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PALESTINA // ESTADO DE ISRAEL

Se mantiene la espiral de violencia entre palestinos e israelies

No pasa un día sin registro de algún herido, cuanto menos, producto de la espiral de violencia entre palestinos e israelíes que estalló hace dos meses y medio, desde el inicio del Año Nuevo judío. Ya suman más de 100 palestinos y 20 israelíes los asesinados en una ola que parece no menguar ni dar tregua, dando cuenta de un fenómeno muy profundo.

Sábado 19 de diciembre de 2015 | Edición del día

Fotografía: EFE

  1. La embestida a14 israelíes, entre ellos un bebe de 15 meses, a manos de un joven conductor palestino que estrelló su vehículo contra un puesto de autobuses, próximo a la estación central de Jerusalén, generó una conmoción de la sociedad israelí. El alcalde de Jerusalén, Nir Barkat, aseguró la construcción de un dispositivo para proteger las estaciones de autobús, dada la repetición de este tipo de modalidad de ataque individual, así como las acciones con cuchillos y destornilladores, empleados por los llamados “lobos solitarios”. El desconcierto de Barkat, quien había convocado a los israelíes a circular armados por las calles, también embarga al premier Benjamin Netanyahu y su coalición de gobierno ultra derechista, impotentes para desarticular la ola de violencia a pesar de contar con una de las maquinarias de terror mas sofisticadas y letales del mundo para garantizar la ocupación colonial y las políticas de apartheid contra el pueblo palestino. El miedo de los israelíes, un factor erradicado en 2002 tras la operación Escudo Defensivo que aplasto la Segunda Intifada con 5000 muertos, volvió a ser una realidad en calles y avenidas semi desiertas.

La política represiva lanzada por Netanyahu de ningún modo surtió el efecto esperado. La militarización de Jerusalén oriental y el cercamiento de los barrios árabes mediante checkpoints custodiados por tropas de la FDI y la brutal Policía de Frontera solo consiguieron mudar las acciones de ataque individual a Hebrón, otra de las ciudades mas calientes del planeta, donde doscientos colonos judíos armados hasta los dientes ocupan y provocan a más de 250 mil palestinos, residentes históricos de esa ciudad árabe de Cisjordania.

El reforzamiento de la ya draconiana legislación racista del Estado judío tampoco parece haber conseguido resultados, o en todo caso son adversos. El carácter expeditivo que adquirieron las demoliciones de viviendas pertenecientes a las familias de los acusados de “terrorismo” generó el despertar de nuevos lobos solitarios, buscando una espiral de revancha. Sobre esa brecha se apoyaron las clases medias liberales e ilustradas concentradas en Tel Aviv y Haifa que no terminan de digerir ese método de castigo colectivo emparentado con los métodos de los nazis.

Las autoridades israelíes están sorprendidas ante nuevos fenómenos. Ali Alkam, un pibe palestino de 11 años que hirió a un guardia israelí con un cuchillo fue transferido a un centro de detención juvenil. La legislación israelí contempla la imputabilidad penal a partir de los 12 años, aunque los delitos de “terrorismo” están tipificados desde los 14. Ni corto ni perezoso, Netanyahu ya adelantó un proyecto de ley que propone penalizar ese tipo de delitos a los 12 años.

Una reciente investigación reveló que la mayoría de los ataques individuales fueron protagonizados por jóvenes palestinos sin filiación política (salvo dos vinculados al grupo salafista Hizb ut Tahrir) y provenientes de Jerusalén oriental y Hebrón, las dos ciudades árabes más desembozadamente asediadas por las tropas israelíes (Jerusalén oriental fue anexada compulsivamente al Estado de Israel después de la Guerra de los Seis Días de junio de 1967). Ambas ciudades, que concentran sitios religiosos muy importantes, objeto de provocaciones de los colonos judíos, están emparentadas hasta por lazos de sangre entre familias migrantes.

A diferencia de la 1º Intifada de 1987 y la 2º Intifada de 2000, los atacantes no provienen de campos de refugiados sino de hogares vinculados a sectores medios, una evidencia de falta de perspectivas.

La situación resulta tan delicada que Netanyahu postergó la recepción del magnate racista Donald Trump como precandidato presidencial del Partido Republicano. Después de lanzar una campaña islamófoba por el cierre de fronteras de EE.UU. a los parias que huyen de Siria, Irak y Afganistán, Trump planeaba una visita a la Explanada de las Mezquitas, el tercer sitio santo del islam, donde se encendió la chispa de la actual espiral de violencia producto de las provocaciones permanentes de Netanyahu y el movimiento de colonos. En pos de sosegar los ánimos, Netanyahu se deslindó de las declaraciones racistas de Trump, distinguiendo que el Estado de Israel “respeta todas las religiones… al mismo tiempo está luchando contra el islam extremista que ataca musulmanes, cristianos y judíos como uno solo”, un discurso diametralmente distinto de su campana electoral xenófoba, agitando la “peligrosidad de los árabes”.

A poco de cumplirse el primer año de gobierno de su cuarto mandato consecutivo, Netanyahu esta lejos de “comerse a los árabes crudos”, como fanfarroneaba en su campaña.







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