Cultura

OPINIÓN

El alto precio del mecenazgo en las artes: cuando la vida del artista deja de pertenecerle

Leonardo Da Vinci, Michelangelo y el mecenazgo en el Renacimiento.

Raquel Barbieri Vidal

Lingüista y Régisseur @RaquelaGabriela

Martes 15 de enero de 2019 | 10:02

Cuando se analiza la obra de algún músico, escritor, pintor o escultor del pasado, se tiende, en general, a idealizar dicha vida despojándola de su parte oscura: del tedio, el rechazo, el descrédito, la desconfianza y demás conflictos que el artista—hoy celebridad—haya sufrido.

Como si ver el producto acabado revelara la totalidad de una vida, es más fácil imaginar a un Leonardo Da Vinci con plena libertad de acción, que a un genio sujeto al mecenazgo. Otro tanto ocurre con Michelangelo, cuando nos quedamos con la belleza y magnificencia de sus obras, pensando—solamente—en el privilegio que ha de haber sido nacer con tal talento.

Se suele hablar de los mecenas con liviandad, pensando que han sido y son (siempre) filántropos sin segundas intenciones, simplemente gente generosa que dona su dinero y su tiempo para ver belleza que no puede producir por sus propios medios físicos o intelectuales, aunque sí materiales. Visto desde un lugar naïf, se pensaría en que alguien con la posibilidad de generar los medios para la producción de un artista emergente, sólo puede provenir del buen gusto y la generosidad, cuando el mecenazgo es con frecuencia, la manera de ejercer control sobre alguien a quien, de un modo u otro, se explota.

El mecenas se convierte en el dueño de la vida del artista, lo reconozca éste o no. A veces es tan duro ver la realidad—y ahora hablo en general, ya no de este tema en particular—que es mejor recrear una fantasía para ver lo que se está en disposición de ver, más allá de lo que la realidad cante a los cuatro vientos.

Y sin mecenazgo, no habríamos conocido quizás a ninguno de los artistas que conocemos y nos fascinan. Es un círculo vicioso: entre los contactos políticos (amiguismo), los sexuales y los familiares, la comunidad artística oscila entre estar enterrada, sobrevivir o ser visible.

El artista bajo mecenazgo es un prisionero, y lo que diferencia esta cárcel de una común es que quien se somete al mecenazgo, lo hace voluntariamente. El cantante necesita cantar para no sentirse frustrado, el pintor necesita vender sus cuadros, el escritor va muriendo de a poco si no es leído. A todo artista le pasa lo mismo, y el mecenas lo sabe. Por eso también sabe que goza de un poder del cual podría eventualmente abusar.

Admiramos la obra de Leonardo Da Vinci y probablemente, nos quedamos pensando en qué afortunado haya sido para pasar su vida haciendo lo que amaba: dibujar, pintar, hacer experimentos en las cocinas del castillo de Ludovico Sforza, dar sus primeros pasos con la escultura en arcilla, bronce; inventar máquinas como la cortadora de berros que diera muerte al personal de cocina y dos jardineros de los Sforza, convirtiéndose más tarde en carro falcado para combatir a las tropas invasoras francesas.

Todo suena divertido y excéntrico.

Al observar el famoso cuadro de la Mona Lisa, comúnmente llamada “La Gioconda”, hay una pregunta recurrente, y es el porqué de esta sonrisa meramente esbozada. Sucede que la imagen pertenece a una joven viuda a quien recientemente se le había muerto su hijo pequeño, y por eso no porta joyas en señal de duelo, a la usanza renacentista. ¿Por qué Leonardo retrataría a esta mujer? Primeramente, porque ése fue un cuadro que hizo porque él quería y no por encargo.

Le gustaba retratar a personas y poner como fondo una naturaleza caótica (entiéndase por “caótica” la casi ausencia de vegetación y detalles; hecho ex profeso para centrar la vista en la forma y no en el fondo). Esta mujer, la Madonna Elisa, habiendo pertenecido a la pequeña burguesía, se encontraba ahora en situación penosa, y entonces, Leonardo le pagaría para posar para la eternidad con su “sonrisa de Gioconda” que no habla nada más y nada menos que de un esfuerzo por quitar la mueca de angustia de su rostro.

Quiso ayudarla. Tal vez temió que los parientes de su marido—Francesco del Giocondo—la dejaran en la calle. En torno a este cuadro danzan algunas conjeturas; ésta es una. El caso es que Leonardo es conocido por haber ayudado a varios y varias de sus modelos, asimismo a sus discípulos de anatomía.

Saliéndonos de la Mona Lisa y yendo específicamente a la figura de Leonardo: Gran parte de las personas lo ve solamente desde el lugar del genio y no del genio sometido a un mecenas. Él, para vivir, necesitó de Ludovico Sforza, a quien llamaba “Mi Señor”, y para eso, no sólo tenía que vivir en el palacio, sino que por más que Sforza fuese indulgente con las locuras de Leonardo y sintiera simpatía por él, era también dueño de su vida: decidía a dónde iba y por cuánto tiempo, como cuando harto de sus desastres, lo envió al convento Santa María de las Gracias en Milán, donde el artista pintó “La última cena”, a pedido de su mecenas.

Viéndolo a la distancia, quizás hasta le haya hecho un favor al genio, dado que ese fresco lo ha conducido a la gloria eterna. No sólo que la obra ha resistido durante los bombardeos durante la segunda guerra mundial (específicamente en 1943 cuando las tropas aliadas entraron en Milán) sino que la humedad lo atacó varias veces y pudo sobrevivir a ella, a los bombardeos y a su pobre técnica pictórica (Leonardo justo inventó y puso en práctica una técnica para esta obra y resultó ser de poca resistencia).

La mudanza obligada de Leonardo hacia el convento fue la consecuencia directa tras una tragedia gastronómica llevada a cabo en el palacio, precisamente para las bodas de Ludovico con Beatrice D’Este: Leonardo, queriendo sorprender a todos con una genialidad, pensó que sería una magnífica idea construir una réplica del palacio, de unos sesenta metros de largo, toda realizada en pastel, mazapán, confituras y caramelo.

La idea era que los invitados entraran a dicho palacio de pastel, se sentaran en sillas de pastel y comieran pastel sobre una mesa de este mismo.

Lo que Leonardo no tuvo en cuenta fue el poder de atracción que estos dulces tendrían sobre las alimañas y los roedores de la campiña, quienes durante la noche y la madrugada libraron una batalla campal contra los soldados de Ludovico que amanecieron recogiendo los cadáveres de los roedores que habían reventado de tanto comer las delicias preparadas con tanto esmero por Leonardo y sus ayudantes de cocina.

Al menos, Da Vinci dio rienda suelta a sus caprichos en varias ocasiones, asumiendo todo tipo de consecuencias. Su osadía le permitía un grado mayor de sensación de libertad de la que gozaba Michelangelo Buonarroti, quien, teniendo un carácter más tímido e inseguro, sobre todo en su juventud, se sometía a los pedidos de los Medici en Firenze y de los papas romanos que le quitaban tiempo para realizar las obras que él quería hacer, en pos de las que ellos querían que hiciera.

Siempre se sintió tironeado, y en su necesidad de esculpir—entre sus competencias, la más notable—padeció el flagelo llamado Julio II.

Creo que Michelangelo, pese a haber pasado a la eternidad por sus obras magníficas, pagó el alto precio de vivir presionado, primero por Lorenzo de Medici que nunca le dio el lugar de miembro de la familia, sino que le hizo notar claramente que pagaba su cama y su comida para obtener a cambio su valiosa creación artística. Michelangelo estaba, a su vez, enamorado de la hija de Lorenzo de Medici y si bien, él era admirado por su obra y fue uno de los pocos que en vida recibió honores por su trabajo, se sentía disminuido ante la hija de su mecenas, sobre todo porque padecía acné y porque no estaba “a la altura” de los Medicis, por lo que cuando se sentía angustiado, salía por días a buscar mármol a las canteras y se ausentaba hasta que se le pasara esa depresión.

Debido al acné, solía mirar siempre hacia abajo, hacia el suelo. Así imagino que iría caminando por las canteras buscando las vetas perfectas para su obra aún más perfecta.

Entonces, ayudado por otros hombres, acarrearía los bloques de mármol elegidos hasta el palacio de los Medicis para empezar a esculpir.

Al mirar en directo la bóveda de la Capilla Sixtina en el Vaticano, se evidencia que no fue meramente un genial pintor quien realizó ese fresco alucinante, sino un escultor. Es una pintura que parece una escultura en altorrelieve. Las figuras están en 3D, por decirlo de alguna forma gráfica.

Michelangelo hizo uso de la técnica denominada “Scorzo” (en francés, “trompe-l’œil”; en castellano, “Trampa al ojo”), que es cuando se notan las salientes de una rodilla, un pie, un hombro, la quijada o cualquier parte del cuerpo que se encuentre adelantada con respecto al resto de la obra. El creador de esta técnica difícil de realizar con presteza es el italiano Andrea Mantegna, quien vivió entre 1431 y 1506.

Michelangelo cumplió su labor bajo el mando del papa Julio II que lo acosaba permanentemente para ver terminada la obra, que sí fue concluida, aunque dejando al artista con una renguera y una joroba que lo hacían ver más viejo por haber trabajado durante tantos años en ángulos casi imposibles, y en andamios, larga cantidad de horas por el apremio de Julio II que lo hostigaba.

El artista se convierte entonces en un sirviente, como en siglos anteriores los hubo en Egipto, Babilonia, Grecia y Roma. Luego, el Medioevo es un gran productor de artistas-esclavos, entre ellos, los escribas que iluminaban los libros de horas en los monasterios.

En algunos libros de horas expuestos en museos, aparecen frases escritas por estos monjes encadenados a su asiento y pasando frío, diciendo “Dios, líbrame de este castigo”.
Es la historia de la humanidad: la explotación del hombre por el hombre.

Desde los faraones egipcios hasta el Vaticano, desde los reyes hasta los dueños de grandes corporaciones, el artista sobresaliente se ha visto siempre sometido a quien lo elegía. Otro tanto ha sucedido con los músicos que sin mecenas no habrían trascendido. Está lleno de talentos que quedaron en el olvido por no haber recibido mecenazgo (sin lo cual, es difícil entrar siquiera en competencia), y quienes lo hicieron, pagaron el alto costo de ceder su vida personal a un tercero.

El mismo Mozart no gozó de la libertad de terminar su “Don Giovanni” con la muerte de este personaje que encarna a Don Juan Tenorio. Es por la temática y por la forma osada en que Mozart escribió junto a Lorenzo Da Ponte esta obra magnífica, que debió estrenarla en Praga y no en Viena o Salzburgo. La Iglesia se oponía a que no hubiera una moraleja final, una advertencia al público sobre lo que puede pasarle a alguien “si se porta mal”, y por eso, fue obligado a escribir el sexteto final con un factor moralizante, como si el final magnífico en que “El convidado de Piedra” (la estatua del Commendatore) viene a buscarlo para llevárselo al infierno, no hubiera sido suficiente.

De hecho, la mayoría de las producciones del presente se abstienen de ese agregado del sexteto final que rompe con el clima previamente logrado a nivel musical y dramático.

El gran artista, el genio que por sus propios medios no podría trascender, debe someterse al mecenas, no sólo llevando a cabo la obra del placer y elección de éste, sino percibiendo un dinero que nunca lo sacará de la pobreza, sino que le permitirá meramente vivir.

Y hay excepciones, como en todo.

“Besarle el anillo” a alguien parece ser casi ineludible en un mundo donde las decisiones las tienen unos pocos, esos pocos que ponen el dinero o que tienen el poder de otorgar un puesto de trabajo. Entonces, hurgando en las vidas de artistas, hay presentes y pasados en donde existe desde el abuso psicológico hasta el abuso físico, la imposición de asistir a lugares, hacer propias las ideas del mecenas, mimetizarse, alienarse para ser productivo o productiva: convertirse en la propiedad privada de un ente explotador.

Volviendo a Leonardo, como él tenía otro espíritu, más independiente que el de Michelangelo, más libre, por decirlo de algún modo, y siendo que tanto le interesaba el arte como la anatomía, tenía sus distracciones yendo por la noche a los cementerios con sus discípulos a profanar tumbas para poder estudiar el cuerpo humano y dibujar minuciosamente cada detalle, para posteriormente, analizar el por qué de ciertos males que aquejaban a los cuerpos. Así es que su tratado de Anatomía es fascinante, sus dibujos siguen vigentes y no dejan de maravillarnos.

Michelangelo, entre su amor no correspondido y su acné, vivía entre la agonía y el éxtasis; este último surgido de sus hallazgos de la veta perfecta de un mármol, donde él decía que vivía un ángel y que, al esculpir, liberaba a ese ángel, dándole la forma que él ya había visto antes de empezar a trabajar.

Sólo quedaba quitar el excedente de mármol y el ángel aparecería. Era un joven melancólico y enamoradizo que acorde pasó el tiempo, fortaleció su carácter y ese fortalecimiento le permitió soportar al Papa Julio II mientras trabajaba en la Capilla Sixtina.

Michelangelo sabía que trabajaba para la posteridad y que, de su vida, no se llevaría gran cosa a nivel humano. La vida como hombre se le esfumó entre las manos durante los años de trabajo en y para el Vaticano. Pero trascendieron él y su obra; todos sabemos quién fue. Sus esculturas superan en realismo a muchos cuerpos vivientes. El tratamiento de las venas, de la musculatura, del cabello, las uñas, habla no sólo de un conocimiento profundo del artista sobre la anatomía humana sino también sobre la física, dado que, estando quietas, no son figuras estáticas, sino que sugieren un movimiento y es por la forma de esculpir que sigue el dinamismo de la espiral de Fibonacci (Leonardo de Pisa, matemático italiano del siglo XIII).

Toda la belleza que admiramos conlleva un trabajo que raramente se produjo entre risas. Toda obra de arquitectura desde las pirámides y los zigurats hasta los rascacielos de hoy, hablan de personas que pasan muchas horas de sus vidas haciendo un sacrificio en las alturas, encorvando sus cuerpos, pasando frío y calor, alternativamente. Más allá de los genios y los mecenas, empecé pensando en el anonimato de quienes trabajan construyendo mansiones, palacios, rascacielos y templos, percibiendo un salario bajo y no quedando su firma en ninguno de los ladrillos de dicha construcción. Ésa fue en realidad mi idea primigenia y ahí recordé a Michelangelo yendo a las canteras y conecté su dependencia con el papa de turno con Leonardo y Sforza.

Todos los caminos conducen a Roma.







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