Cultura

OPINIÓN

Una semana en Buenos Aires

Mario Vargas Llosa pasó por Buenos Aires. Martín Kohan se pregunta cómo se forma un escritor, qué es lo que lo hace escritor, y también, cómo es que se va desgastando, desintegrando, desvaneciendo.

Sábado 21 de mayo de 2016 | Edición del día

Del artículo “Una nueva Argentina despierta”, firmado por Mario Vargas Llosa y publicado en la página 21 del diario La Nación el pasado lunes 16 de mayo, subrayo estas dos pequeñas partes: una, en la que afirma que, en la semana que pasó en Buenos Aires, “la manera de hablar de la gente sobre el momento actual” le reveló que el clima social imperante era de “alivio” y “optimismo”; la otra, en la que, a propósito de una conferencia de prensa de Mauricio Macri, destaca la “claridad, sencillez y franqueza” de las palabras del presidente argentino, de su forma de exponer.

Se habla y se piensa mucho sobre cómo un escritor se forma, qué es lo que lo hace escritor, cuándo puede considerarse como tal. ¿Cuando consigue terminar un libro? ¿Cuando consigue que ese libro se publique? ¿Cuando empieza a reunir algo así como una obra propia o a definir un estilo propio? ¿Cuando obtiene cierto grado de reconocimiento por parte de los pares, de los críticos, de los lectores en general?

De este asunto yo he estado siempre un tanto ajeno, porque el afán de “ser escritor” me resulta bastante desconocido. Pero noto que esa clase de inquietud aparece con más frecuencia que esta otra: ¿cuándo y cómo empieza a deshacerse un escritor? ¿Cómo es que se va desgastando, desintegrando, desvaneciendo? No es cuando sus libros empiezan a salirle, uno tras otro, consensuadamente malos; porque un escritor de libros malos no deja por eso de ser un escritor. Tampoco cuando esgrime, sin pudor alguno, las concepciones más retrógradas y perjudiciales; porque un escritor reaccionario no deja por eso de ser un escritor. Y tampoco cuando decide ponerse al servicio de los intereses económicos más nefastos, porque un escritor que accede a convertirse en un instrumento de poderes nefastos no deja por eso de ser un escritor.

En cambio, a mi entender, cuando ha tenido y pasa a perder sintonía y captación de la manera de hablar de la gente, un germen de descomposición literaria ya lo habita. Cuando encomia por claro y sencillo el palabreo malamente farfullado de ese verdadero campeón de las limitaciones verbales que tenemos por presidente, un daño en su conexión con el lenguaje se ha producido sin dudas.

La ruina del escritor anida ahí: al estropearse su relación con lo verbal. Y no ya al interior de la literatura, cuando se pone a leer o a escribir, sino en la dimensión social del lenguaje, en la dimensión política del lenguaje. Que es de donde la literatura obtiene, no ya la facultad de alguna especie de compromiso, sino justamente lo opuesto: el brillo y la potencia, la fuerza y el filo crítico, de su especificidad.







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