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Red Internacional

Patricia Pozzo, Juan Carlos Stremi y Mario Colonna brindaron testimonio sobre su cautiverio en el centro clandestino de la zona sur del Conurbano bonaerense, su paso por el Pozo de Arana y su posterior legalización como detenidos.

Viernes 16 de abril | 20:53
Pozo de Quilmes.

Eran adolescentes cuando en julio de 1976, los tres testigos fueron secuestrados de sus domicilios. Pozzo y Stremi se conocían por compartir militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios en los inicios de la década del 70. Colonna trabajaba en el frigorífico Swift y estaba cursando el cuarto año de Medicina.

En sus relatos, en la audiencia número 22 el juicio que se lleva a cabo por los delitos cometidos en los pozos de Quilmes, Banfield y El Infierno, se repite la metodología del secuestro: arrancados de sus hogares, mientras destrozaban y a la par desvalijaban las viviendas, eran encapuchados, maniatados y subidos a vehículos para ser llevados a diferentes centros clandestinos.

El primer destino fue el pozo de Arana. Recuerdan pasar por debajo de un alambrado y encontrarse en una zona descampada en la que son llevados a lo que reconocen como una casona. Allí hubo torturas, violaciones, simulacros de fusilamiento. Todo el tiempo afirman.

“La picana sonaba como una turbina. Cada que vez estoy en el dentista me acuerdo de la picana”, recuerda Mario Colonna. Luego de estar aproximadamente 15 días son nuevamente trasladados; esta vez llegan al pozo de Quilmes.

“Lo supimos porque pasaba una avioneta diciendo ´compre pizza en Quilmes´”, declaró Patricia Pozzo, secuestrada junto a su hermana Julia y su cuñado Roberto Castagnet. Ambos aún continúan desaparecidos.

Recuerdan haber subido varias escaleras hasta llegar a las celdas donde eran separados hombres de mujeres. Después de varios días recibieron algo de alimento, o basura como describió Pozzo: “Me pusieron una bandeja de basura, literal. Cáscaras de naranja, tiras de pan sucias, huesos y mate cocido. Rosa, una de las chicas, tomó el hueso y lo mojó en el mate cocido como si fuera una medialuna; nunca me lo voy a olvidar”.

En un próximo traslado, llegan a la comisaría 3° de Lanús. Ya sin vendas y desatados, comparten cautiverio con presos comunes. A partir de la liberación de algunos de ellos que pudo localizar a familiares de Stremi, Pozzo y Coloma, comenzaron a recibir visitas y víveres.

Patricia Pozzo es puesta a disposición del Poder Ejecutivo Nacional y trasladada primero a Olmos, luego a Devoto y de allí directamente a Suecia, el exilio. Antes de irse puedo ver a sus padres por diez minutos. Recuerda, con la voz quebrada, la última vez que vio a su padre; “un policía aeroportuario me dijo ´date vuelta que es la última vez que ves a tus padres´, así fue, mi papá falleció al poco tiempo de irme”.
Juan Carlos Stremi fue a la Unidad 9 de La Plata, “un lugar muy malo” menciona con la voz entrecortada, posteriormente fue liberado bajo sistema de vigilancia.

Colonna, secuestrado junto a su hermano quien aún permanece desaparecido, fue minucioso en cada recuerdo que conformó su relato, reivindicando en todo momento los nombres de los compañeros y compañeras que compartieron cautiverio con él e hizo un llamado a profundizar sobre los libros de las comisarías donde hubo secuestrados en la época de la dictadura. “La burocracia administrativa guarda todo, hay que revisar los libros de las comisarías, ahí se anotaba todo: quién entraba, quién salía, quién estaba de guardia”

Patricia, Juan Carlos y Mario intentaron seguir con sus vidas, cargando con secuelas físicas y emocionales que perduran hasta el día de hoy, pero con la firme convicción de que la memoria es un arma poderosa, así lo demuestran cada vez que brindan testimonio, 45 años después.
“Mis hijos y mis sobrinas (hijas de su hermana desaparecida) son mi cable a tierra. Los seis son mi revancha”.

Seguí la cobertura del juicio por La Izquierda Diario.




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