Política

IGLESIA Y DICTADURA

Los archivos que esconden las sotanas

En cada nuevo juicio contra militares o civiles por los crímenes cometidos durante la última dictadura la historia se repite. Inevitablemente las víctimas y los testigos identifican como parte de la maquinaria genocida a obispos, capellanes y párrocos.

Daniel Satur

@saturnetroc

Miércoles 24 de septiembre de 2014 | Edición del día

A veces los hombres de sotana son mencionados como meros traficantes de información. Muchas otras como cómplices directos y hasta partícipes de desapariciones y torturas.

Como relató en detalle Estela de La Cuadra a La Izquierda Diario, hasta el mismo Papa Francisco encubrió y sigue encubriendo a responsables de desapariciones y del robo de bebés.

Pero más allá de los nombres y los hombres, lo que la historia se empecina en sacar a la luz es la estrecha relación entre la Iglesia Católica Argentina y el genocidio que dejó un saldo de 30 mil personas desaparecidas y la apropiación de 500 niños y niñas. Una relación que esa misma institución milenaria mantiene silenciada hasta hoy y que bien podría develarse en toda su magnitud si se abrieran los archivos que siguen guardados bajo siete llaves en las sedes eclesiásticas.

El obispo quemado

Esta semana se conoció que el fiscal Federico Delgado le pidió al juez federal Julián Ercolini que cite a declaración indagatoria a Emilio Grasselli, quien fuera secretario del Vicariato Castrense y a su vez capellán del Ejército en tiempos de Videla y Massera. De darse curso al pedido, ésta sería la primera vez que Graselli declararía como imputado y no como mero testigo en causas en las que se investigan los crímenes de la dictadura.

Pero desde hace décadas Graselli es mencionado por familiares y víctimas como uno de los máximos cómplices católicos del genocidio. De hecho, el pedido de Delgado se basa en informes profusamente documentados en los que el mismo Graselli reconoce que entre 1976 y 1980 atendió unos 2.500 pedidos de familiares de personas desaparecidas para que la Iglesia mediara ante el gobierno militar en pos de dar con el paradero de sus seres queridos.

Esos pedidos, realizados en entrevistas personales que el mismo secretario del vicariato mantenía con los familiares, terminaron conformando un abultado “fichero” que Graselli tuvo durante años en su poder. Demás está decir que esos pedidos desesperados nunca obtuvieron respuesta favorable. Por el contrario, los hombres y mujeres del fichero de Graselli nunca aparecieron y sus familiares siguen reclamando verdad y justicia.

Lo que no dijo en todos estos años el actual cura de la Parroquia de Nuestra Señora de Luján (ubicada en la porteña avenida Cabildo 425) es qué hizo durante esos años con toda la información que le era brindada por personas desesperadas y confiadas en “buenos oficios” de los representantes de Dios en la tierra. A los 83 años tal vez todavía confíe en que tiene de su lado a la Justicia Divina y no deba responder ninguno de sus horrorosos secretos a ningún mortal.

El Papa salvado

Monseñor Graselli no tuvo la misma suerte de Monseñor Bergoglio. Pese a la excelente relación que los unió durante años (en 2001 el entonces arzobispo de Buenos Aires puso a Graselli al frente de la parroquia castrense de Palermo en la que hoy sigue dando misa) el recorrido de ambos tuvo direcciones diferentes.

Hasta antes de ser ungido Papa, Jorge Bergoglio debió enfrentarse, sin quererlo, a su pasado. No sólo la carta que le enviara en 1977 a Monseñor Picchi lo involucra como testigo directo de desapariciones y robos de bebés, sino que miembros de su propia comunidad religiosa lo señalaron como responsable de haberlos entregado a los genocidas. Pero la bendición del Vaticano lo rescató y Bergoglio parece que ya nunca deberá dar cuenta de lo que sabe.

Dos veces Bergoglio tuvo que comparecer ante la Justicia para atestiguar por crímenes de lesa humanidad. La primera fue en noviembre de 2010, en el marco del juicio por la megacausa ESMA y por las desapariciones de los curas jesuitas Francisco Jalics y Orlando Yorio. La segunda fue en junio de 2011 en un juicio por el plan sistemático de apropiación de bebés.

Ante ambas citaciones, el entonces cardenal primado de la Argentina hizo uso de un privilegio exclusivo de unas pocas personas. Amparado en el artículo 250 del Código Procesal Penal, como “alto dignatario de la Iglesia” Bergoglio solicitó atestiguar por escrito, para lo cual se le debían enviar las preguntas de forma anticipada. Así evitaría enfrentarse a querellantes y abogados dispuestos a indagar más allá de lo preestablecido.

Sin embargo la presión de las querellas obligó a los jueces del primero de los procesos a montar una sala de audiencias en las propias oficinas del Arzobispado de Buenos Aires. El Código permite que el privilegiado no concurra al juzgado, pero también habilita a que dé testimonio en su lugar de pertenencia. Así, aunque no lo haya querido, debió recibir en la propia Catedral Metropolitana a jueces, fiscales y querellas para hablar de lo que no quería.

Como lo explicaron entonces Myriam Bregman y Luis Zamora, abogados de las querellas que participaron de esa audiencia, Bergoglio aprovechó la situación para no dar más que respuestas evasivas y vaguedades. “Cuando alguien es reticente está mintiendo, está ocultando parte de la verdad”, concluyó Zamora. “De aquella audiencia salimos todos muy consternados (…) Nuestra sensación fue que Bergoglio no era un ‘igual’ que estaba declarando como un testigo que quería colaborar”, completó Bregman.

¿Y los archivos?

Meses después de aquella extraña audiencia judicial, que hasta contó con la Virgen María como “custodia” del cardenal, concluía uno de los juicios por crímenes en la ESMA. Allí la querella de ex detenidos-desaparecidos declaró que la de Bergoglio “fue unas de las testimoniales más difíciles que tuvimos que afrontar, sin duda. Decenas de referencias hechas a medias que demostraban un gran conocimiento sobre hechos que aquí se investigan pero también una gran reticencia a brindar toda la información. Jorge Bergoglio habló de archivos, valiosa información que esperamos que pronto se dé a la luz. Asimismo, mencionó que él tenía conocimiento que al momento de liberar a los sacerdotes Jalics y Yorio quedaban personas detenidas en la ESMA.”

De aquel juicio varios militares salieron condenados. Pero los meses pasaron y los archivos de los que había hablado Bergoglio nunca se dieron a conocer. Luego vendría la renuncia de Ratzinger al trono del Vaticano, la elección de Bergoglio como sumo pontífice y la consagración del catolicismo argentino como “faro” de la feligresía mundial. Y los archivos siguen bien guardados.

Probablemente Bergoglio nunca más sea llamado a declarar por lo que sabe. Y probablemente Graselli siga diciendo que él reza todos los días por las víctimas que no pudo ayudar a rescatar. Pero es en los cajones del Episcopado, del Vicariato y de las diferentes curias del país donde sigue guardada infinidad de documentos a los que víctimas y familiares esperan algún día acceder.

Archivos que no quieren ser abiertos. Ni por la jerarquía de la Iglesia ni por muchos de sus fieles con poder.







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