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Primarias en EE. UU.: entre el fin del sueño americano y la popularidad del socialismo

Claudia Cinatti

EE.UU.

Primarias en EE. UU.: entre el fin del sueño americano y la popularidad del socialismo

Claudia Cinatti

Las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos serán decisivas en más de un sentido. Desde el punto de vista global, definirán en gran medida la orientación del capitalismo mundial: si hay un segundo mandato de Donald Trump y por lo tanto se esperan otros cuatro años de “America First” reforzado –guerras comerciales incluidas– en una situación ya cargada de tensiones geopolíticas e incertidumbre económica. O si hay alguna expectativa para el mundo burgués neoliberal de restaurar, aunque sea parcialmente, un liderazgo norteamericano más “hegemónico”, a condición de que el establishment demócrata termine imponiendo a Joe Biden sobre Bernie Sanders y logre unificar al partido detrás del objetivo de derrotar a Trump.

Hasta la llegada del coronavirus a Estados Unidos Trump tenía altas chances de conseguir la reelección: los buenos números de la economía lo seguían favoreciendo, a pesar de que ya se vienen anunciando tendencias recesivas; salió airoso del proceso fallido de impeachment, donde exhibió un apoyo sin fisuras del partido republicano y del núcleo duro de su base electoral.

El presidente está cómodo, plebiscitándose en las primarias republicanas que este año son un trámite, mientras la primaria demócrata venía siendo un caos. Trump espera a su rival para definir el perfil de la campaña que pondrá el eje en denunciar al “socialismo” como ya adelantó en el discurso del Estado de la Unión si tuviera que enfrentar a Sanders. O si el candidato es Biden, en la denuncia de la corrupción del “establishment” usando el affaire Ucrania en el que está implicado el hijo de Biden, como hizo en 2016 con el escándalo de los emails personales de Hillary Clinton. Además, obviamente, de cuestionar la lucidez mental de “Sleepy Joe” que ha mostrado estar bastante confundido en los debates y actos de campaña.

Sin embargo, hasta noviembre falta un mundo. Y un “cisne negro” –como una escalada en el Medio Oriente, o una expansión no controlada del coronavirus– podría cambiar drásticamente las coordenadas políticas, por ejemplo, precipitando una recesión que ya se vislumbra en varios análisis económicos. Por lo tanto el escenario sigue abierto.

El establishment y la resurrección de Biden

Es casi inevitable experimentar una suerte de déjà vu en espejo de las elecciones de 2016: si hace cuatro años la sorpresa la dio por derecha Donald Trump, y el principal campo de batalla era el partido republicano –Sanders enfrentó a Hillary Clinton pero no hizo peligrar su nominación–, hoy el centro de gravedad de la crisis de la política burguesa se desplazó hacia el partido demócrata, donde a través de la fractura entre el ala del “establishment” y el ala radical “socialista” se expresan las tendencias a la polarización política y la crisis de hegemonía de la clase dominante, que con variada intensidad puso de relieve la crisis capitalista de 2008.

Por esto mismo, las primarias demócratas siguen estando en el centro del escenario electoral. Y es por donde pasan hoy gran parte de las definiciones políticas que terminarán configurando la verdadera disputa por la Casa Blanca el próximo noviembre.

En la carrera a la nominación en la convención demócrata de julio en Milwaukee hay un antes y un después del 3 de marzo en el que se realizaron primarias en 14 estados, nacionalizando de hecho la elección. Si bien el llamado “supermartes” no liquidó definitivamente la competencia, reconfiguró de manera drástica el escenario electoral, que pasó de estar dominado por la fragmentación del bando moderado y el ascenso sostenido del “socialista democrático” Bernie Sanders a tener a Joe Biden como favorito.

Biden que venía en el pelotón de los perdedores casi sin esperanzas dio el batacazo. Primero en Carolina del Sur –un estado donde tiene peso el electorado afroamericano que vota tradicionalmente al partido demócrata. Y luego en el supermartes, donde ganó 10 de las 14 primarias que se disputaron.

Si bien abundaron las metáforas bíblicas para explicar este giro brusco, la resurrección de Biden, a diferencia de la de Lázaro, no es ningún milagro sino el resultado de una operación política del aparato partidario.

El artífice de este giro en la estrategia electoral es nada menos que el expresidente Barack Obama que de manera discreta pero efectiva puso su popularidad –y la nostalgia que algunos tienen de sus presidencias– al servicio de disciplinar las múltiples burocracias políticas y de los movimientos sociales que orbitan en torno al ala centro –como los líderes afroamericanos– y alinear el frente “anti Sanders”.

Más allá de la intensa campaña de los medios corporativos que promueven el “Joementum” como una tendencia irreversible y agitan contra los “extremos”, Biden aún no tiene una ventaja decisiva en cantidad de delegados para quedarse con la nominación. Supera a Sanders por algo más de 50 delegados, cuando en 2016, a esta misma altura de la carrera, Hillary Clinton le había sacado a Sanders unos 200 delegados de diferencia. Por otra parte, las primarias en algunos “swing states” como Michigan, que fueron claves en el triunfo de Trump, pondrán a prueba el argumento de la “electabilidad” que usa Biden y el establishment en contra de Sanders. Hasta ahora, las encuestas indican que el senador por Vermont tiene altas probabilidades de disputarle con éxito a Trump el voto de sectores de la vieja clase obrera industrial.

Sin embargo, el “efecto retorno” de Biden tuvo su eficacia. Cortó el impulso de Sanders y cambió el clima político. Y de discutir la “revolución política”, el “socialismo democrático”y el “Medicare para todos” (es decir un sistema de salud público y universal) la agenda viró hacia la necesidad de la “moderación” y la “restauración” del statu quo pre Trump.

Por ahora, también trabaja a favor de Biden el hecho de que los tres candidatos moderados que se retiraron –Pete Buttigieg, Amy Klobuchar y Mike Bloomberg– ya le dieron su apoyo, mientras que Elizabeth Warren –que disputaba el voto “radical”– no hizo lo propio con Sanders. Está atrapada en el mismo dilema que hizo fallida su campaña: elegir entre el establishment demócrata, al que de hecho pertenece aunque represente su ala izquierda, o sumarse al sector “insurgente” y jugarse en gran medida su carrera política. Muchos analistas especulan con que mantendrá la indefinición hasta la convención de julio.

No solo la elite política demócrata, sino también las corporaciones y Wall Street celebraron la resurrección de Biden con generosos aportes a su campaña canalizados a través de los llamados “Super Pacs”. Aunque hicieron grandes ganancias sectores de la gran burguesía no se sienten cómodos con las guerras comerciales y el estilo polarizador (y proteccionista) de Trump y preferirían que sea un presidente de un solo mandato. Y decidieron que Biden es su candidato para tratar de lograrlo.

Esto es posible porque, como explica Kim Moody en una nota reciente, el partido demócrata es una maquinaria electoral, sin militancia –salvo el registro electoral para votar– que responde a sus aportantes que son los que en última instancia seleccionan el personal político.

¿A qué le teme el establishment?

El aparato demócrata y sectores concentrados de la burguesía imperialista, lo que incluye los grandes medios, harán todo lo que esté a su alcance para impedir que Sanders consiga la nominación.

A su vez, Sanders hará todo lo posible para contener a su base dentro del partido demócrata. Ya hace guiños hacia el establishment, reivindicando la herencia de Obama y ha anunciado que, como en 2016, votará por Biden si llegara a ser el candidato nominado. Esta potencia de cooptación histórica del partido demócrata se ha engullido también al Democratic Socialist of America (DSA), que de ser un intento de construir un partido de izquierda “socialista” se ha transformado en una colectora demócrata y ha comprado el argumento del “mal menor” de mantener la unidad contra Trump.

El problema para la clase dominante no es Sanders –que como definen con objetividad los analistas políticos es simplemente un socialdemócrata que ni siquiera se plantea fundar un “tercer partido”– sino que su campaña expresa un giro a izquierda de una pluralidad de sectores que incluye a los jóvenes menores de 45 años, estudiantes, trabajadores sobre todo de bajos ingresos y poca calificación, latinos, mujeres y movimiento LGTBI, que adhiere entusiasta a una idea vaga de “socialismo” aunque sea bajo la forma de una redistribución radical, que a diferencia del progresismo liberal de centroizquierda, cuestiona al capitalismo.

Este es quizás el fenómeno político más visible de los cambios que vienen ocurriendo en los últimos años. Según un informe del Bureau of Labor Statistics (BLS) la lucha de clases está en su nivel más alto en décadas. Según esta agencia oficial, durante 2019 425.000 trabajadores participaron en huelgas, una gran mayoría en el sector de la educación (docentes de Chicago, etc.) aunque la huelga más prolongada, con mayor días caídos del año pasado fue la de General Motors, que involucró a 46.000 trabajadores.

A pesar de la brutal política antisindical de las patronales y de la complicidad de la burocracia sindical, los trabajadores de Walmart, McDonalds y otras cadenas de comidas rápidas se han organizado en sindicatos informales. Estas organizaciones, como United for Respect (conocidas como “Alt labor”) han sido capaces de paralizar establecimientos y arrancar concesiones.

La popularidad persistente del “socialismo” en el corazón del imperialismo mundial, sobre todo entre los jóvenes de 18 a 34 años, tiene una base material concreta. Después de una década de crecimiento económico sostenido y de una tasa de desempleo de 3,5% –la más baja en décadas– según un estudio de Brookings Institution, 44 % de los trabajadores cobran salarios bajos que no les alcanza para vivir, y deben endeudarse para pagar la educación de sus hijos. Unos 14 millones no tienen ningún tipo de cobertura de salud, y los que tienen algún seguro, pagan cada vez más por un servicio deficiente. Ante la amenaza de brote de coronavirus, el diario Washington Post alertaba que 1 de cada 4 trabajadores no tiene licencia por enfermedad paga, es decir, que debe elegir morirse de hambre en su casa o ir a trabajar enfermo, aumentando exponencialmente el riesgo de contagio.

En síntesis, las décadas de neoliberalismo y la crisis capitalista de 2008 sepultaron el “sueño americano”, que desde la segunda posguerra fue el mejor antídoto que tenía el imperialismo norteamericano contra las ideas socialistas. Esto explica desde hace años diversas encuestas vienen registrando una preferencia mayoritaria por el “socialismo” particularmente en los segmentos más jóvenes de la población. Hoy la “revolución política” de Sanders representa probablemente el último intento de contener a esta juventud dentro del partido demócrata. Pero las condiciones objetivas y subjetivas, y las tendencias internacionales, hacen más concreta la hipótesis de radicalización que la de recomposición del extremo centro. Si eso ocurriera, tendría el potencial no solo de cambiar la realidad de Estados Unidos sino de los explotados del mundo.

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Claudia Cinatti

Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.
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