Géneros y Sexualidades

OPINIÓN

Sobre el libro de la legisladora del PRO: el género une y la clase divide

Mercedes de las Casas es diputada porteña por el PRO. Hace unos años publicó un libro que trascendió recientemente en diversos medios: “Cómo conseguir una mucama y no perderla en siete días”.

Lunes 5 de septiembre de 2016 | Edición del día

Años atrás, la actual legisladora del PRO, Mercedes de las Casas, escribió un infame libro titulado: “Cómo conseguir una mucama y no perderla en siete días”. Recientemente, esta noticia salió a la luz y se hizo viral.

A lo largo de las páginas, de Las Casas retrata a “la mucama” como alguien con el que “es necesario lidiar”, a fin de obtener el servicio que se le demanda. Algo así como un mal necesario con el que batallar.

Los “tips” que la diputada marca en sus líneas me llevaron sin escalas a mi niñez, y con ella a mi abuela. Rosita, le decían. Fue empleada doméstica. Crecí escuchándola hablar de sus anécdotas al respecto. Me relataba que trabajó en la casa de un doctor.

Mi mamá también me contó sobre eso. Dijo que ella aprendió a cocinar sola, porque llegaba de la escuela con hambre y mi abuela estaba trabajando, cocinando quizás, pero a los hijos de “los patrones”.

Rosita encajaba en el estereotipo de la Sra. De las Casas: “muy humilde y carente de instrucción”, con estudios primarios sin completar. Todavía me acuerdo de ella en sus últimos tiempos, con ochenta y pico de años a cuestas, una joroba imponente y las manos heridas por los años. En el desvarío producto de su enfermedad se acordó de muchos, pero nunca más nombró al doctor ni a los hijos que le crió. Las marcas del trabajo a destajo se las llevó su cuerpo. Seguramente mi abuela habría sido aprobada por la legisladora macrista, si se topaba con ella.

Actualmente, millones de mujeres en el mundo son utilizadas como fuerza de trabajo, ultra explotadas, en diversas áreas. Quienes son empleadas para tareas domésticas tienen jornadas extremadamente largas a cambio de un salario de hambre; y suelen cargar con sobrecarga de tareas y maltrato.

Tanto mi abuela -empleada doméstica- como de las Casas -diputada- son mujeres. Pero, evidentemente, sus condiciones de vida fueron muy distintas. Es necesario preguntarse, ¿qué las diferencia? Sin dudas, la clase. Ambas sufren la opresión machista y los mandatos sociales en diversos aspectos de su vida cotidiana. Pero debe entenderse con claridad: la forma y la magnitud de esa opresión está atravesada por la pertenencia de clase. A partir de la movilización y organización conjunta las mujeres hemos conquistado diversos avances en la reivindicación de derechos. Desde el simple hecho de cómo vestirnos hasta la posibilidad de formación académica y el acceso a determinados puestos jerárquicos y funciones, de las que antes se nos relegaba. Sin embargo, tales avances siguen siendo patrimonio de algunas, y no de la mayoría.

Mientras todos esos avances se suceden, millones de mujeres en el mundo mueren por abortos clandestinos o son híper explotadas en sus puestos de trabajo; venden su fuerza de trabajo como una mercancía, imposibilitadas a decidir sobre su vida.

Sin embargo, debe destacarse que son esas mismas condiciones las que han creado las bases para que las mujeres, como parte de esa clase desposeída, salgamos a luchar, nos organicemos, nos enardezcamos, en la lucha por nuestra liberación, y la de la humanidad toda.

Las experiencias de lucha vienen mostrando sus alcances desde hace ya tiempo, dejándonos lecciones sobre las que avanzar. Avanzar, marchar. Como se escribió alguna vez “…nuestras vidas no serán explotadas, desde el nacimiento hasta la muerte (…) el levantamiento de las mujeres significa el levantamiento de la humanidad…” (Poema “Pan y Rosas”, Oppenheim, 1911).







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