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La Izquierda Diario
12 de febrero de 2018 Twitter Faceboock

DÍA DE DARWIN
La actualidad de Charles Darwin
Santiago Benítez | Dr. en Biología. Trabajador del CONICET - Miembro de la Agrupación Docentes e Investigadores de Izquierda.

El 12 de febrero, "Día de Darwin" por el aniversario de su nacimiento, ofrece la oportunidad de volver a reflexionar sobre el legado de este científico.

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Representación del HMS Beagle.

Doscientos nueve años después del nacimiento de Charles Darwin, sus ideas continúan siendo parte de la estructura fundamental de la biología y permean en otras ciencias. Este aniversario sirve en muchas partes como festejo de una visión materialista del mundo y de la vida, pero también como una excusa para el debate. Las teorías de Darwin son, desde la publicación de El Origen de las especies, el blanco de los sectores más reaccionarios, vinculados a diferentes conservadurismos religiosos y reciclados últimamente bajo la categoría de "diseño inteligente". Pero, en todo caso, más perturbador ha sido el abuso de las teorías darwinistas para justificar el racismo, el sexismo, la discriminación y las políticas conservadoras en general.

Estas justificaciones se repiten desde el darwinismo social de Spencer y Galton, pasando a través de quienes predicaban la eugenesia en Norteamérica a principios del siglo XX, llegando a introducir esterilizaciones forzadas. Por quienes justifican una supuesta base genética de la inteligencia y enaltecen la competencia y el libre mercado como el estado natural de la sociedad, y llegando finalmente a los actuales showmans de la ciencia, propagandistas de la noción de que miles de años de vida en pequeñas comunidades de cazadores-recolectores han modelado de manera definitiva la conducta humana, dando por resultado el machismo, el egoísmo y un largo etcétera. Sobre esta forma de trasladar los mismos prejuicios de la sociedad a la naturaleza y viceversa, Friedric Engels escrribía hace más de 140 años: "Las mismas teorías se vuelven a transferir de la naturaleza orgánica a la historia y se afirma ahora que su validez como leyes eternas de la sociedad humana ha quedado demostrada. La puerilidad de este procedimiento es tan obvia que no hace falta decir una palabra al respecto".

Salvo en lo referente a la abolición de la esclavitud, Darwin no era precisamente un revolucionario. Aún así, a decir de Stephen Jay Gould, el reconocido biólogo y divulgador, no se contaba entre quienes pretendían utilizar la pretendida inferioridad de algunas razas como excusa para el saqueo y la esclavitud, sino entre quienes defendían la igualdad de derechos y de no explotación, si bien en el contexto de un marcado paternalismo.

Miembro de la élite de su país, que veía al hombre blanco, inglés y emprendor como la cima del progreso, el mismo Darwin osciló ampliamente en sus posiciones respecto al "darwinismo" social. Así, en El Viaje del Beagle, publicado en 1844, combina apreciaciones sobre la "inferioridad" de los aborígenes australianos y los habitantes de Tierra del Fuego, con una denuncia frontal de la esclavitud y el maltrato: "El 19 de agosto dejamos finalmente las costas del Brasil. Gracias a Dios no visitaré nunca más un país esclavista (…) Aquellos que siente simpatía por el amo y frialdad de corazón por el esclavo no parecen ponerse nunca en el lugar de este último". Una de sus frases más citadas proviene también de esta obra temprana: "si la miseria de nuestros pobres no es causada por las leyes de la naturaleza sino por nuestras instituciones, cuán grande es nuestro pecado".

En El Origen de las Especies, publicado en 1859, introduce como metáfora el concepto de la "lucha por la existencia". La "supervivencia del más apto", concepto acuñado por Spencer, entraría en este libro a partir de la sexta edición, diez años más tarde y como sinónimo de selección natural. En El Origen del Hombre, de 1871, Darwin habla claramente de razas superiores e inferiores, la inferioridad de la mujer y su preocupación porque "holgazanes, degradados y viciosos" tiendan a tener más hijos y a una edad más temprana. Sin embargo, la opinión final de Darwin sobre Spencer y su darwinismo social se encuentra en su autobiografía (publicada sin censuras recién en 1956): "Sus conclusiones no me convencen (...) Sus generalizaciones fundamentales (...) Que me atrevo a decir pueden ser muy valiosas bajo un punto de vista filosófico, son de tal naturaleza que no me parecen ser de ninguna utilidad estrictamente científica."

Cooperación, coevolución.

Más allá de los vaivenes ideológicos de su figura, las ideas de Darwin tuvieron buena acogida entre pensadores de izquierda. Piotr Kropotkin, quien además de ser uno de los teóricos fundamentales del anarquismo era naturalista, no negaba la existencia de la "lucha por la existencia" pero rechazaba que debiera conducir necesariamente a la competencia y al egoísmo. La cooperación y la ayuda mutua son armas igualmente buenas en esta lucha. Karl Marx, afirmaba que la teoría darwinista compartía los fundamentos materialistas de su propio punto de vista, si bien manifestaba su rechazo a la metáfora del la "lucha de todos contra todos". A diferencia de la teoría evolucionista de Lamarck, Darwin era descarnadamente materialista, al reemplazar la explicación de un supuesto diseño divino de los seres vivos por el mecanismo de la selección natural. Por otro lado, Darwin desterró el pensamiento esencialista de la biología, reemplazando los tipos naturales y sus supuestas desviaciones por un pensamiento poblacional, donde la variación misma y los individuos reales son lo importante. Un rasgo de su pensamiento que aún hoy no es comprendido por quienes, por ejemplo, hablan de "cerebros masculinos y femeninos".

Probablemente es Friedric Engels quien más profundizó sobre el darwinismo temprano. En su ensayo El Papel del Trabajo en la Transición del Simio al Hombre invierte la suposición, habitual en su época, sobre la influencia del tamaño del cerebro y la adquisición de la postura erguida en la evolución humana (la aparición de fósiles de homínidos de cerebro pequeño y postura erecta confirmaría las suposiciones de Engels). De manera incisiva, Engels señalaba que era el prejuicio habitual de considerar la superioridad del trabajo intelectual sobre el manual lo que había impedido a los evolucionistas del siglo XIX descubrir el rol del trabajo. "Todo el mérito del rápido avance de la civilización le fue atribuido a la mente, al desarrollo y actividad del cerebro. Los hombres se acostumbraron a explicar sus acciones a partir de sus pensamientos, en lugar de sus necesidades"

Sobre la el origen de un rasgo complejo como la mano, Engels afirma: "Vemos, pues, que la mano no es sólo el órgano del trabajo; es también producto de él (...) Pero la mano no era algo con existencia propia e independiente. Era únicamente un miembro de un organismo entero y sumamente complejo. (...) Por otra parte, el desarrollo del trabajo, al multiplicar los casos de ayuda mutua y de actividad conjunta, y al mostrar así las ventajas de ésta actividad conjunta para cada individuo, tenía que contribuir forzosamente a agrupar aún más a los miembros de la sociedad. En resumen, los hombres en formación llegaron a un punto en que tuvieron necesidad de decirse algo los unos a los otros. (...) Primero el trabajo, luego y con él la palabra articulada, fueron los dos estímulos principales bajo cuya influencia el cerebro del mono se fue transformando gradualmente en cerebro humano". Lo que los biólogos describen ahora como "coevolución genético-cultural" es la base del ensayo de Engels. Varios puntos de este ensayo corto, marcan una agenda que sólo volvería a retomarse hacia fines del siglo XX por parte de los biólogos "dialécticos".

Esta agenda difiere también de muchas de las críticas actuales al darwinismo, (específicamente a la forma que esta teoría toma a partir de la década de 1940 con la "Síntesis" entre la teoría de la selección natural y los mecanismos de herencia). Algunos proponentes de la moderna "síntesis extendida" se limitan a la proposicion de mecanismos de herencia alternativos. Por ejemplo, la forma en que los genes se expresan durante el desarrollo de un organismo cambian por factores epigenéticos, "marcas químicas" que se adhieren a los genes. Factores como la dieta modifican estas marcas que en algunos casos pueden ser pasados a la siguiente generación. Este tipo de herencia extra-genética le permitiría al organismo realizar ajustes rápidos al ambiente. Más allá de el nuevo determinismo de la epigenética, que nos condena por la pobreza de las elecciones alimenticias de nuestros padres, el enfoque de la "síntesis extendida" adolece de un crudo externalismo. Es decir, el ambiente es considerado un ente externo (y en general hostil) ante el cual el organismos responde. Aún peor, la confusión entre las unidades de la herencia (en este caso los epi-genes) y las unidades que hacen frente a las variaciones ambientales no tiene nada que envidiar al determinismo genético del "gen egoísta" de Dawkins y compañía.

La relación entre el organismo y su medio dista mucho de ser un sencillo juego de oposición. "A cada momento la selección natural está operando para cambiar la composición genética de las poblaciones, pero a medida que esta composición cambia fuerza un cambio concomitante en el ambiente en sí. Así, el organismo y el ambiente son causa y efecto en un proceso coevolutivo" escribía el biólogo marxista Richard Lewontin en el año 2000. El afuera y el adentro se interpenetran. El organismo construye su propio nicho. La mano no es sólo el órgano del trabajo, es también producto de él.

 
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