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Trump echó a Bolton, ¿en qué cambiará la política imperial?

Fiel a su estilo, Donald Trump echó con un tuit a su asesor de seguridad nacional, John Bolton. Faltaban solo minutos para que se iniciara una conferencia de prensa en la Casa Blanca, en la que el funcionario iba a compartir el micrófono con Mike Pompeo y Steven Mnuchin, secretarios de Estado y del Tesoro respectivamente. El presidente recurrió una vez más a esta manera poco protocolar de ejercer el decisionismo que vale tanto para despedir funcionarios como para declarar guerras comerciales o advertir a líderes mundiales, aliados o enemigos.

Miércoles 11 de septiembre | 01:05

Todavía no se conoce quién será el sucesor de Bolton, pero ya suenan algunos nombres. Entre los candidatos posibles están Stephen Biegun, que actualmente es el representante de Estados Unidos para Corea del Norte, y Douglas Macgregor, un coronel retirado del ejército y ocasional panelista de Fox News, con posiciones menos beligerantes y más cercanas al ala “realista” de la política exterior.

El perfil de los posibles reemplazantes de Bolton pareciera indicar, como señalan varios analistas, que en el curso errático de la política exterior norteamericana se iniciará un movimiento hacia la moderación.

Bolton fue el tercer asesor de seguridad nacional de Trump. Con un año y medio en el cargo tiene hasta ahora el récord de permanencia. Sus antecesores tuvieron menos suerte. Michael Flynn tuvo que renunciar al mes por sus supuestos vínculos con Rusia. Y el general HR McMaster se fue al año de haber asumido, cuando Trump puso fin a la débil hegemonía que tuvieron los militares en su gobierno, en el momento en que el establishment confiaba en los “adultos en la sala” para contener las tendencias más extremas del trumpismo.

La llegada de Bolton, un halcón empedernido, junto con la designación de Mike Pompeo al frente del Departamento de Estado, le permitió a Trump alinear temporalmente a la Casa Blanca detrás de algunas líneas rojas de su agenda exterior duramente resistidas por un sector importante del aparato estatal.

Antes de Trump, Bolton sirvió a tres administraciones republicanas –Reagan y los dos Bush- alternando su militancia entre las funciones estatales y los think tanks privados. Fue artífice de las últimas grandes derrotas estratégicas del imperialismo norteamericano, en particular la guerra de Irak y la política de “cambio de régimen”. Una política que está en las antípodas de la base electoral de Trump, más próxima a alguna variante del aislacionismo.

A pesar de estas diferencias, a grandes rasgos el unilateralismo de Bolton sintonizaba muy bien con el America First trumpista. El hombre del bigote prominente es también un acérrimo partidario del Brexit y un hater de la Unión Europea.

Para Trump la alianza con los neoconservadores fue útil para deshacer el “multilateralismo” que caracterizó la política exterior de la administración Obama, que según su percepción solo había profundizado la decadencia imperial.
En particular, Bolton fue funcional para romper el acuerdo nuclear con Irán, retirar a Estados Unidos del acuerdo nuclear con Rusia y fortalecer los lazos con Israel, o mejor dicho, con el ultraderechista Benjamin Netanyahu, que se juega su futuro en unas inciertas elecciones el próximo 17 de septiembre.

Pero estos servicios venían con el precio de darle aire a sectores de la extrema derecha republicana con intereses propios, como el senador Marco Rubio, que entre otros dislates fueron los artífices del fallido intento golpista en Venezuela.

Con Bolton la política imperialista se endureció aunque no por eso se hizo más eficaz. Trump escaló la guerra comercial con China y recrudeció el uso de sanciones económicas. Pero en el balance aún tendrá que pelear que todo esto ayudó a restaurar el liderazgo de Estados Unidos.

Las diferencias entre las posiciones de Bolton y Trump en temas fundamentales de la política internacional ya anunciaban una convivencia con fecha de vencimiento.

En Corea del Norte, mientras Trump apostaba a la diplomacia personal con Kim Jong Un, Bolton agitaba la guerra preventiva como método para lidiar con el desafío nuclear, a esta altura inevitable, del régimen norcoreano. En Rusia Bolton fue el abanderado de la posición más beligerante contra el régimen de Putin.

Sin embargo donde las discrepancias alcanzaron un punto de no retorno fue en la política hacia Afganistán e Irán.

Bolton frustró una negociación con los talibán que propiciaban Trump y Pompeo para poner fin a una guerra muy impopular que ya lleva 18 años. Dicho sea de paso, el establishment que no lo quiere, de todos modos le agradece haber frustrado una reunión de Trump y los talibán en Camp David en la misma semana que se cumple un nuevo aniversario de los atentados contra las torres gemelas.

En Irán, Bolton empujó a Trump fuera de su zona de confort de las sanciones y las amenazas para negociar y lo llevó al borde de lanzar una guerra en represalia al derribo de un dron por parte del régimen iraní. El presidente norteamericano retrocedió minutos antes de accionar el detonador. Las diferencias están en el terreno de la estrategia. Bolton sigue siendo un militante del “cambio de régimen”, y junto con Netanyahu busca llevarse puesto a la teocracia persa. Trump aspira a un objetivo más modesto, trata de obligar mediante presiones económicas al actual régimen iraní a negociar un nuevo acuerdo nuclear en términos más favorables para Estados Unidos.

Después de un año y medio de tensiones, el juego del policía malo (Trump) y el policía malísimo (Bolton) terminó en una ruptura abrupta.

Su alejamiento del gobierno es parte del cálculo electoral de Trump. Las guerras con las que sueña Bolton no son populares entre los votantes del presidente, más preocupados por una eventual futura recesión que por emprender nuevas aventuras militares.

Una nueva encuesta de Washington Post-ABC News revela que la tasa de aprobación de Trump cayó 6 puntos desde junio, y se ubica en un 38%. Que a pesar de que la economía se mantiene creciendo, un 47% desaprueba el manejo económico del presidente, un 60% espera una recesión en el próximo año, un 56% desaprueba la guerra comercial con China y un 60% espera que directamente lo perjudique.

En una columna de opinión, Ian Bremmer que preside el Eurasia Group, plantea que las tensiones geopolíticas y la incertidumbre retroalimentan los temores que empujan a la recesión en Estados Unidos, transformándola casi en una profecía autocumplida. Y llama a esta situación “recesión geopolítica”. Algunos analistas esperan que retroceda la oleada “populista” y se restablezca la normalidad pre crisis de 2008. Pero los fenómenos como la presidencia de Trump, Bolsonaro o el Brexit, o el estado fluido de los sistemas políticos democrático burgueses como el de Italia son los síntomas más visibles de que estos tiempos turbulentos llegaron para quedarse.







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