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Ensayo sobre la ceguera: una novela sobre la degradación humana

Se trata de la obra cumbre de José Saramago (1922-2010), Premio Nobel de Literatura (1998). Publicada hace un cuarto de siglo, en tiempos de COVID-19 recobra una escalofriante actualidad. Intentando evitar posibles spoilers, aunque con escasas posibilidades de lograrlo, aquí una reseña crítica. Quien avisa, no traiciona.

Lucia Battista Lo Bianco

Estudiante de Letras-UBA

Jueves 9 de abril | 15:51

En las últimas semanas la noticia fue que este clásico del escritor portugués como otro, La peste de Albert Camus (1947) se dispararon en ventas no bien desatada la pandemia que nos asola y nos ha confinado a la cuarentena. Además, diversas críticas han circulado en redes sociales hacia los recomendadores de libros que mencionaron estas novelas, entre otras, como lecturas posibles para la cuarentena porque tematizaban en sus tramas una epidemia, ya que fueron tomadas como una invitación a la depresión. Justo cuando la depresión combinada con encierro forzoso no es un combo muy alentador. Y es verdad, sin embargo, Ensayo sobre la ceguera tiene algunas aportaciones para hacernos porque nos pone en la encrucijada de cómo es vivir y ver sin estar viendo.

Para la generación a la cual pertenezco la famosa afirmación de Fredric Jameson de que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, es bastante así. Es que esta cuarentena que estamos transitando es prácticamente una de las primeras cosas que de forma total interrumpe nuestra cotidianeidad y vemos cómo sucede lo mismo a lo ancho del globo. Es que nos quedan bastante lejos las dos guerras mundiales, la Guerra fría, las dictaduras latinoamericanas e incluso la Guerra de Malvinas. Por eso también, estamos más habituados a consumir a través del cine o la literatura este tipo de distopías, que a vivirlas en carne propia.

Hoy por tí, mañana por mí

La novela está narrada de una forma extraña por un narrador omnisciente que repone en un continuo de cuatrocientas páginas las voces de los personajes, sin habilitar ni una sola línea de diálogo. Además, contiene insertados todo tipo de refranes que circulan en la llamada “cultura popular” y que, evidentemente, atraviesan fronteras porque la novela fue publicada en 1995 en Portugal. Estas frases hechas funcionan como corolario o justificación de las actitudes que toman y de las reflexiones que hacen los personajes a lo largo de la novela. El primero que aparece es el que subtitula este apartado, se lo dice el personaje que acompaña al “primer ciego” -tal como lo denomina el narrador a lo largo del relato- a su casa.

La historia comienza así: un señor en su auto espera frente al semáforo y de repente se queda ciego. Una ceguera blanca, desconocida hasta entonces. No hay razón alguna para el “mal blanco”, como lo llama el Gobierno, y ataca de repente a cualquiera. El contagio se propaga en cuestión de horas a una porción considerable de la población. Pero el Gobierno, no tiene mejor idea que meter en cuarentena en un manicomio (¡sic!) a los contagiados y a los posibles contagiados. Al principio eran unos cuarenta, luego fueron llegando más y más camiones con gente hasta que llegaron a ser cerca de trescientos. El lugar, como era esperable, colapsó. Las salas no alcanzaron, la gente ciega vivía y dormía en los pasillos en el piso sufriendo el riesgo de ser literalmente pateada y pisada por otros internos, obviamente también ciegos. Mientras hubo posibles contagiados, estos tenían prohibido tener contacto con los contagiados, pero pronto -como era de esperar- esa distinción se volvió innecesaria. La estrategia del Gobierno para controlar la epidemia es en todo errada: al comienzo subestima el contagio, luego hacina durante meses a los contagiados en un lugar donde no hay espacio suficiente, ni agua, la comida llega con un día o más de demora, o directamente no llega, y si lo hace es en raciones por demás de insuficientes, mientras mantiene controlados con el ejército a los infectados (cualquier similitud con la realidad, no es mera coincidencia) y no tiene prurito de disparar y asesinar cuando es necesario.

Y dejo acá, porque lo demás sí es spoiler liso y llano de una novela que en todo, vale mucho la pena leer.

El peor ciego es el que no quiere ver

El punto está en que a fin de cuentas, la vida real que inaugura esta pandemia se parece en mucho a las distopías de la ficción. En la novela, la ceguera funciona como una metáfora, como un señalamiento para aquellos que viendo, sin embargo, no ven; en contrapunto de aquellos que a pesar de estar ciegos, logran ver. Para ponerlo en términos del Principito, la novela vuelve sobre el tópico de que “lo esencial es invisible a los ojos”. Pero a diferencia del clásico de Antoine de Saint-Exupéry, aquí lo que escasea es la romantización. Ensayo sobre la ceguera desnuda las relaciones humanas con una crudeza y una simpleza admirable. Es capaz de develar las miserias que nos atraviesan, con total franqueza, en una sociedad signada por la desigualdad: cuando no alcanza la comida siempre habrá alguien aún capaz de apropiársela y hacer usufructo de ello; la moneda de cambio como en toda la historia de las civilizaciones, en este caso cuando se agota la riqueza material, también puede ser el cuerpo de las mujeres (suplicio de algunas, beneficio de muchos); el asesinato de un otro (que representa, sin saberlo, el mal de todos los males) más que defensa propia es la expresión de un miedo atroz o una venganza por demás necesaria; cuando los muertos son en masa, no tienen sepultura (¿un anticipo de Guayaquil?).

Pero la particularidad destacable de la historia, tiene que ver con que se adentra en la búsqueda del fundamento último que hace surgir todos esos sentimientos despreciables: el individualismo más descarnado, el egoísmo más grotesco. Es decir, de cuáles son las condiciones del entorno, las bases materiales que favorecen la emergencia de tales o cuales sentimientos y actitudes en las personas.

La primera desesperación surge de la desigualdad, al grito de: “Estoy ciego”. Luego de eso, el derrotero al que los condena el miedo a la alteridad y la desidia del Gobierno que termina convirtiéndolos en un desecho humano es solo cuestión de tiempo. Para el “mal blanco” no hay tratamiento ni se intenta que lo haya. La estrategia del gobierno es literalmente un refrán: “Muerto el perro, se acabó la rabia”. Y “mejor si se matan entre ellos”, opinan los del Ejército. Aparece concretamente en este mar de incertidumbre y violencia la idea de la muerte: “Sabía que si fuera necesario volvería a matar, Y cuándo es necesario matar, se preguntó a sí misma mientras se dirigía hasta el zaguán, y a sí misma se respondió, Cuando está muerto lo que aún está vivo” (2014: 242).

Todos estos temas existenciales emergen en medio de ese “sálvese quien pueda” que es el leitmotiv de la novela, un retorno a la barbarie con franca animalización de las personas. Sin embargo, tampoco escasean gestos heroicos de solidaridad, de un altruismo necesario, de espíritu colectivo, de una comunidad en mutua ayuda y colaboración que a fuerza de males se ve obligada a comprender que de esa salen todos juntos, o no sale ninguno (y no porque no se quiera, sino porque es imposible). Otra vez, un refrán (que no aparece en la novela pero viene al caso): todos para uno y uno para todos.

La ceguera, en última instancia, termina siendo un “castigo” que bajo el precio de arrasar con toda la sociedad y convertirlos en mendigos ciegos (como el Tiresias de Sófocles pero que hurgan en la basura para no morir de hambre), los obliga a cultivar la esperanza y a dotarse de la organización, la templanza y la solidaridad necesarias para sobreponerse. Desde el comienzo queda demostrado que nadie, empezando por el Gobierno, hará nada por ellos, solo de ellos mismos depende sobrevivir:

"El único milagro a nuestro alcance es seguir viviendo, dijo la mujer, amparar la fragilidad de la vida un día tras otro, como si fuera ella la ciega, la que no sabe adónde ir, y quizá sea así, quizá realmente la vida no lo sepa, se entregó a nuestras manos tras habernos hecho inteligentes, y a esto la hemos traído [...] El tiempo se está acabando, la podredumbre se amontona, las enfermedades encuentran puertas abiertas, el agua se agota, la comida se ha convertido en veneno [...] Es una gran verdad eso de que el peor ciego es el que no quiere ver.” (2014: 371)

¿Ver para creer?

No se trata estrictamente de una novela pedagógica, en el sentido de dejar una moraleja, pero sí podemos decir que tal como lo indica el título, en el relato circula una paradoja, aunque no solamente desde el punto de vista genérico (se nos presenta como ensayo, pero leemos una novela). Se trata de un ejercicio literario de aproximación, de exploración, de análisis de las diferentes experiencias humanas en medio de una epidemia, que no es cualquiera, sino una ceguera generalizada. Se representa, en última instancia, una distopía con un profundo principio de realidad (cierto es que así son todas las distopías, solo que en medio de nuestra pandemia la actualidad de ésta refracta). Porque esas miserias sociales que desnuda la epidemia, también son o pueden ser las nuestras (basta para esto ver a las policías en los barrios, la prepotencia del cheto que le pegó al guardia de seguridad de su edificio o la actitud de los vecinos de Belgrano y Villa Crespo con los médicos con los que comparten edificio).

Después de tanto sufrimiento injustificado y habiendo dejado de ser estrictamente quienes eran, transformados por una experiencia en extremo traumática, se demuestra falso el refrán que dice “ojos que no ven, corazón que no siente”. Bien lo manifiesta un ciego que antes de ser ciego era tuerto, en medio de una deliberación colectiva donde se debaten cómo recuperar la comida que “los malvados” les robaron: “Siempre hubo quien se llenó la barriga con la falta de vergüenza, pero nosotros, que nada tenemos ya, a no ser esta última y no merecida dignidad, seamos capaces, al menos, de luchar por los derechos que son nuestros” (2014: 246). He aquí, el hilo rojo del ghetto de Varsovia. Nada que no podamos pensar en reinventar en medio de nuestra pandemia.

Como si fuera poco, sobre el final de la novela queda planteada la posibilidad de que es posible que el ser humano abandone su individualismo más grosero, solo si se trastocan radicalmente sus condiciones de vida. Así, dice una de las protagonistas: “Qué tiempos éstos, vemos cómo se invierte el orden de las cosas [...] La necesidad puede mucho” (2014: 379).

Así nosotros bajo el designio de lo que puede la necesidad, todavía estamos a tiempo de no terminar en la ceguera.







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