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Red Internacional

¿Se puede solo con la escuela? Pandemia mediante, la derecha viene arremetiendo con un discurso “educador”, como piedra filosofal de la crisis. Hubo cruzada contra el aislamiento, ataques diversos a la docencia, frases más que polémicas como que los estudiantes que se desvincularon de la escuela están “perdidos en los pasillos de una villa o con el Narco”. Ahora dicen que con una hora más de clases esto se soluciona.

Miércoles 6 de abril | 14:58

El Gobierno y los veinticuatro ministros de educación -que cobran entre 10 y 12 veces más que una maestra- definen desde cómodos sillones y luminosas oficinas, que el problema educativo es la extensión de la jornada. Será el ministro de Educación nacional Jaime Perczyk quien presidirá la reunión del viernes del Consejo Federal de Educación para definirlo. ¿A clase los sábados? ¿A levantarse una hora antes? ¿A reorganizar la familia, los trabajos, la rutina de los hogares? Sobre la vida de millones de familias trabajadoras, que con esfuerzo mantienen la escolaridad de pibes y pibas, decidirán este puñado de personas privilegiadas y nos enteramos por un hilo de twitts.

El economista y docente uruguayo Pablo Messina, hace ya algunos años planteaba que “llamar “progresista” a la doble escolaridad o la inclusión es opinable. La idea de “aumentar el tiempo pedagógico” (como dicen los reformadores) no es a priori necesariamente mala o buena. La discusión, desde una perspectiva crítica, radica en qué es lo que vas a hacer en ese tiempo extra. Pero incluso uno podría afirmar que hay muchas formas y lugares donde se aprende y la educación no sólo transita en la institución escuela. Por lo tanto querer centrar toda la esfera formativa de la vida en una sola institución puede ser al menos problemático. Con la inclusión también tiene mucho que ver en qué se los incluye, cómo se los incluye y cuánto tiene esa inclusión de segregación. Muchas veces la inclusión tiene un correlato de formación para pobres, escuela para pobres y para ricos que difícilmente se podrían considerar aceptables desde una perspectiva de izquierda. Esto es parte de los debates que siempre están detrás de la implementación de estas reformas y son parte de sus características”.

Compartiendo aspectos de la visión de Messina, creemos que claramente en esta cruzada, la derecha quiere sacar ventaja y quiere ganar una visión educadora que muy lejos está de las necesidades de los chicos y las chicas. El Ministro de Educación Nacional, que tomó su cargo en reemplazo del Ministro de la Pandemia Nicolás Trotta, ahora toma la agenda derechista y arremete, en particular contra el trabajo de cientos de miles de trabajadoras de la educación que son maestras en las escuelas primarias de todo el país. La realidad de una maestra es que con un cargo no llega ni a la línea de pobreza. Las maestras y los maestros trabajamos dos turnos, porque no nos queda otra. Muchos lo naturalizan, pero es insalubre y antipedagógico. ¿Ahora habrá que trabajar 10 horas, más los traslados, más las horas de trabajo en la casa para apenas sobrevivir? ¿Dónde se va a discutir este ataque a las condiciones de vida y laborales?

Incluso en distritos como Mendoza, en el que hace décadas se acordó entre la dirección burocrática del sindicato y el gobierno media hora de más en cada jornada, como devolución de días de paro (que se trabaja, no se cobra y que no se logró revertir aún), los indicadores no demuestran el supuesto que dice que más es mejor. Más tiempo de clases, sin condiciones, no se reflejan en mejor educación.

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Hablamos de escolaridad, sobre la base de una pobreza infantil que sigue creciendo: 51,4 %. La mayoría de los chicos menores de 14 años vive en hogares pobres, lo cual muestra la hipoteca social que hay hoy por hoy en la Argentina. Son chicos mal alimentados, con privaciones de todo tipo, en materia de salud y educación. Sumado a esto, según distintas fuentes, en Argentina solo el 50% de los y las estudiantes termina la escolaridad obligatoria. Y es una realidad innegable que incluso quienes lo logran egresan con problemas serios de comprensión lectora y dificultades con la escritura.

El mismo estudio advierte: “De cada 100 estudiantes que arrancaron primer grado en 2009, sólo el 16% llega al último año de la escuela secundaria en el tiempo esperado (año 2020) y con conocimientos satisfactorios o avanzados en Lengua y Matemática, según los datos nacionales de las evaluaciones Aprender 2019. Los porcentajes más altos se registran en CABA (33%), Córdoba (24%) y Tierra del Fuego (21%). Hay varias provincias donde menos del 10% de los estudiantes llegan al último año de secundaria con la edad y los conocimientos esperados: San Juan (8%), Catamarca (7%), Corrientes (7%), Misiones (6%), Chaco (5%), Formosa (5%) y Santiago del Estero (5%)”. Esta situación no viene desde ahora, claramente.

Las voces de la derecha (y no tanto) acusan a la escuela y sus docentes como responsables. Pero si los chicos y las chicas no leen, ¿dónde poner las culpas?. Un eterno debate, sin nuevas fórmulas. ¿Y si alguna vez se escuchara a los verdaderos protagonistas? Hace rato vienen con los ataques y la cruzada.

Agregar más horas de clases: ¿un hecho aislado?

Este año escolar comenzó con distintos medios dándole voz a distintos “especialistas” sobre cuestiones educativas. Entre ellos, Ana María Borzone que publicó en Infobae una nota cuyo provocativo título rezaba: “La escuela está generando niños prescindibles y la causa tiene nombre y apellido”. Por su lado, Guillermina Tiramonti acaba de publicar un libro y habla de “gran simulacro”, para describir lo que transcurre en la escuela.

Hay un hecho, la inversión del 5% del PBI y algunos programas complementarios no alcanzan para superar un problema que hace a la realidad de millones de pibes y pibas, sobre todo de las clases populares. Se agranda no solo la pobreza infantil, los niveles de hambre, sino también de marginación social y cultural.

No se discuten las 30.000 vacantes que faltan en CABA, ni que hayan borrado de los desayunos y meriendas la leche en Mendoza. Ni el cierre de cientos (quizás miles) de cursos en todo el país, sobre todo de la modalidad de adultos, que permite, al menos compensar el derecho a la educación vulnerado en la infancia y juventud. No se discute la falta de auxiliares en la Provincia de Buenos Aires, los miles de pibes que en Jujuy empezaron las clases casi un mes más tarde por falta de asignación de docentes.

Ni hablar de los gravísimos problemas de infraestructura que recorren el país y que provocaron verdaderos crímenes sociales como en Neuquén, donde explotó una escuela perdiendo la vida Nicolás, Mariano y Mónica Jara.

Discuten agregar una hora más de clase sin discutir ni las becas, ni las meriendas, ni los refuerzos alimentarios, ni los materiales pedagógicos, ni la situación de infraestructura. Nada de eso. Sin embargo, la agenda de la derecha impone además castigar a los más pobres criminalizando la protesta: “sacar los planes a los que acampen o salgan a la calle a reclamar”.

Toda propuesta educativa es política

Las estadísticas dan mal. Los resultados de todos los operativos de evaluación dan mal. La realidad que vivimos en las escuelas dan cuenta de una realidad innegable: gran parte de los niños y las niñas no saben leer ni escribir. Algunos discuten el método. Otros ahora la extensión de la jornada escolar. Pero a quienes transitamos las aulas alfabetizando nos impacta el desconocimiento profundo de la realidad. Otros la formación docente. Gritan para, cómo quien dice: para la tribuna.

Desde los organismos internacionales dicen que : “el mundo enfrenta una crisis del aprendizaje. Si bien los países aumentaron considerablemente el acceso a la educación, estar en la escuela no es lo mismo que aprender”, “En todo el mundo, cientos de millones de niños llegan a la edad adulta sin siquiera tener las habilidades más básicas, como calcular el vuelto correcto de una transacción, leer las instrucciones de un médico o comprender el horario de los autobuses, y mucho menos forjarse una carrera satisfactoria o educar a sus hijos” (Informe del Banco Mundial/2019 sobre educación). Es descriptivo, el punto es qué hacer con esto y para qué le sirve a distintos sectores esta definición. Entonces es cuando aparece la respuesta conocida y repetida del Banco Mundial: “El cambio comienza con un buen maestro”.

En otros momentos históricos, incluso la propia clase burguesa que comenzaba a construir la escuela desde el Estado como una forma de conseguir la mano de obra que necesitaba para el capital, tenía como objetivos grandes congresos pedagógicos como fue el que encabezó el propio Sarmiento. Ahora, con un hilo de tuits y una reunión de un Consejo Federal de Educación parece que alcanzaría.

Este supuesto debate, además se da por fuera de un debate serio que debiera afrontarse, como es la deserción masiva, las condiciones vulnerables de los y las estudiantes, las consecuencias de casi 2 años de pandemia sin inversión y con estudiantes a quienes el estado no les garantizo el derecho a la educación. Pero parece que de eso mejor no hablar. No se trata de negar que hace falta un plan educativo, aunque sí quién lo debate y dónde se decide.

Cuestionamos el negar la realidad que implica no poner sobre el tapete que hay crisis, ajuste, FMI, coronavirus. Las respuestas no son neutras, ni ahistóricas. Queremos poder debatir democráticamente un plan educativo, un proyecto, sus alcances, y también los métodos, los recursos, la necesidad que sean variados, que dispongamos de buenos libros, música, películas, aulas adaptadas para el ambiente alfabetizador y, sobre todo, condiciones materiales para que todo eso pueda ser aprovechado. Esto y también el uso, acceso y posibilidad frente a las tecnologías, la formación continua, el acceso a la cultura, a los bienes culturales y las distintas manifestaciones de la cultura de las familias trabajadoras también.

Necesitamos un real acceso universal a la educación, en la que no se dé por perdido a quien abandona, por presupuesto, por condiciones edilicias, por trabajadores y trabajadoras de la educación bien pagos, con jornada de trabajo con salarios que cubran la canasta básica. Con material y recursos y otra realidad para los pibes y las pibas en las escuelas.

Se hace necesario discutir a fondo la educación y las y los docentes queremos pasar a la ofensiva. Hay que discutir de pedagogía, hay que discutir qué educación queremos y desde allí nuestras condiciones de trabajo. Desde todas las organizaciones a las que pertenecemos, agrupamientos de diferentes partes del país, sindicatos y seccionales recuperadas, junto con el movimiento estudiantil y las familias, tenemos que plantear estos debates y pelear por un Congreso pedagógico que pueda hacer un informe de qué educación tenemos hoy, al servicio de quién y de qué intereses y proponga una salida para los verdaderos intereses de las grandes mayorías. Un Congreso construido de abajo hacia arriba contra el Estado y la burocracia sindical que, como aparato ideológico del propio Estado, funcionan como ministros sin cartera de los gobiernos perdiendo total su independencia política.

Un Congreso pedagógico que pueda discutir el contexto en que educamos y aprendemos, pedagogía, didáctica y alfabetización escrita y digital de los millones de niños, niñas y adolescentes. En un país en el que el 65% de niños, niñas y jóvenes son pobres, que haya tanto espacio en los diarios asegurando que el gran fracaso del sistema educativo es un método o la extensión de una jornada es más que reduccionista: es negar la realidad.

Un Congreso que ponga como norte en que la plata que se está yendo al FMI de la deuda ilegal, ilegitima y fraudulenta tomada por Mauricio Macri, sea destinada a aumentar el presupuesto educativo en forma inmediata, junto con la nacionalización del sistema educativo hoy fragmentado en 24 diferentes sistemas que es la principal herencia de la dictadura y el Menemismo, donde se centralice lo económico y financiero. Pero que no solo se proponga analizar, sino organizarnos y movilizarnos para transformar. Con un plan de construcción y refacción de escuelas en todo el país, con más maestras y maestros para construir parejas pedagógicas y un aumento salarial urgente acorde para que las y los docentes puedan trabajar un solo cargo que les permita vivir, planificar, corregir y todas las tareas administrativas y pedagógicas.

En perspectiva, creemos que tenemos que pelear por la organización democrática de las escuelas en asambleas junto a las familias, estudiantes y todas y todos los demás trabajadores de la educación (como auxiliares y de la cocina), donde podamos debatir otra perspectiva educativa, diferente a la que este Gobierno pretende imponer. Otro modo de trabajo que cuestione los contenidos y el carácter de clase de la educación, creativo, colectivo, liberador, coordinando tareas, trabajando en parejas pedagógicas, donde se pueda rotar la asignación de tareas entre los propios maestros y maestras y hasta también, porqué no, ejercer la elección directa, pública y democrática en asamblea de los equipos de conducción. Organizarnos para defender esta perspectiva es la clave para conquistarla.

Y esto, que pareciera bastante elemental para pensar la cuestión educativa, no está en el debate. Vociferan una y otra vez que la respuesta es: “cambiar la escuela”. En abstracto. Quizás retomando importantes y profundos debates pedagógicos contemporáneos, será cuestión, de una buena vez, de pensar en cambiar la realidad.




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