Política

TRIBUNA ABIERTA

Masacre de Rincón Bomba: la huella del genocidio

Este 10 de octubre se cumplieron 70 años de la masacre sufrida por el Pueblo Pilagá a manos de la Gendarmería Nacional por orden del Ejecutivo. Desde el 2005 la Federación de comunidades del Pueblo Pilagá, la organización que nuclea al grueso de las comunidades, mantiene un juicio contra el Estado Nacional en la búsqueda de Memoria Verdad y Justicia.

Miércoles 11 de octubre | 18:15

El paso le cansa los pies a un murmullo que de lejos camina el silencio. La tierra le disputa la dureza a unas manos hacheras amasadas por el monte. Es 10 de octubre del 2017 y llegan los ancianos, los hombres y mujeres del pueblo Pilagá, al territorio recuperado de Oñedié para conmemorar el 70 aniversario del Genocidio de La Bomba. El polvo y el humo de fuegos lejanos bailan en una extraña danza que evoca al pasado.

Es 1947: el codo borra con balas lo que rezaban los labios flácidos de la justicia social, la promesa vana de reforma agraria y la participación política de los oprimidos. Es octubre y desde el Ejecutivo Nacional partía la orden y el avión que se transformaría en balas de Gendarmería Nacional y bombardeos aéreos a los cientos de pilagás que se encontraban en el Paraje de La Bomba en el marco de una reafirmación política, religiosa y territorial.

Mientras tanto, los fantasmas del malón agitados por la prensa local le servían la mesa a la Gendarmería.

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El humo se disipa y el paso de los pocos ancianos que quedan se vuelve monótono y persistente. Dicen los viejos que no puede morir aquel que la palabra lo alcanza y ofrecen así su nombre y su memoria a los nuevos niños, para empatarle a la herencia del olvido estatal.

Es 2017, es agosto y el mismo uniforme que no puede disimular sus manchas ni sus mañas recibe la orden. Santiago Maldonado desaparece en las inmediaciones de Cushamen mientras los fantasmas del malón reviven en la voz aggionarda de los medios locales y nacionales. Luego, circo mediático mediante, intentará limpiar torpemente las huellas de su crueldad histórica.

Sus predecesores del 47, en las inmediaciones de la Ciudad de Las Lomitas, Formosa, tumbaron, luego de la masacre, todos los árboles que recordaban en su corteza los signos del de la balacera, quemaron y enterraron cuerpos en fosas comunes, silenciaron y exiliaron a los sobrevivientes en reducciones indígenas con el signo distintivo del trabajo esclavo y las imposiciones religiosas. La propia Gendarmería Nacional editó, años después de la masacre de la Bomba, una “historia oficial” donde “un gendarme suelto, un loco se apresuró a disparar, desatando el enfrentamiento”, diluyendo así con esta maniobra la responsabilidad política del peronismo y de la Gendarmería Nacional.

Con los vientos del aniversario de los 500 años de la conquista de América pisándole los talones y la oleada revisionista de los movimientos indigenistas, se dispusieron a multiplicar ese relato oficial con la inconmensurable ayuda de un peronismo que se reciclaba barriendo bajo la alfombra los muertos de ayer.

Pero el paso persistente resuena sobre la tierra como una obstinada lluvia. Más temprano que tarde, la marea de la memoria arrastra a las orillas de los pueblos a los caídos que nunca se fueron, que nunca se dejaron de nombrar y se conquistará por fin una justicia que reparará, sanará algunas heridas y reconocerá el genocidio; pero llegará también esa otra Justicia, la de las mayúsculas, la que construyen las masas obreras, campesinas e indígenas para cambiarlo todo.






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