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Red Internacional
Domingo 18 de septiembre | Edición del día
Fotos: Mariana Nedelcu

Sin embargo, es invierno. Puedo mirar fijo al sol, sostenerle la mirada unos segundos y comprender su redondez en medio de un cielo bastante rojo, muy gris plomo. Es temprano pero el movimiento parece más bien de mediodía. Los bomberos de la Brigada Nacional Sur amanecieron hace rato, quizás ni siquiera eso.

Nos acercamos. Con la cámara en el cogote miro para abajo en un estúpido esfuerzo por hacerme invisible. Camino lento, como tanteando, como pidiendo permiso. O perdón. Eso para lo que se preparan es cosa seria. Son muchos, unos treinta, tal vez más. No me animo a contarlos. Vinieron desde el sur para ayudar a apagar el fuego en el norte. Vienen de lejos. Desde donde el terreno y el clima son muy distintos. Van al monte, a la selva seca y áspera de canales de cemento. Pareciera que el agua en las Yungas ya no es del bosque. Tal vez, quienes más tienen pueden arrogarse el derecho de decidir qué plantas merecen ser regadas. Lo cierto es que el cerro está perdiendo su humedad y, con ella, la vida. Lo nativo está siendo saqueado. Lo salvaje se vuelve gris, cada vez más gris. Lo verde pareciera sólo reservarse para el orden perfectamente geométrico de las hectáreas cultivadas. Como el agua.

Todo tiene que ver con todo.

Los incendios forestales ya arrasaron con más de 6.000 hectáreas de las Yungas en Jujuy.

Es de noche. El humo retiene las luces de Yuto que iluminan distinto. Dieciséis jóvenes socorristas se reúnen en un primer piso peladísimo, de ladrillo hueco a la vista, que alquilan entre todos. El más joven tiene 17 años. El mayor no llega a duplicar su edad. Conforman un Grupo de Acción y Prevención de Siniestros. Son voluntarios. Ayudan. A ellos mismos y al resto. Pero eso que dan, no vuelve. Nadie los asiste. “Estamos solos”. Tan absurdo como suena. No tienen seguro, ni vehículo para trasladarse. El equipo que tienen, prolijamente acomodado al fondo del monoambiente, es notoriamente insuficiente. Lo poco que hay no les pertenece, es prestado. A pura rifa consiguen apenas algo de lo mucho que necesitan. Todo es a pulmón.

Jóvenes Socorristas de Yuto, de entre 17 y 32 años, se auto organizan por su compromiso con el medio ambiente y la comunidad.

El agua falta. Le falta a la tierra y también a los brigadistas que trabajan bajo contrato y hoy ponen el cuerpo y la vida lejos de casa, en Caimancito. Uno de ellos, en su segundo día combatiendo el fuego, pasó del monte al hospital. Lo sacó del infierno el mismo helicóptero que lo llevó a darle pelea al fuego. Lo dejó a un costado de la ruta descompensado, con presión muy alta, vómitos y compañeros con ojos extraviados y envueltos en llanto. Estaba deshidratado. “El trabajo es insalubre y de alto riesgo” dice uno con 20 años y apenas unos meses de experiencia en este oficio que ya ama pero buscó por necesidad. Las condiciones son extremas. El sueldo, escaso. Duelen el alma y los músculos. Todo se hace cuesta arriba en las Yungas y no solo sus pendientes empinadas. “Te pinchás, te llenás de bichos, comés y se te llena la cara de avispas”. Pareciera que el monte se defiende con lo que tiene, uñas y dientes. No es para menos.

Un helicóptero aterriza al costado de la ruta 34 para llevar a un grupo de brigadistas de Parques Nacionales que fueron convocados como refuerzo para combatir los incendios de las Yungas jujeñas, al monte donde hay focos activos.
Una cuadrilla de brigadistas planifica las acciones a realizar al enfrentar los incendios que se encuentran activos en el monte dadas las dificultades particulares que implica combatir el fuego en ese terreno.

Los jóvenes voluntarios organizan la noche en su cuartel improvisado, despiden a sus compañeras de lucha que hoy van a descansar, aunque más no sea por algunas horas. Quieren defender su lugar: la selva donde han jugado de niños. Se les infla el pecho que les desborda de humildad y solidaridad. Se les enciende la mirada, convencidos de estar comprometidos con una causa palpablemente justa. Es su casa la que quieren proteger, la naturaleza a la que le deben cuidado, la que los abriga como lo hizo con sus antepasados y así, desde el inicio de los tiempos. Comenzaron con el barrio Sur, baldeando el fuego codo a codo con los vecinos y vecinas cuando las llamas amenazaban con llevarse todo y vidas. Continuaron en el corte de ruta atendiendo a la gente afectada por los incendios con paciencia infinita y la humanidad a flor de piel. “Estábamos ahí y veíamos como se cruzaban los animales escapando del fuego. Es feo. Da tristeza... La verdad es muy feo” dice una joven voluntaria, jefa de comunicación, que no debe pasar los 20, con un nudo en la garganta que por un instante nos iguala.

Se me vienen a la cabeza los Bomberos Voluntarios de Libertador Gral. San Martín que siguen esperando, en un cuartel precario emplazado en un terreno que ni siquiera les es propio, a ser convocados para hacer lo que saben. Se pusieron a disposición, pero parece que las más de 6000 hectáreas arrasadas por el fuego que no da tregua, no son suficientes para tenerlos en cuenta. Son catorce y les sobra voluntad. La batalla allí es contra la resignación. Obra social, no tienen. Seguro, tampoco. De nuevo las rifas como recurso. Lo que no les prestan lo construyen con sus manos, así fabricaron muchas de sus herramientas. Cuando la necesidad es mucha, hay que optar en qué canasta poner los huevos. El problema está cuando las canastas son demasiadas.

Un miembro de la Brigada Nacional Sur espera su turno para intentar detener el avance del fuego en la zona de Caimancito, Jujuy.

Pienso en la valentía de estos jóvenes, hombres y mujeres, la serenidad en sus cuerpos, la mirada concentrada frente a tanta violencia. Me pregunto si soy capaz de ese coraje. Me descubro frágil y un tanto vulnerable a su lado.

Miembros de la comunidad originaria de la localidad de El Bananal se ven fuertemente afectados por el avance del fuego y el humo.

En un barrio de El Bananal, un grupo de vecinos se reúne para juntar, entre todos, lo poco que tienen para darlo a los brigadistas y voluntarios que carecen de tanto. La mayoría trabaja en fincas, como la Perales, donde se originó el incendio. Trabajan y en algunos casos son obligados por sus patrones a enfrentar al fuego, para defender los cultivos que ellos siembran, cuidan, cosechan pero son de otros, aunque en ello se les pueda ir la propia vida, como si esas tampoco les pertenecieran.

Una madre con su hijo descansan en el patio de su casa en la localidad El Bananal, departamento de Ledesma. Mientras los incendios avanzan día tras día en esa zona, la comunidad organiza una campaña solidaria para los brigadistas que combaten el fuego.

"Siempre nos dicen de ser solidarios. Yo creo que de eso se trata, de cuidar la casa en común. Acá aprendemos que de lo poco que tenemos también lo podemos dar. Ayudamos a los que nos están ayudando. Nos cuidamos entre todos". Hablan de empatía, de lo injusto, de lo colectivo, de la escasez, de camaradería. Trabajadores tendiendo manos a trabajadores. Ellos saben, conocen bien, no es la primera vez que pasa. La frontera agropecuaria avanza, la selva nativa retrocede. Organizarse es urgente. “La naturaleza es del mundo, el mundo es donde vivimos”. Así de simple. Así de brutal.

Tierra seca, tierra herida. Ceniza y humo. Al costado de la ruta, amanece. Las Yungas arden en pleno invierno.



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