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Red Internacional

Una trabajadora de la salud de La Plata relata algunas de las historias vividas día a día en medio de la pandemia. La pelea por la salud pública, contra la desidia del Estado y las autoridades de un hospital.

Pamela RocíoResidente de pediatría | Corriente de Izquierda por la Salud Pública

Martes 7 de abril de 2020 | 09:42

La de la foto soy yo. Ese es un camisolín no hemorepelente que, más allá de las recomendaciones y los tecnicismos, se vuelve burdo cuando medio antebrazo está al descubierto.

Como si supiéramos, la mamá de una médica nos hizo unos de plástico, para usar por encima en principio, pero previendo que nos podemos llegar a quedar sin nada. Amor de esos que tiene la gente de Los Hornos, del barrio. Pero no alcanzó, y al moverme para revisar a Paula mis brazos estuvieron al viento. Mi compañera me miraba, sabíamos que nada estaba bien.

En la cara mis lentes, porque qué sentido tenía usar unas antiparras que son idénticas a mis anteojos ¿Herméticas? Para que... y por encima, para darle más vida al barbijo N95 que lo tratamos como oro apaisado, una máscara hecha por estudiantes. Otra vez ahí, el amor de gente que sí.

No es sólo no tener equipos de protección personal. Es que mientras estás a las puteadas porque en todo el hospital hay sólo 16 barbijos, viene un directivo de por ahí a decirte que si no querés usar el barbijo trucho de una sola capa, ese que está certificado por nadie, presentes la renuncia.

Como si fuese únicamente por uno que uno quiere un barbijo como la gente, que sí, que es por uno, por tu pareja, por tu familia, y tal vez por tus amigos para el día que nos volvamos a poder abrazar. Pero no es sólo eso, es que también amamos lo que hacemos.

No sé qué carajo hay en eso de atender, de jugar a curar. Creo que es el hablar, el compartir, el ayudar un poquitito entre tanta miseria, y aunque poco, alguito ayuda lo que hacemos. Y ese barbijo pedorro nos expone a enfermarnos, y a sacarnos de ahí, de donde queremos estar.

Paula me miraba, vestida como un astronauta. Yo le decía que se quede tranqui, que ella está bien. Pero por dentro pensaba qué hacía ahí, por qué la estábamos internando, con qué criterios, y me acordaba de los escasos protocolos y maldecia por dentro a todos esos funcionarios que no escriben qué carajo hacer, y cuando bajan algo te querés dar la cabeza contra la pared: indicaciones de internación ambulatoria con requisitos que no cumple ni un 10% de la población que atendemos. ¿Ridículos? cínicos.

Paula me miraba fijo, aunque respondía con una sonrisa a mis intentos de ponerle onda. Me ayudó con las muestras, cerró los ojos y abrió su boca grande, y se banco el hisopo en la nariz. Le hicimos una fiesta. La miraba a ella, y a su mamá Claudia que le daba la mano y me acordaba de mi compañera enfermera que en la asamblea contaba que hace veinte días no abrazaba a sus hijas, pero a Juan y al resto de los nenes de la sala los baña y alza todas las mañanas. Así es la Casa Cuna.

Así trabajamos. Con la angustia de no tener los materiales adecuados, que no son más que cachos de tela, en un mundo que vuelan drones y satélites por los aires.

Así trabajamos, hoy de cumpleaños con 5 tortas, carteles y videos con fotos de festejos, porque nuestra compañera festeja hoy solo con nosotros.

Así trabajamos, escapándos un rato para ir a una asmablea, dónde desde todos los servicios, rayos, enfermería, maestranza, limpieza, cocina, lactario, médicos de consultorio, la guardia, les residentes, psicología, fonoaudiología, costura, farmacia y cada ser que transita ese espacio, merece otra cosa: recursos, salarios acordes a la canasta familiar, no verse obligados a tener dos laburos ni a hacer malabares para dar respuestas a las consultas.

Así trabajamos, algunos con la suerte de ser una parte ínfima de la población que tuvo la posibilidad de trabajar de lo que le gusta.

Así trabajamos, teniendo en nuestras manos, y nada más que en nuestras manos, y en las manos de nuestros pacientes y la de sus familias que son quienes construyen las escuelas, hacen funcionar el transporte, fabrican los muebles que usamos, las ropas que vestimos, atienden detrás de un mostrador, llenan las góndolas del súper, fabrican los alimentos.

Hacemos mover el mundo. Son nuestras manos, la de las y los trabajadores, las que pueden dar vuelta la historia. ¿Por qué tanta miseria? ¿por qué tanta pobreza? No le tiremos el fardo a un virus, que este mundo ya viene patas para arriba, y ya es hora de cambiarlo.




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