Cultura

LITERATURA

No es un río: la literatura entrerriana de Almada que rompe los cauces regionales

Opinión sobre No es un río, la novela de Selva Almada que cierra su trilogía de varones.

Miércoles 20 de enero | 14:56

No es un río es la última novela de la trilogía de varones de Selva Almada, trilogía compuesta también con El viento que arrasa y Los ladrilleros. En esta obra, temas como la amistad y el afecto familiar fluyen con la naturalidad del dialecto del litoral entrerriano.

Como novela de varones, inicia con la pesca, actividad predominantemente masculina en la mayoría de las regiones del mundo y en “la isla”. Esta escena inaugural capta roles y personalidades: Enero Rey, dirige la pesca; El Negro media con su enrollo y desenrollo de la tanza; Tilo, “el muchachito”, aprende esta práctica que pasa entre los hombres de generación en generación; el río planchado intercede silenciosamente por la vida de la raya, y el calor de la isla adoba a los pescadores para probarlos.

El Negro es “cincuentón como Enero”, es su par, pero no pugna por dirigir. Enero Rey sí. Enero es como el calor de la isla, quiere marcar intensamente su presencia -con tres tiros si se engolosina-. Enero es fuego introspectivo, tal vez, por la paradoja de llamarse así y nunca haber podido aventajar a Eusebio en nada. Fuego introspectivo que a veces sale al exterior en agresividad y falta de honestidad.

Estas partes oscuras de Enero parecen ser las lamentadas por su madre, quien nota que no es el mismo desde su ingreso a la policía. Él mismo percibe su transformación, al sentirse “menos ajeno” “adentro del uniforme” que con sus amigos y su madre.

La historia de tres amigos que pescan es el cauce de viajes retrospectivos de la memoria. En todas las historias hay una regla: el amor en sus distintos géneros se trunca. Lo trunca la falta de agudeza de los personajes para leer la trascendencia de las situaciones y de sus acciones.

La agresividad hacia la naturaleza de los tres amigos que van a la isla a pescar contrasta con la compenetración que los isleños tienen con ella. A su vez, esa agresividad de foráneo grafica la tosquedad que imposibilita a todos los personajes leer la naturaleza del otro, ya sea este “otro” la raya, las mujeres o las hijas.

Aguirre, en todas sus facetas, es la excepción y antítesis de Enero. Por eso es determinante donde aparezca -no se engolosina, es preciso: con un tiro es suficiente para él-. Al ser una antítesis varonil, expresa la competencia masculina, la cual se resuelve entre corporaciones de hombres.

Sobresale el estilo particular de la oralidad local del narrador y de los personajes. Se destaca el empleo de expresiones coloquiales y guaraníes (gurises, guazuncho, camatí, irupés, entre otras). En la descripción vívida del monte, al que ingresa el Negro, quien intuye su carácter sacro (“Anda cauteloso el Negro, con respeto, como entrando a la iglesia”), el guaraní cumple una doble función espontáneamente. Los nombres guaraníes de su flora, por un lado, expresan su carácter autóctono presente. Por otro lado, confirmando su carácter histórico sagrado, remiten implícitamente a la mitología originaria: el árbol curupí también evoca a la criatura legendaria del mismo nombre, y el árbol timbó, a su leyenda.

Asimismo, las voces componen una melodía que concentra poéticamente imágenes de la naturaleza de la isla y de su humanidad. La raya como novia o la tanza como hilo de luz son figuras literarias totalmente en consonancia con el dialecto isleño de la novela.

Donde la concentración poética tiende a desvanecerse -en el relato de anécdotas- es la oralidad la que mantiene la ilación de las formas. La oralidad palidece solo en algunas pocas expresiones o comentarios explicativos. Es el caso en el que Tilo grita “¡Qué hacés, asoleado!” en vez de “asoleao” o “asoleau” como es frecuente oír; o cuando Eusebio dice “de en serio” en vez de "den serio” como se pronuncia coloquialmente o “de enserio” como es escrito en la informalidad. Pero ninguno de estos detalles quita la armonía con la que fluyen las historias.

Como novela de varones, los personajes femeninos se perciben desde su mirada, nada uniforme. Sus caracterizaciones se simplifican o complejizan según el vínculo afectivo. Siomara se destaca. También una mujer de fuego, de un fuego que encendió la violencia de una isla con pobladores extremadamente pobres y machistas. Un fuego que la consume hasta la locura, o quizás no.

La ambigüedad en los elementos fantásticos y las anacronías siembran expectativas que logran un final realmente sorpresivo. De conjunto, se configura un paisaje donde el lector puede extraviarse como si estuviera en el mismo monte “vivo” penetrado por el Negro.







Temas relacionados

Reseñas   /    Opinión   /    Crítica de libros   /    Literatura argentina   /    Selva Almada   /    Jujuy   /    Literatura   /    Cultura

Comentarios

DEJAR COMENTARIO