en el poder y omiten la mención de Daniel Ortega, el líder histórico sandinista que gobierna Nicaragua y busca ahogar en sangre las protestas que exigen su renuncia y el alto a la represión.

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A su vez, Gustavo Petro, exmilitante del M-19 y candidato presidencial de Colombia Humana, quien perdió ante Iván Duque en segunda vuelta, en una entrevista con el semanario mexicano Proceso se refirió a él mismo y López Obrador como los representantes del progresismo latinoamericano.

“Esta corriente progresista”, declaró, “viene en ascenso en México, con López Obrador; en Colombia, con el movimiento Colombia Humana (que lo postula a la Presidencia), y en países como Perú, con Verónika Mendoza (excandidata presidencial y líder de Nuevo Perú) y Brasil (donde el exmandatario socialista Lula da Silva encabeza los sondeos, pese a estar detenido acusado de corrupción)”.

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No obstante, claramente es otro el contexto internacional en el que López Obrador se ha fortalecido. En la actualidad, la crisis de la globalización –la gran empresa neoliberal– evidencia los límites del actual modelo de acumulación capitalista, y no se han recuperado los precios de las materias primas –impulsoras de cierto crecimiento económico en el periodo anterior–, principales productos de exportación de gran parte de América Latina.

El periodo de emergencia de los llamados gobiernos posneoliberales se basó en ese momento económico para otorgar ciertas concesiones; el agotamiento del mismo impulsó a esos gobiernos –que nunca pusieron en cuestión ni las bases capitalistas ni la dominación imperialista sobre los resortes fundamentales de las economías nacionales– a atacar determinadas conquistas del movimiento de masas, precediendo así las actuales políticas de varios gobiernos derechistas en esos países.

El actual momento económico internacional abierto por la crisis de 2008 se caracteriza por la contradicción entre el libre comercio que promueven las trasnacionales y las tendencias proteccionistas, cuya máxima expresión es la administración Trump en Estados Unidos, que con el establecimiento de aranceles y duras exigencias en las renegociaciones del Tratado de Libre Comercio de las Américas ha provocado tensiones e incertidumbre tanto en los gobiernos de México y Canadá como con China y la Unión Europea.

En ese contexto, las condiciones que aprovecharon los gobiernos posneoliberales ya no están presentes; los márgenes económicos y sociales que tendrá una posible administración lopezobradorista son mucho más acotados.

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Los límites del progresismo de López Obrador

En ese contexto, hay que considerar el programa económico y político de AMLO que –y en eso sí cabe la comparación con los “progresismos” de la región– no busca atacar las bases estructurales sobre las que se asienta la explotación y opresión de las grandes mayorías.

El ascenso electoral de Morena se basa en que atrajo el apoyo de millones de trabajadores y jóvenes que le han dado la espalda a los partidos burgueses tradicionales, en particular desde los hechos de Ayotzinapa y las movilizaciones multitudinarias que entonces surgieron, como explicamos acá.

Sin embargo, las promesas de Andrés Manuel López Obrador se centran en el combate contra la corrupción, a la que contrapone una gestión honesta, y políticas asistencialistas, como becas para estudiantes y duplicar las ayudas a los adultos mayores.

El punto crítico de su discurso anticorrupción es que su partido, el Movimiento Regeneración Nacional (Morena) se ha transformado en el barco de salvación de numerosas figuras de los partidos patronales tradicionales, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN), así como el del Partido de la Revolución Democrática (PRD), que ocupaba el espacio de la centroizquierda hasta el 2014, y entró en una crisis sin fin con la masacre de Iguala y la desaparición de los 43, en el estado sureño de Guerrero, que era gobernado por Ángel Aguirre, un hombre del PRD.

A su vez, López Obrador afirma que con el ahorro de impedir prácticas corruptas y el recorte parcial de salarios, bonos y seguros médicos a los altos funcionarios tendrá el dinero para esas becas y pensiones, pero no hay medidas más concretas que efectivamente impliquen un mayor nivel de recursos fiscales, como el no pago de la deuda externa o impuestos progresivos a las grandes fortunas como la de Carlos Slim.

Respecto a la reforma educativa, diseñada por organismos internacionales como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) –que se enfocó en la precarización laboral de las y los maestros a partir de la imposición de una evaluación punitiva que nada tiene que ver con la pedagogía, mientras que en el terreno educativo apunta al adelgazamiento de los ya pobres programas de estudio, para formar a las nuevas generaciones como una dócil mano de obra– afirmó que la derogará.

Aunque el candidato no cuestiona la subordinación de las políticas educativas a los organismos internacionales, este punto de su programa electoral le atrajo la simpatía del magisterio, cuya vanguardia ha enfrentado la aplicación de esta reforma en las calles, en 2013 y 2016.

En cuanto a la reforma energética –creada en las oficinas de Hillary Clinton cuando ésta era secretaria de Estado de la administración Obama–, el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia planteó que se revisarán los contratos y se revocarán aquellos en los que se detecten irregularidades. Pero ha estado muy lejos de cuestionar la entrega de un recurso estratégico como es el petróleo a las trasnacionales.

Párrafo aparte merece la cuestión migratoria y la relación con Estados Unidos. En el marco de la actual crisis migratoria –con la separación de familias y detención de niños migrantes– sigue afirmando “No le faltaremos el respeto al gobierno de Estados Unidos porque no queremos que nadie ofenda a nuestro pueblo, ni a la nación mexicana”, como afirmó en el discurso de cierre de su campaña electoral.

“En la relación con EEUU habrá disposición para dialogar y llegar al acuerdo. En su momento le plantearemos a Trump un tratado amplio con Canadá, que incluya también a los países centroamericanos” insistió y a continuación afirmó “México nunca será piñata de ningún gobierno extranjero”. Un discurso contradictorio pero a la vez moderado, sobre todo teniendo en cuenta que no se ha pronunciado sobre la dura política migratoria de México –dictada desde Washington– contra los inmigrantes centroamericanos, que impide y persigue el peso por el territorio nacional de los migrantes centroamericanos –quienes huyen de la pobreza y la violencia que reina en sus países de origen- y rechaza su asilo.

Cabe destacar también sus acercamientos a los empresarios, así como su posición a favor de mantener el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en los términos que está planteado, que ha implicado una profunda degradación de las condiciones laborales para la clase trabajadora de los tres países socios para garantizar multimillonarias ganancias a las trasnacionales. Nada que sorprenda, pues en varias oportunidades planteó que busca gobernar para “los ricos y los pobres”, una enunciación sencilla para desplegar una política de conciliación entre las clases cuyos intereses son opuestos entre sí.

Otro elemento crítico es su posición conservadora ante derechos democráticos como la legalización de las drogas, el matrimonio igualitario y el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, frente a los cuales plantea que deben ir a consulta popular. Y este conservadurismo no es casualidad: para ganar peso electoral en los estados del norte se alió con el Partido Encuentro Social (PES), de la derecha cristiana, impulsor del Frente Nacional por la Familia, que ha llevado a cabo movilizaciones contra el matrimonio igualitario y contra los derechos de las mujeres.

López Obrador en el contexto internacional

Es una lectura equivocada y a la vez interesada plantear que López Obrador representa a la “izquierda” mexicana. Se basa en el apoyo electoral de amplios sectores populares que lo ven como una alternativa, pero representa a un nuevo partido burgués, que ocupa ahora el espacio de la centroizquierda moderada y que pretende llegar al gobierno, con una retórica de tintes reformistas alentada por los brutales ataques de Trump.

Es difícil imaginar que el posible triunfo de López Obrador abone al agrupamiento de lo que la prensa internacional erróneamente llama la “izquierda latinoamericana”.

Por el momento, la moderación de AMLO lo ha llevado incluso a evitar toda referencia a experiencias previas (en particular para evitar ser “estigmatizado” como un nuevo Chávez), y más bien su discurso y el de sus intelectuales se ha centrado en las políticas internas, y vuelve el rostro a Estados Unidos sólo obligado por las circunstancias. De los líderes internacionales “progresistas”, con el único que ha tenido cierto acercamiento fue con el líder del laborismo Jeremy Corbyn.

Sin embargo, de acuerdo con la dinámica que tomen los acontecimientos en la región puede ser un punto de referencia política e ideológica, ante lo cual es fundamental considerar el verdadero carácter de su programa económico, político y social.

Lo innegable es que el ascenso de López Obrador se debe en gran medida al hartazgo de las mayorías de los partidos patronales tradicionales que dominaron la escena política mexicana por décadas. Y al mismo tiempo, el candidato favorito actúa como contención de ese hartazgo en los límites del actual statu quo, y ha desviado las tendencias a que el descontento se exprese en las calles.

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