SEMANARIO

El arte y el tiempo libre, el trabajo y su tiempo esclavo

Javier Gabino

ocio

El arte y el tiempo libre, el trabajo y su tiempo esclavo

Javier Gabino

Ideas de Izquierda

¿Qué harías si tuvieras más tiempo libre? Las respuestas pueden ser infinitas o una clasificación absurda al estilo borgiano. Entre las opciones incalculables que hay, elegiría dos: tiempo libre para “no hacer nada”, tiempo libre para producir o disfrutar del arte. El lector tendrá las propias. Este artículo se conecta con uno anterior donde abordé las preguntas ¿qué relación hay entre el tiempo y la realización de una obra de arte? y ¿cuánto tiempo necesitamos para disfrutar del arte? En el intento de respuesta a ambas una cosa quedó marcada: para conectarse de manera plena con la experiencia artística, hay una necesidad vital de las personas de poder acceder a tiempos extendidos de no-trabajo. Continuando con esa idea, en este artículo ensayo un recorrido por distintas dimensiones de la pelea por el tiempo libre, buscando detectar si hay enlaces con ese deseo, hasta pensar si es posible dar una pelea por el tiempo libre que no se frene ante el tiempo esclavo del trabajo asalariado. A través del hipervínculo entre películas, ejemplos de la historia y textos marxistas, la propuesta es descubrir conexiones que nos acerquen líneas de trabajo que inevitablemente quedarán abiertas.

Podemos pensar que la campaña de la izquierda por reducir la jornada laboral a 6 horas y 5 días para que puedan trabajar todos, es también una campaña por el derecho al ocio, que es una condición mínima para plantearse disfrutar, del arte o de lo que sea. Pero la sola idea parece estar mal. Mauricio Macri, hace unas semanas, criticó nuevamente los planes sociales porque “se ataca el elemento central de una sociedad y de la libertad que es la cultura del trabajo”, como si todas las personas que reciben esas asignaciones no trabajarán además en mil iniciativas precarias y de subsistencia. Alberto Fernández, en una de sus pasadas por la CGT el 1ro de Mayo del 2021, declaró que "el trabajo mueve las sociedades, y el trabajo, como decimos habitualmente los que abrazamos al peronismo, dignifica". Si escuchamos a la derecha rancia, como Javier Milei, el trabajo también tendría una entidad moral que constituye a los individuos; dice que “la gente quiere vivir del fruto de su trabajo” y esas personas serían tanto un recurso a explotar libremente por los empresarios, como participantes de un competencia que seleccionaría al mejor. Todos los periodistas de los medios hegemónicos agitan la misma campaña. Valor de la cultura, hacedor de dignidad, fruto perdido, desear no trabajar no está admitido, aunque todos sepamos que es un deseo muy humano.

Aún más: la crisis social en curso, que obliga al 27 % de los trabajadores a estar sobreocupados, aceptando jornadas extendidas o dobles; o la precarización laboral y el trabajo informal, que castiga al 70 % de los jóvenes; o la desocupación directa, impediría todo debate sobre cuestiones “superfluas” como el “derecho al ocio”, que es una condición para proponerse disfrutar, del arte o cualquier otro deseo. Incluso obviamente: estudiar. Hay prioridades.

En 1883, Paul Lafargue, un socialista que tuvo mucha influencia como agitador y organizador del movimiento de la clase obrera internacional junto a Karl Marx, se enfrentó a un problema parecido. Decía que se estaba ante una “prédica de la abstinencia para los asalariados” realizada por los voceros de “la moral capitalista” de la época. Bajo una especie de “parodia de la moral cristiana”, el objetivo era “reducir al mínimo las necesidades” de los trabajadores, “suprimir sus goces y pasiones” y condenarlos al papel de máquina redentora del trabajo que generaba las ganancias de los empresarios. Lafargue se enardecía ante “ese dogma desastroso” que naturalizaba la explotación y escribió un folleto cuyo título sigue siendo subversivo casi un siglo y medio después: El derecho a la pereza.

En ese folleto, Lafargue identifica la pereza (a modo de un equivalente al ocio para disfrutar) como expresión de “algo natural” en la humanidad, cuestionando la asociación que se establece solo con “el trabajo” como lo único positivo y productivo que hacemos. Para él ambos factores debían ir unidos, incluso porque la reducción del tiempo de trabajo (que decía que debía ser de solo tres horas) debería ser el objetivo del trabajo mismo y sus adelantos técnicos, para extender radicalmente el tiempo de no-trabajo y poder disfrutar de la vida. En este sentido dirá que “si la clase obrera logra hacer esto, la Tierra se estremecería de alegría” y declarará a la pereza como “madre de las artes y de las nobles virtudes” un “bálsamo de las angustias humanas”.

Para Lafargue y Marx, el trabajo como potencia creadora y el trabajo como degradación de “lo humano” tratan dos aspectos de un mismo fenómeno, no del trabajo en general sino del trabajo en su forma capitalista. Por eso de alguna manera El derecho a la pereza es una convocatoria al combate [1], cuyo título aludía deliberadamente a “uno de los siete pecados capitales” mediante el cual las sotanas de la Iglesia pretendían estigmatizar su rechazo y naturalizar el tiempo esclavo. Cualquier relación con la realidad actual y las sotanas periodísticas y políticas que hablan desde los medios masivos de comunicación, no es pura coincidencia.

Comenzar por esta idea no es casual, el punto de vista de Lafargue es siempre el punto de partida inicial en este tema: es la pelea planteada en el terreno de “la cantidad” de tiempo en que deseamos no estar sometidos a la obligación del trabajo asalariado. Y cuya conquista abre potencialmente la posibilidad de un autocontrol sobre nuestros propios cuerpos y deseos, lo cual puede ser subversivo si se desarrolla.

Paul Lafargue y Karl Marx

Hay una película nacional que va directo en este sentido y parece emular en clave de comedia las ironías de Lafargue. Es La fiaca (1969) de Fernando Ayala, protagonizada por unos jovencísimos Norman Brisky y Norma Aleandro, con música de Astor Piazolla. En ella Néstor Vignale (Brisky) es un empleado modelo de una oficina de Buenos Aires, que un lunes por la mañana se decide a faltar al trabajo “porque tiene fiaca” y desata toda una crisis con su esposa (otra trabajadora) y su madre. Nadie comprende sus motivos: no está enfermo, no tiene crisis existencial, simplemente “tiene fiaca”. Ante esa situación, aparece en primer plano la amenaza de la reacción de “la chancha”, que es el jefe odiado de la oficina y obviamente la posibilidad del despido, pero Néstor se mantiene en su deseo de “no hacer nada” y disfrutar de las cosas simples: dormir, bañarse con tiempo, comer en la cama ¿tener sexo un lunes por la mañana?

Mientras tanto, su mejor amigo de la oficina vence el miedo, se entusiasma con la idea y juntos se deciden a hacer fiaca, practican juegos de la infancia, hacen uso de su tiempo y deambulan por ahí sin rumbo como dos “flâneur”, esos paseantes callejeros que observaba Walter Benjamin en París, pero acá en Buenos Aires. En ese contexto la empresa no sabe si se encuentra ante la crisis psicológica de un empleado o ante una “medida de fuerza” diferente, y comenzará una pelea para doblegarlos. A la vez, es interesante destacar que en distintos momentos los electrodomésticos parecen cobrar vida y avisar que deberán ser pagados como una espada que los empuja a sus obligaciones.

En clave de comedia, en La fiaca la pelea por el tiempo de no-trabajo, el ocio, tiene un sentido positivo, inicialmente de resistencia individual, pero que amenaza extenderse y cobrar adeptos. A su vez señala un proceso de crecimiento. Primero los deseos de Néstor son básicos, se encuentran dentro del ámbito de lo que implica “recuperar fuerzas” frente a la fatiga física o psicológica. Pasado ese proceso de recuperación, extendiendo las horas y días de ocio, en colaboración social con un amigo en igualdad de condiciones, podríamos decir que al fin conquista realmente un “tiempo libre” donde logran autocontrol sobre sus deseos, aunque la espada del capital, presentada como necesidad de trabajar para vivir, los persigue de manera despiadada.

A propósito de la relación entre ocio y tiempo libre, es interesante la propuesta de Frederic Munné, en su libro Psicosociología del tiempo libre, un enfoque crítico sobre el ocio burgués [2]. En él hace una introducción a la idea y el contenido social del ocio desde Grecia al capitalismo, una comparación entre los estudios académicos y el marxismo, y una inmersión cada vez más profunda en el problema del tiempo libre que, para el autor, llevado hasta el final debería cuestionar el trabajo asalariado. Parte de la idea de que el concepto del “ocio” corresponde a las escuelas académicas norteamericanas e inglesas, mientras que el concepto de “tiempo libre” corresponde a Marx, como contraposición propagandística al “tiempo esclavo” del trabajo asalariado.

Munné llama la atención sobre los dos componentes del concepto: tiempo y libre, que serían dos elementos que señalan a su vez otros pares similares, como trabajo y ocio, obligación y no-obligación, necesidad y libertad. Según su lógica, la conquista de más tiempo de ocio es una condición para el tiempo libre pero en él no aparece de manera automática el factor de libertad que es su componente más importante. Sobre el tiempo de ocio siempre entra el largo brazo del trabajo asalariado. La necesidad temporal de recuperación física o psicológica, por ejemplo, se podría considerar un tiempo de ocio aún dominado por el trabajo. Sólo superado este tiempo e incluso todas aquellas obligaciones no remuneradas, como el trabajo femenino en el hogar o incluso los diversos rituales sociales impuestos, se podría considerar que están dadas las condiciones de lograr tiempo libre como un salto “de calidad”. Sólo tras ese proceso de superación de necesidades y alejamiento del control externo, el ocio se convertiría en tiempo libre, a la vez que esta transformación no refiere, obviamente, a un proceso acumulativo lineal dada la fragmentación e imbricación de todos estos factores en la vida cotidiana.

Munné desarrolla una relación de cantidad y calidad entre el ocio y el tiempo libre que se vuelve productiva para pensar la pelea por la ampliación del tiempo de no-trabajo desde una perspectiva que no acepte la hegemonía del trabajo asalariado sobre todos los ámbitos de la vida. El verdadero “tiempo libre”, entendido desde su punto de vista, se acerca a la lógica de la producción artística aunque no esté solo relacionada a ese tipo de actividades, en ese tiempo cualitativo se volvería posible llegar a un autocontrol sobre los deseos y los objetivos a realizar, sin un control externo y donde incluso el juego, o hasta “trabajar en algo que nos gusta” se vuelve algo diferente. Apunta a la conquista de un espacio donde también se daría la oportunidad de transformar la propia personalidad. Poniendo énfasis en los aspectos de la autorrealización personal negada a la mayoría pero explotada al máximo en el “éxito de los millonarios” aunque con valores puramente mercantiles [3].

De alguna manera la pelea inicial del movimiento obrero por las 8 horas de trabajo, 8 horas de descanso y 8 horas de recreación, plantearon de forma embrionaria el mismo proceso. Pero con la evolución de la sociedad en el Siglo XX (y más en el Siglo XXI) donde el tiempo de ocio se convirtió en un espacio capitalista preparado para las necesidades creadas del hiperconsumo, con el bombardeo de los medios audiovisuales o la TV y la publicidad, la invasión del “trabajo” sobre el “no trabajo”, incluso en las actividades recreativas regimentadas a partir de la industria del ocio, pondría en cuestión la existencia misma del tiempo libre en los términos señalados por Munné. El cual cuando existe siempre es potencialmente subversivo ante el orden establecido.

Se podría pensar entonces que además de la pelea por ampliar el tiempo de no-trabajo, el cuestionamiento a los espacios regimentados de ocio es parte de una acción consciente para luchar por el tiempo libre y por disfrutar de otra manera. En este sentido, otro de los puntos interesantes de esta mirada es la desnaturalización del concepto, manoseado por la publicidad y el uso común. Es evidente que un “tiempo liberado” de trabajo, no es lo mismo que un “tiempo liberador” de la subjetividad de cada persona. Mientras que, para quien escribe, esto se relaciona con el deseo inicial de “no hacer nada” entendido como la posibilidad de salirse de las imposiciones de la industria del ocio. Deseos difíciles de cumplir en los estrechos marcos de la ley y el orden.

Lo subversivo que puede volverse el cuestionamiento a los espacios regimentados de ocio, podemos abordarlo por ejemplo, en uno de sus mil aspectos, con la miniserie de TV alemana Ocho horas no hacen un día (1972) de Rainer Werner Fassbinder. Uno de los rasgos más interesantes es que es una telenovela, formato popular por excelencia, que salía en entregas semanales y en un canal con un público potencial de 25 millones de personas. Logrando una audiencia masiva y haciéndose muy famosa con todos los tópicos, ritmos y clichés del género liviano. 

En ella está el galán, que es Jochen (Gottfried John) un delegado sindical de hecho; la novia Marion (Hanna Schygulla) que trabaja en un diario. Están los suegros, la convivencia, las rosas, todo está en su lugar. Pero la historia que parecía ir hacia lugares comunes se cruzó rápidamente a los problemas de la clase trabajadora, salariales, de aumentos en los ritmos de trabajo, y por último el detonante de la relocalización de la empresa que les quitará a todos más tiempo de sus vidas. Obligándolos a largos viajes, mostrando como el largo brazo del trabajo se metía aún más en sus vidas y en sus “tiempos muertos”, truncando proyectos ya planificados, como el departamento que Jochen y Marion habían conseguido con esfuerzo cerca de la fábrica. Esa situación y el factor del tiempo comienza a ser el nudo de la historia, al punto que Marion, que siempre es la voz que le muestra a Jochen lo que él no termina de ver, le demuestra en una escena memorable que la ganancia de la empresa surge del robo de su tiempo de trabajo.

Ocho horas no hacen un día tenía previstos ocho capítulos pero fue levantada a los cinco ante la radicalizada propuesta del director que estaba hablando de temas demasiado ríspidos por un medio que en los términos de la cultura de masas debe ser usado para el ocio pasivo, compensatorio del trabajo asalariado. Pero en esa telenovela, Fassbinder se atrevió a tratar los problemas obreros no desde la victimización sino desde la esperanza de la lucha; dijo incluso que aunque el resto de su obra cinematográfica era pesimista (y consumida en círculos “intelectuales”), él no tenía derecho a hacer eso en la TV porque hubiera sido reaccionario (en un medio de masas). Según declaró, pensó que debía decir que “la unidad hace la fuerza” y por eso los tres episodios dados de baja iban a ser mucho más políticos que los anteriores. El director de programación y los empresarios del Westdeutsche Rundfunk no podían permitir agitar en su medio algo semejante, si lo dejaban, la telenovela podía empujar una actividad de ocio pasivo hacía en un potencial tiempo liberador.

La práctica de Fassbinder representa una acción deliberada de un artista que desde una posición conquistada busca cuestionar el sistema. Pero hay otro momento en que el tiempo libre aparece como espacio de libertad y donde también interviene el arte pero desde abajo, esto es en las experiencias de la lucha de clases y hay muchas películas que pueden acercarnos esas experiencias.

Classe de Lutte (Clase de lucha, 1968) es un documental del Groupe Medvedkine de Besançon (Francia) donde el problema del tiempo interviene en toda la historia. Por un lado trata del proceso de cambio en el tiempo de Suzanne Zedet, una mujer que ahora es delegada, habla en mítines y organiza la lucha de su fábrica, pero que vemos en un documental anterior como “no militante”, ya que su marido no la dejaba. Por otro lado, la empresa donde trabaja es una fábrica de relojes cuyas trabajadoras fueron impactadas por las movilizaciones del Mayo Francés, por lo que el dominio del trabajo pierde autoridad ante los deseos de las trabajadoras.

En ese marco, el documental nos regala al final de la película un intercambio con Suzanne a partir de un cuadro de Picasso que tiene en su casa. Ella reflexiona sobre la importancia del arte y la cultura para los trabajadores recordando novelas, poemas y obras de arte que la marcaron en su tiempo libre conquistado a partir de la lucha. Dice que al mismo tiempo que descubrió la pelea de la clase obrera también se dio cuenta que la cultura es algo que aportaba cosas. Y que en el fondo no sabe por qué no iba a una exposición de pintura o no leía un poema. Culmina planteando que para ella “es muy importante esta batalla”. Y que ahora “la CGT pelea por las reivindicaciones culturales, como una biblioteca, o una exposición en la fábrica. Porque son muy importantes, del mismo tipo que las reivindicaciones salariales”.

En nuestro recorrido por distintas dimensiones de la pelea por la ampliación del tiempo libre (y sus vínculos con la experiencia artística), Clase de lucha muestra que cuando se desarrolla la lucha de clases, el largo brazo del trabajo asalariado que se mete hasta en los tiempos de ocio se retrae y permite a los trabajadores otras dimensiones de su propia personalidad antes impensadas. En esas experiencias, las oposiciones, que nunca son estancas, entre trabajo y ocio, obligación y no-obligación, necesidad y libertad se atraviesan.

Afiches de La Fiaca, 8 horas no hacen un día y Clase de Lucha.

Las mejores demostraciones de esto están, por ejemplo, en lo que sucede cuando los trabajadores comienzan a tomar el control sobre la producción. En esos procesos siempre convulsivos, la experiencia del trabajo como degradación de “lo humano”, comienza a ceder frente al trabajo como potencia creadora colaborativa. Esto sucede cuando se ponen en pie fábricas bajo control obrero y en ellas “el tiempo libre” invade de alguna manera las estructuras antes dominadas por la regimentación del trabajo. La primera medida de las y los trabajadores siempre es reorganizar la producción y los ritmos de trabajo, el paso mínimo para dejar de ser apéndices de la máquina y controlarla. Y por alguna razón profunda el arte siempre es llamado a la cita.

Cuando la textil Brukman de la Ciudad de Buenos Aires fue tomada por sus obreras en el 2001, inspiró cortos y documentales, pero al mismo tiempo y casi de inmediato abrió sus puertas al arte y la cultura. Se realizaron obras de teatro y proyecciones de películas entre máquinas de coser, sacos y agujas. Entre ellas se realizó en el año 2003 una memorable función de La madre, una obra de teatro de Bertolt Brecht basada en la novela de Máximo Gorki, que cuenta la historia de una mujer que se hace militante política impactada por las convicciones revolucionarias de su hijo. En esa función algunas obreras contaron que era la primera vez que asistían al teatro, pero el teatro era ahora la fábrica misma, y esa anécdota es solo una de decenas de actividades y acciones, recreativas, políticas y de lucha, del arte y las trabajadoras.

De igual manera, la cerámica Zanon de Neuquén, con más de 20 años de lucha, fue inspiración de innumerables producciones artísticas. El tema de este artículo, da otra dimensión a un “cantito de marcha” popularizado a partir de esta lucha: “viva la lucha de Zanon, que viva el control obrero, porque su lucha es un ejemplo de trabajo y libertad”. Más de una decena de películas documentales y cortos, libros de ensayo y ficción, murales, obras plásticas dedicadas, poemas, obras de teatro, canciones. Pero nuevamente lo interesante es que el mismo ámbito fabril tendió a convertirse cada tanto en un enorme centro cultural que realizó importantes recitales con destacados músicos y bandas. Manu Chao, La Renga, Attaque 77, Arbolito, León Gieco, Raly Barrionuevo, Dúo Coplanacu, Bersuit Vergarabat, Ska-P y tantos más. El ámbito mismo del trabajo mutó bajo el control obrero a un espacio cultural que incluso fue sede de certámenes artísticos como Latinoamérica Arde en 2004 o el impulso de la Asamblea de artistas por Zanon a partir de 2008.

El texto de convocatoria al certamen abría una reflexión:

Queremos llevar nuestras obras junto a quienes con su obra diaria sientan las bases para una cultura verdaderamente nueva, a los trabajadores que dijeron basta a la humillación y tomaron las fábricas en sus manos, a los millones de desocupados que luchan por trabajo genuino, a las mujeres que alzan su voz contra la opresión cotidiana, a los estudiantes que se animan a cuestionar la academia, porque creemos que solo junto a ellos podremos invertir el (des) orden establecido.

Ejemplos de este tipo también se dieron en la gráfica Madygraf, gestionada por sus trabajadores, cuando transformaron por completo un galpón fabril y lo convirtieron en el escenario con enormes bobinas de papel para que cantantes y músicos ofrecieran un repertorio lírico y popular entre los que se encontraban artistas del Teatro Colón de Buenos Aires durante 2016. O cuando en 2019 algunas de las y los mejores exponentes del rap, trap y el freestyle, como Trueno, tocaron en el festival Fábrica de rimas.

Llegado este punto se impone recapitular sobre lo escrito. Un recorrido por distintas dimensiones de la pelea por el tiempo libre y sus implicancias. En los últimos párrafos desarrollé aspectos ligados a la lucha de clases y por lo tanto politizados. Pero hay que remarcar que la sola ampliación del ocio y la conquista de un tiempo liberador donde cumplir cualquier deseo sensible de las personas sin ningún fin definido más que disfrutar, es una necesidad y debería ser un derecho. Y también que su obtención es un hecho profundamente político, frente a la imposición de la lógica del trabajo asalariado en todos los ámbitos de la vida. El recorte busca señalar un camino necesario en relación a las posibilidades de cuestionar ese dominio. La pelea por el tiempo libre puede ser una bandera de guerra anticapitalista.

Frederic Munné, a quien cité más arriba, no desarrolla la lucha de clases como un motor de transformación en la lucha por el tiempo libre, pero en su análisis llega hasta el límite del problema, planteando que el trabajo y el ocio no son opuestos ni autónomos sino recíprocamente complementarios, de naturaleza dialéctica. La recreación entremezclada con el descanso, la pereza, la fiaca, son un detonante de las actividades creadoras, y por lo tanto un factor decisivo en la transformación personal y social. Sería posible una síntesis con estas facultades si la producción y la obligación del trabajo estuvieran bajo otras normas, para lo cual habría que cambiar radicalmente las condiciones sociales. Siendo más concreto: si concebimos al tiempo libre como la búsqueda de un tiempo de verdadera libertad, no se debería frenar ante el “tiempo esclavo” del trabajo asalariado.

Para terminar quisiera recordar que en el primer artículo sobre este tema abordé la relación entre el tiempo y producir o disfrutar del arte. Escribí que uno de los puntos de vista más radicales de la fracción revolucionaria del campo artístico del siglo XX fue considerar que los códigos profundos de la producción artística chocaban en su esencia con los del capitalismo.

En este sentido, en el libro Marxismo y modernismo, un estudio histórico de Lukács, Benjamin y Adorno, de Eugene Lunn, el historiador de la cultura intenta esbozar el pensamiento de Marx y Engels en cuanto a las relaciones entre el trabajo y el arte (el cual, como vimos, necesita del tiempo libre). Plantea que Marx nunca quiso dar una receta (imposible) para el futuro comunista por el que peleaba. Pero las veces que lo hizo las consideraciones estéticas y culturales tenían un papel importante en sus breves sugerencias de lo que sería tal sociedad. Según Lunn habría algunas diferencias de énfasis entre Engels y Marx sobre este punto:

En las obras de Engels se centra la atención en una democratización técnicamente posible de la cultura tradicional mediante la expansión del ocio para todos. En cambio, en las obras de Marx se hace hincapié en la promesa de la futura realización humana contenida en las grandes obras de la literatura del pasado, así como una previsión (o esperanza) de que el carácter del trabajo mismo se volvería cada vez más estético en una sociedad futura.

Para Lunn, no es que a Marx no le interesara la democratización de la actividad cultural, sino que

… esperaba también el parcial mejoramiento estético del propio proceso de trabajo, [...] porque el trabajo llegaría a incluir un juego más libre de las facultades físicas y psíquicas. Mientras que en la cultura actual, “para la enorme mayoría, [es] un mero adiestramiento para actuar como una máquina”, en una sociedad comunista futura se desarrollaría una vida cultural genuina, libre, en estrecho contacto con el trabajo y la tecnología modernos; y en este sentido la invalidante división del trabajo entre el arte y la industria, y entre el arte y la ciencia, se eliminaría... Con el control democratizado de los medios de producción, es decir, en una economía dirigida por decisiones sociales y no por decisiones privadas, podría surgir el componente “utópico” del arte como un enriquecimiento de todas las actividades humanas.

Tomando esta idea, para Marx se debería llegar hasta un punto en que el tiempo de trabajo y el tiempo libre sean una sola cosa: no solo tiempo libre de trabajo, sino también tiempo de trabajo libre.


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NOTAS AL PIE

[1La pereza y la celebración de lo humano y otros escritos; es un libro de Pablo Rieznik cuyo primer capítulo elabora este punto de vista como homenaje y reivindicación de Paul Lafargue de manera exhaustiva. Luego trabaja el punto de vista de ese autor sobre “la bancarrota capitalista” (Editorial Biblos, Pensamiento Social)

[2Por razones obvias en este artículo solamente pueden aproximarse algunos aspectos de los múltiples desarrollos de Munné en su libro sobre el tiempo libre de 1980 (La publicación de la Editorial Espíritu Guerrero, contiene una entrevista al autor de 2009 donde repasa sus puntos de vista a la luz del Siglo XXI). También es interesante su abordaje sobre las ideas positivas y negativas del ocio. Señala que mientras los griegos lo vivían de manera positiva y casi como el fin más alto de la vida (posibilitado por el esclavismo), la idea del ocio tuvo luego mutaciones negativas, sobre todo en la moral protestante y en la primera etapa del capitalismo a la que se enfrenta Lafargue. En el Siglo XX deriva en un nuevo uso “positivo” en la cultura de masas, pero convertido en una “obligación” más, como espacio de consumo.

[3El concepto de autorrealización es tomado por Ernest Mandel en su libro El poder y el dinero (1994), tanto en sentido positivo como su uso negativo bajo el capitalismo. Dice: “‘La naturaleza humana’ es en gran parte una representación de necesidades humanas, que incluye la necesidad de autorrealización o, como lo plantea Amitai Etzioni, ‘la autorrealización sin sumisión, en una situación de iguales, sin ninguna relación jerárquica’. Es precisamente el concepto marxista de la extinción del estado, contrariamente a lo que suponen los numerosos críticos del ‘utopismo marxista’, el que corresponde a este aspecto fundamental de la naturaleza humana. Durante la mayor parte de su presencia en este planeta, la humanidad ha vivido sin estados y sin burocracia.” Más adelante agrega “Creemos, simplemente, que la persecución del interés personal no es la prerrogativa exclusiva de los tiburones de las casas de bolsa, los expertos en compras de empresas con problemas, los yuppies, los industriales, los banqueros, los pequeños comerciantes o los politiqueros profesionales.”
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Javier Gabino

@JavierGabino
Nació en Santa Rosa, La Pampa, en 1972. Grupo de Cine Contraimagen. Codirector, guionista y montajista de La internacional del fin del mundo (2019), la serie Marx ha vuelto (2014), Memoria para reincidentes (2012) y diversos materiales audiovisuales sobre revoluciones y luchas obreras.