OPINIÓN

El factor Lavagna y la unidad nacional

La crisis se agudiza y las coaliciones políticas se rearman. Los dueños del país se preparan para un macrismo agónico o directamente para el posmacrismo. El economista de la triste figura como ilusión bendita del país burgués.

Fernando Rosso

@RossoFer

Jueves 28 de marzo | 14:34

La Argentina va camino al colapso. Los tiempos precisos no se pueden predecir, pero el rumbo está más que claro y el desenlace es inevitable. La debacle tomará la forma de un default impuesto o negociado.

En la coyuntura, el persistente ascenso del dólar no puede ser contenido ni con las tasas asesinas del Banco Central que rozan el 70% ni con el aporte módico de 60 millones de dólares diarios que habilitó a ofrecer el FMI y que llegarán recién en las próximas semanas. La persistencia inflacionaria, el derrumbe del consumo, el hundimiento industrial y la recesión económica son coronados por una pobreza que ya alcanzó el 32 % y el deterioro general del salario. El malestar se va transformando en bronca y de la bronca al odio hay un solo paso.

La crisis económica fogonea la crisis política y la crisis política detona aún más la economía. Ambas llevan al agravamiento de todos los indicadores sociales. La síntesis es una crisis orgánica con todas las letras o una tormenta perfecta.
Ante esta evidencia irrefutable, se postulan distintas coaliciones para administrar la debacle y, sobre todo, para evitar el estallido.

La coalición oficial pierde cada vez más apoyos entre los empresarios, se sostiene con un núcleo duro de bancos, privatizadas, el capital financiero y el FMI, y con cierto respaldo desconfiado de la patria sojera.

La mal llamada “burguesía nacional” (AEA, Techint, Clarín o la Unión Industrial) alienta la candidatura del economista de la triste figura: Roberto Lavagna. No sólo por la disminución vertiginosa del capital político del presidente Mauricio Macri y la eventualidad probable de que pierda las elecciones; sino también por la posibilidad de que gane, continúe con el mismo plan, “pero más rápido” (como deslenguadamente le dijo el presidente al escritor Mario Vargas Llosa en el Congreso de la Lengua) y los arrastre al abismo de un gobierno agónico.

Lavagna se propone como la cabeza de una gran coalición para un gobierno de “unidad nacional” con peronistas, radicales, socialistas, progresistas y cambiemitas desilusionados. La propuesta es en sí misma un reconocimiento de la magnitud dramática de la crisis. Tiene algunos problemas: aún le falta el favor popular de los votos y superar la competencia, sobre todo de Sergio Massa. Obstáculos tácticos y costos a pagar si se pretende sostener el juego democrático que, con todas las deformaciones del caso, no deja de manifestar relaciones de fuerza más profundas.
El factor Lavagna desató esperanzas e ilusiones no sólo en cierto círculo rojo empresarial, sino también en algunos ámbitos intelectuales y progresistas. Pero con la crisis y las condiciones estructurales marcando el paso de la política, Lavagna sólo puede ofrecer más volumen político para un ajuste negociado. No muy diferente al que tuvo que aceptar María Eugenia Vidal con la docencia en la provincia de Buenos Aires. Quienes soñaban con transformar a Vidal en la Thatcher criolla con la imposición de una derrota ejemplar a los docentes tendrán que esperar hasta el próximo turno. El lavagnismo, a lo sumo será macrismo con sensibilidad social o vidalismo en sandalias.

Por último, el kirchnerismo como tendencia de centroizquierda dentro del peronismo, comparte la esencia del programa de Lavagna, de ahí los acuerdos alcanzados con los “Lavagnas” provinciales en Córdoba, Tierra del Fuego o Tucumán. Pero su discurso político y la representación simbólica de sus referentes son más “frentepopulistas”, como para ser aceptado como factor de contención frente a una agudización de la conflictividad social que hasta hoy no se desató. La resignación ante el peronismo de centro no es una cuestión de pisos o techos electorales, sino un problema político de condensación de relaciones de fuerzas sociales.

La ausencia de mayor conflictividad o, dicho en términos clásicos, de lucha de clases ante un ajuste salvaje, es el enigma que han tratado de descular analistas, politólogos o cientistas sociales durante todo este tiempo.

El fenómeno tiene varias causas: los frenos que tuvo que aplicar el mismo Gobierno (sobre todo después de las jornadas de diciembre de 2017) que implicaron bajarse del programa de máxima del “reformismo permanente” y avanzar sólo parcialmente en sus objetivos; el rol de la dirigencia de la CGT que se la pasó tres años levantando los paros que nunca llegó a convocar o congelando la continuidad de los que efectivamente se llevaron a cabo; la recesión que golpea –por lo menos en el inicio– como factor disgregador y de disciplinamiento y la “institucionalización” de los sectores más bajos de la clase trabajadora con el surgimiento de lo que la investigadora Luisina Perelmiter llamó “burocracia plebeya” que, además, actúa bajo la pacificadoras órdenes del santo padre que vive en Roma. En su libro de reciente publicación (El Papa peronista, Ariel, 2019), el periodista Ignacio Zuleta asegura: “La paz en las calles en los años de Macri en el gobierno es responsabilidad de Bergoglio a través del mandato de sus representantes en las organizaciones sociales”. Amen. Sentencia también que fue el actual Papa el que guió al Gobierno a convertir en ley el tutelaje de esos que siempre habrá entre ustedes: los pobres (con la Ley de Emergencia Social o la Ley de Expropiación de Tierras). A toda esta maquinaria de pasivización y contención se agrega un factor político alimentado por todas las alas del peronismo: las calles no fueron la prioridad porque el centro de gravedad estuvo puesto desde el inicio en el objetivo de enfrentar a Macri exclusivamente en el terreno electoral ("Hay 2019"). En el mientras tanto, Cambiemos y su banda rompieron todo lo que la relación de fuerzas les permitió romper y, por supuesto, esos platos destrozados los pagan las mayorías populares. Si todo este ajuste se hizo “sin que caiga el Gobierno” (Nicolás Dujovne dixit), la hazaña tiene muchos responsables más allá y más acá del oficialismo.

El momento que atraviesa la crisis y la disposición de fuerzas determina que un gobierno de “unidad nacional” sea la opción del establishment hoy antes que alguna resignación a una opción "frentepopulista". Aunque el tránsito de uno hacia la otra puede darse vertiginosamente si el elemento catastrófico de la economía empuja a una agudización de la crisis que haga volar por los aires este mecanismo de relojería al servicio de la sacrosanta paz social.

En todo caso, las opciones de las fuerzas tradicionales ofrecen más de lo mismo y “más rápido” (Macri), quizá ya condenado por aquello de que Dios ciega al que quiere perder o la continuidad del ajuste, pero por otros medios, con lavagnismo de unidad nacional para todos y todas. El kirchnerismo hoy se debate entre el gradualismo de la capitulación en cuotas en las provincias o la rendición total.

El factor Lavagna emerge como un descafeinado mal menor en el momento exacto en que el mal mayor casi se queda sin nafta y mientras tiene en el horno a un país que quema.







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