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PENÍNSULA COREANA

¿Qué dejó la cumbre de las dos Coreas?

Sábado 28 de abril | Edición del día

Foto * Efe

La reunión distendida entre el presidente norcoreano Kim Jong-un y su par de Corea del Sur Moon Jae-in fue un evento cuidadosamente coreografiado, incluido un traspaso común de ambos líderes de la línea de demarcación militar, el célebre Paralelo 38, que separa las dos Coreas. Kim, alias “pequeño rocket-man” (Trump dixit) adquirió estatura de estadista y se transformó en el primer líder del Norte en pisar suelo surcoreano en los últimos 65 años.

Como resultado de esta cumbre se firmó la declaración de Panmunjon, por la ciudad fronteriza donde se realizó. Este escueto texto de apenas tres páginas, es una declaración de buenas intenciones sobre temas fundamentales: la relación inter coreana donde están comprendidas las complejas relaciones de familias divididas a ambos lados de la frontera; la disminución de hostilidades y tensiones militares, que llegaría hasta la propuesta de un tratado de paz que ponga fin a la guerra suspendida por el armisticio de 1953; y por último un compromiso general en torno a la desnuclearización de la península, aunque sin establecer ningún esquema concreto ni plazos.

Por ahora, de los tres temas el más avanzado es el primero. La intención de cooperación se materializará en la apertura de una oficina en Kaesong, al norte de la línea de demarcación. Dado que no existe ningún canal diplomático ni de comunicación que no sea el “teléfono rojo”, este no sería un gesto menor. El lugar tampoco es casual. Entre 2004 y 2016 funcionó en Kaesong el complejo industrial inter coreano, un símbolo de la política de “reconciliación” conocida como “Sunshine,” que unía al capital surcoreano con la fuerza de trabajo barata y hambrienta del Norte. El cierre de este complejo fue parte del incremento de las tensiones entre las dos Coreas azuzadas por la línea dura de Estados Unidos, que presiona al régimen norcoreano con un ojo puesto en China.

Quienes leen entre líneas arriesgan la hipótesis de que detrás de la regularización de las relaciones informales entre ambos países estaría la intención de una reunificación de la península, o como dice la declaración, que los coreanos “determinen el destino de la nación coreana según su propio acuerdo”, en alusión a la injerencia de potencias extranjeras como responsables de la división entre las dos naciones que dependen de otros para su seguridad y por lo tanto entran en el cálculo geopolítico ajeno. Pero si bien la iniciativa diplomática de Seúl y Pyongyang tomó por sorpresa a la Casa Blanca que estaba en modo guerrero, este grado de independencia parece exagerado. Moon se aseguró que todo lo que pusiera por escrito contara con el aval tácito de Washington, lo que era fácilmente comprobable siguiendo los tuits de Trump. Y Kim probablemente haya recibido indicaciones de Xi Jinping cuando visitó Beijing hace unas semanas atrás.

En el corto plazo, el significado inmediato de esta cumbre inter coreana parece ser aumentar las probabilidades del encuentro entre Trump y Kim. El viaje semi clandestino de Mike Pompeo a Corea del Norte, cuando aún era el jefe de la CIA, es el otro indicio fuerte de que Estados Unidos asumirá esta arriesgada apuesta diplomática.

Las reacciones internacionales fueron positivas. La prensa oficial china lo definió como un momento histórico. Para no perder la costumbre Trump siguió la cumbre por tuiter, utilizando las mayúsculas para enfatizar su entusiasmo. Y lo propio hizo el gobierno de Japón, aunque el giro “diplomático” de Trump dejó al primer ministro Abe en falsa escuadra, ya que en sintonía con el clima guerrerista, estaba avanzando con su propia política de remilitarización.

En este primer momento priman los espejismos y todos pueden declararse victoriosos.

El que por ahora parece más beneficiado es el Kim Jong-un. Entre sus objetivos prioritarios está la supervivencia de su régimen y sentarse a negociar como un estado nuclear. En su estrategia no le fue tan mal. En lo inmediato, posando de pacifista le quitó legitimidad a cualquier intento militar de cambio de régimen por parte de Estados Unidos. Insospechado de destreza diplomática, sorprendió a propios y extraños. Consiguió acceder a la liga de los grandes a fuerza de ensayos nucleares y misiles de largo alcance. Este fue su pasaporte para sentarse con Xi Jinping a pesar de la hostilidad que le manifiesta el presidente chino. Y ahora espera a Trump en un territorio neutral, pero más cerca de Corea del Norte, lo que lo pone en pie de igualdad con el presidente norteamericano y habla por sí mismo de la decadencia del liderazgo de Estados Unidos.

El otro que se presenta ganador es Moon Jae-in que al menos con su gesto diplomático mostró una cierta voluntad de independencia con respecto a su socio mayor después de haber fracasado por las buenas en el intento de ser consultado por Trump antes de tomar ninguna decisión sobre el conflicto en la península. La política belicosa de Estados Unidos hacia el régimen norcoreano, con el Pentágono ya calculando los porcentajes de probabilidades de una guerra, como si se tratara de la lluvia, había puesto a Seúl en la mira de los misiles norcoreanos. Cualquier escalada militar, incluso accidental, tenía como primer campo de batalla a la capital del Sur. Esto le permitió a Moon recuperar parte de la popularidad perdida por haberse sometido rápidamente a Washington y aceptar el escudo de defensa antimisiles, después de haber ganado las elecciones con un programa de centroizquierda y la promesa de reconciliación con el Norte. La calle lo recompensó con manifestaciones de apoyo a su política diálogo.

Como era de esperar, Trump se atribuye el éxito como resultado de su política de combinar la amenaza militar con el endurecimiento de las sanciones económicas contra Pyongyang, y sobre todo, de presionar a China para que a su vez ponga en caja a su aliado díscolo. Aunque no es lo suficientemente convincente para borrar la impronta aventurera de su política exterior. Fiel a su estilo, ya está fanfarroneando antes de tiempo.

El gobierno chino también se arroga ser el artífice de haber hecho retroceder la política belicosa de Estados Unidos y de haber moderado a Kim, al menos parcialmente, al sumarse a la ronda de sanciones impuestas por las Naciones Unidas que afectaron seriamente la economía de Corea del Norte que depende en un 90% de China. Las tensiones de este vínculo, que se remonta a la guerra de Corea de 1951 cuando China combatió del lado del norte, son bastante transparentes: el régimen norcoreano es un aliado incómodo para China que parece haber adquirido el arte de manipular a su favor los temores de la burocracia de Beijing. Más allá de las diferencias con la política de Kim, a la hora de la política, Xi Jinping sigue priorizando la estabilidad en sus fronteras y en la balanza sigue pesando su valor estratégico como estado tapón. Y por ahora sigue funcionando la mutua conveniencia. Kim llegó a las cumbres con Corea del Sur y eventualmente con Estados Unidos mostrando que China le cubre las espaldas. Y Beijing muestra su voluntad de influir. Es imposible no ver la huella china en la propuesta de desnuclearización general de la península, lo que implicaría lisa y llanamente el retiro del armamento y las tropas norteamericanas en Corea del Sur, aunque desde ya esto aparece ni siquiera sugerido en la declaración de Panmunjon. Para China significaría liberarse de la amenaza más concreta de la injerencia de Estados Unidos, que busca frenar su avance en la región, y llevar más cerca de su órbita a la península coreana.
En este complejo ajedrez donde hay más de dos jugadores, más que anticipar movimientos lo aconsejable es abrir escenarios alternativos en función de objetivos máximos, intermedios y mínimos que persiguen los actores.

Desde que asumió la presidencia de Corea del Norte, Kim adoptó una política doble, conocida como byungjn, para la supervivencia del régimen y los privilegios de la elite burocrático-militar: avanzar en el desarrollo del armamento nuclear e introducir reformas económicas que alejen el fantasma de las hambrunas de los ’90. En el último pleno del Comité Central del Partido de los Trabajadores, la institución fundamental en la que se apoya Kim para contrarrestar el condicionamiento del aparato militar, el líder norcoreano proclamó el triunfo de esta política en cuanto al armamento nuclear y anunció que ahora la prioridad sería la “reconstrucción socialista (sic)” de la economía. La escasa información que sale a la luz indica que bajo Kim se ha acelerado la introducción de reformas que favorecen a la elite que compone la burocracia estatal y militar, con un boom en construcciones en la capital y ciertas facilidades para el acceso al consumo. Esta política se ha visto amenazada por las sanciones y estratégicamente limitada por su dependencia exclusiva de China. El escenario más probable es que Kim use la carta de la negociación para obtener concesiones, como hicieron su abuelo y su padre, sin renunciar a sus ambiciones nucleares.

Trump se entusiasma con la posibilidad de que sea Estados Unidos bajo su gobierno el que dicte los términos no solo de un eventual acuerdo con Corea del Norte, sino incluso, de un posible reacercamiento con el Sur. Con la ventaja que en una relación bilateral los compromisos son aún más papel mojado. Estados Unidos ya se retiró de acuerdos con el régimen norcoreano. Sin ir más lejos, George W. Bush no solo suspendió toda asistencia económica sino que puso a Corea del Norte como parte del “eje del mal”. La contradicción que enfrenta Trump es que si la cumbre termina en un fracaso le quedarían pocas opciones más que escalar.







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